NUEVA NOVELA: La Brisca de Víctor

Me descubrieron el síndrome XYY en unas pruebas de embarazo, mi mujer no quedaba embarazada y la causa era mía, mi esperma iba el doble de cargado de cromosomas teniendo una velocidad lenta, el diagnóstico era que solo podía dejar embarazada a Anabel mediante tratamiento. Gracias a ella, yo iba asiduamente al psiquiatra una vez al mes, debido a mi exagerada promiscuidad sexual, el doctor me receptó unas pastillas que reducían considerablemente esa necesidad de expresión acelerada. Todavía me las tomo y dudo que nunca las pueda dejar. Mi vida ha estado ligada a esta enfermedad o en cierta manera a esa deformación de nacimiento, mis primos, tíos, padres, amigos y hermano ya veían que no era del todo normal, pero para ellos era algo superficial, una deficiencia, algo debido a lo que me ocurrió de pequeño y que nadie quiere recordar.

            Hará un par de semanas que mi pareja actual me incitó a comprar un nuevo teléfono móvil, de estos con tantas aplicaciones y juegos. El anterior que tenía era igual, pero se trataba de la novedad, supongo que cuando ves que todo el mundo se desplaza con lo mismo, nuestra manera humana de expresarnos hace que la diferencia nos distinga como si esto fuera tan importante. El aparato tenía todo lo que se puede desear en uno de esa generación, por supuesto podía realizar y recibir llamadas. Mi antiguo celular tenía unos juegos que ya me conocía de sobra, por eso los busqué en la tienda virtual para ver si los encontraba, me sorprendió encontrarme la Brisca, uno de cartas muy simple que de pequeño asiduamente los veranos jugaban con mi prima Yoli.

            Mi familia es de aquellas que tiene el placer de conservar algo que muchos han perdido con los años, una casa que ha pasado de padres a hijos durante muchas generaciones, incluso siglos, según los algunos datos en el S.X ya había un antiguo molino pegado al rio llamado El Misal, se trata de una masía que por su situación suficientemente alejada de la ciudad, pero al mismo tiempo cerca y en media hora de carretera de curvas puedes encontrarte en la misma. Las cosas pasan a veces por un conjunto de casualidades y estas hacen que puedas conservar un patrimonio antiquísimo siempre de la misma familia, nunca hemos sido personas con titulo aristocrático ni un simple “de” en el apellido. Si hubiera estado la casa pegada a una ciudad, lo más seguro es que ahora ya sería un barrio de la misma y la antigua masía se habría derrumbado para poder construir pisos. También hubiera podido pasar que por un tema de emigración, la finca hubiera quedado abandonada a más de mil kilómetros de nuestra residencia habitual y todo este patrimonio vendido a un terrateniente de la zona. Igualmente todo se habría perdido si no hubiera sido porque mi abuelo poco después de la Guerra Civil Española hiciera la primera “pela” con una tienda de electrodomésticos que acabó convirtiéndose en la más importante de la comarca.

            El padre de mi abuela era el heredero de una pequeña fortuna y mi bisabuela la de un gran patrimonio, la unión dio como fruto algo realmente importante. Mi bisabuelo aficionado al juego y al buen vivir se lo fue malgastando todo hasta quedar sin casi ni la finca. Al final el yerno y marido de mi abuela recuperó lo que pudo, éste mismo fue quien poco antes de morir fundo con otros socios una empresa llamada Motores Industriales Pequeños Electrodomésticos Sociedad Anónima (MIPESA) una empresa de distribución a nivel nacional que se convirtió en una de las más importantes del sector.

            La finca se conocía como El Misal, antiguamente la carretera pasaba por la parte superior de la casa dejando los campos unidos a la masía, pero con los años esto cambió y los coches circulaban por la parte inferio. Ahora esto ya es pura anécdota, mi madre aún recuerda como solo pasaba algún vehículo de vez en cuanto y podían jugar en la carretera sin ningún peligro. Unos plátanos inmensos quedaban a ras del antiguo camino, papá aún cuenta cómo veía cortar aquella maravilla de árboles ante la alegría de mis abuelos porque ya no tendrían que recoger hojas en otoño, al parecer eran unos árboles tan inmensos que se necesitaban más de dos personas para poderlos abrazar, pero al quedar tan pegados a la masía sus miles de hojas siempre embozaban los canales de agua con el peligro de crear humedades difíciles de gestionar.

            Pegada a la casa había una fuente con un chorro de agua de más de diez centímetros de diámetro, era tal la cantidad de este preciado bien que mi bisabuelo se vio obligado a vender el agua en su totalidad al ayuntamiento de la localidad por una fuerte suma de dinero, a cambio los propietarios no pagarían nunca agua. Más que una venta fue una especie de expropiación, lo que pasa es que tras la negociación, mi familia aún quedó beneficiada. Aquel bien era una atracción para la comarca y durante años vinieron miles de personas a buscar agua de la fuente a pie de carretera en botellas de todo tipo, llegó a ser tan exagerado que mi abuelo se vio obligado a cambiar la localización, situando la fuente a medio kilómetro de la casa. Recibió todo tipo de amenazas, pero al final se salió con la suya y la tranquilidad volvió a aquel lugar. Todo aquello que heredó mi abuela o mejor dicho compró mi abuelo era una finca de más de cien hectáreas a cuarenta kilómetros de Barcelona, en su día una masía ya un poco ruinosa, pero con los beneficios de la tienda de electrodomésticos consiguió remodelar aquello en cinco viviendas para inquilinos y construir una casa señorial pegada a la antigua masía.

            Cuando nací, mi abuelo ya llevaba un par de meses muerto y papá nunca vió como se hizo tal rehabilitación, como la finca venia por parte de mamá, mi padre solo pudo ver estupefacto como cortaban aquellos maravillosos plátanos de sombra de la carretera. Mis primeros recuerdos de infancia ya son de aquella casa señorial que a pesar de las muchas hectáreas de la finca se construyo en una zona muy desnivelada, sus interiores eran inmensos pero en el piso inferior había escalones por todas partes, para mi gusto era tremenda-mente incomoda porque para comunicar la cocina con el comedor había un par de escalones, estos te los encontrabas en varias estancias, todo era inmenso, yo calculo que la casa no debía tener menos de setecientos metros cuadrados, nunca entrábamos por la puerta principal porque quedaba delante de la carretera tras una puerta de forja que con la humedad costaba de abrir, después había una veintena de escalones que llevaban a unas terrazas que cubrían un par de garajes que había a tocar de la carretera, estando aquí aún quedaban un grupo de escalones hasta la puerta principal.

            Papá aparcaba el coche en la parte trasera quedando más alta que la mansión porque desde las cocheras no había comunicación interior hasta la casa, recuerdo que algunas veces dejábamos el coche allí abajo, pero después la puerta de madera del garaje que daba a la carretera se tenía que abrir de manera manual, era grande y pesada, pintada de color blanco, en el interior de las cocheras las humedades de la montaña salpicaban las paredes chorreando en tiempos de lluvia, un leñero permitía poner un poco de madera pero siempre se conservaba húmeda, el veneno de ratas en saquitos estaba repartido por todas partes, porque al estar al lado de un rio, este tipo de roedores siempre buscan cobijo en zonas más secas. Y después venían aquellos largos escalones hasta la casa que al estar en la intemperie, durante los días de lluvia te ibas mojando.

            Al no tener otra segunda residencia más acogedora, con mis padres íbamos a pasar los veranos y los fines de semana de invierno. Una casona tan grande sin calefacción durante aquellos meses de frio era duros de pasar, una estufa de butano en la sala de estar, otra en la cocina y una tercera en la parte superior. Mi abuela la tenía en perfecto estado de conservación, con las paredes pintadas y nunca fallaba una sola bombilla, los muebles aunque antiguos eran nobles y daba la sensación de bienestar, cuando venían invitados siempre durante el buen tiempo se quedaban impresionados, pero todo este calor del verano desaparecía en invierno con aquel frio que se pone por todas partes, con puertas que siempre debían estar cerradas para no enfriar las zonas más o menos calentadas. No recuerdo haber pasado tanto frio como en aquella casa, en las camas había tantas mantas que durmiendo parecía que tuvieras piedras encima y cuando te ponías dentro costaba de calentar. Mamá durante una época nos obligaba a dormir en sacos de camping de estos momia, eran más cálidos pero yo los odiaba porque el plástico hacia que resbalaras por dentro, los días de viento oías como chirriaban las ventanas y a mí me daba un poco de miedo que los armarios pudieran quedar entre abiertos, me imaginaba monstruos que salían de la oscuridad viendo ojos que me miraban constantemente. Las habitaciones quedaban en la parte de arriba y era en esa misma planta que había una habitación grande como para dormir una persona sin ventanas que se usaba de armario, para mí era aterradora y solo una bombilla colgada del techo te permitía ver en su interior.

            Mis padres a veces metían una estufa de butano en su habitación y así la calentaban un poco dejando nuestra puerta abierta para que el calor también nos llegara un poco. Recuerdo aquellos zócalos negros con lágrimas de color blanco como si de mármol se tratara, aquellos dibujos abstractos que daban la sensación de fantasmas de una película de terror, a pesar de ese frio estremecedor yo allí me lo pasaba bien, podía salir fuera y como siempre había mi abuela, mi madre dejaba que yo hiciera mi vida sin preocuparse de donde iba olvidándose de mí.

            Recuerdo aquella habitación de abajo que había el teléfono, quedaba apartado de la cocina y la sala de estar, todos corríamos cuando llamaban, subiendo y bajando escalones para llegar tan pronto como nos fuera posible. El apellido de mi abuela coincidía con el nombre de un restaurante cercano y a menudo nos llamaban pidiendo mesa, de chiquillo les hacía reservas que no existían, después en el restaurante debían tener colas de gente que protestaba. En invierno siempre con jerséis de lana, botas gruesas y pantalones de pana y aun así no podías estarte quieto siempre en el mismo sitio.

            Los sábados por la noche íbamos a misa a Sant Llorenç Savall, llegábamos un poco antes para ir a la pastelería a comprar los postres del domingo, así como unas ensaimadas para las noches del sábado. Me pasaba la misa volando porque nada más llegar a la iglesia me quedaba completamente dormido en aquellos bancos de madera, el frio te calaba los huesos pero con una buena chamarra hubiera podido pasarme horas allí ante los sermones de un sacerdote que para mi eran una simple anécdota. Mis padres son muy de misa y en casa siempre han tenido postales y santos por todas partes, como si viviera algún sacerdote. Papá siempre ha sido un gran amante de las tallas de madera, vírgenes y crucifijos por doquier. Ahora ya llevan años viviendo en otra casa Can Parroquia y aun los hay en todas las estancias como si de un monasterio se tratara.

            El hermano de mamá, tío Paco, estaba casado con Romualda y tenía tres hijos que nacieron con varios años de diferencia, él al principio también venía los veranos a pasar un mes en aquella casa modernista junto a la carretera, durante el invierno solo se presentaba algunos domingos en almuerzos familiares. Nosotros no es que pasáramos todos los fines de semana de invierno, pero mamá después de deshacerse de la criada casándola con un transportista de la empresa de electrodomésticos que tenía mi abuelo, se pasaba siempre que podía en la finca, allí mi hermano y yo nos convertíamos en un par de salvajes, en verano teníamos una vida de sociedad con los vecinos, pero los inviernos los dos solos deambulábamos por allí como un par de desamparados. Los niños tienen la suerte que con cualquier cosa se entretienen y no recuerdo un solo momento de aburrimiento. Todo aquello era lo más parecido a un camping, mamá se pasaba el día con la abuela, papá se iba a sus quehaceres de campo como si hubiera nacido con una arada, convirtiéndose en un experto reconstruyendo paredes de márgenes que con los años habían caído, plantando manzanos y perales por todas partes, así como almendros y avellanos, todo a un kilómetro de la casa. Él se hizo su espacio cerca de las ruinas de la antigua masía de Can Parroquia, recuperando los campos gracias a la ayuda de un campesino que se pasaba más horas que mi padre.

            A veces subíamos algun sábado con la comida ya preparada y nós mirábamos aquellas ruinas pensando que un dia aquello seria nuestra casa. Para un niño enseñar aquello e intentarle hacer entender allí que podría llegar a vivir parecía del todo imposible porque poco después de la Guerra Civil Española se había bombardeado y ahora donde tenían que haber las habitaciones, los árboles eran tan grandes que era del todo imposible imaginarse vivir allí dentro. Los antiguos propietarios se fueron a causa de la filoxera que mató todos sus viñedos a finales del S.XIX, un tatarabuelo mío compró aquella finca pegada a El Misal, una pequeña fuente alimentaba de agua a la masía y unas balsas daban agua a los campos, era un sitio curioso y difícil de imaginar que antiguamente hubiera gente viviendo allí.

            Recuerdo que papá hizo venir unos albañiles para que desmontaran piedra a piedra aquella ruina, dejándolas apiladas para poderlas usar cuando se haría la casa nueva, todo se hacía a paso de tortuga y pasaron varios años hasta que mis padres no empezaron a construir la nueva casa.

            La casa señorial de la carretera ahora está catalogada como monumento modernista y no se puede tocar, en cierta manera, su exterior sí que parece una de aquellas casas famosas que hay por la ciudad de Barcelona, con ventanales góticos realizados con ladrillos, otros algo mudéjares y algunos de románicos, mi familia cuando la catalogaron se burlaron del edificio como si se tratara de algo de segunda, pero cualquier persona con un cierto gusto puede contemplar que se parece realmente a un torre señorial de principios del S.XX. Como la situaron tan pegada a la antigua masía, la parte trasera comunica con una bodega semi subterránea que parece la casa de los horrores por lo oscura y lúgubre que es, con un par de puertas tapiadas que da aun más de terror al sitio, como si se tratara de antiguas tumbas, en realidad son el fruto de aquella rehabilitación que hizo mi abuelo, ahora todo el conjunto más que una masía parece un hospital o un hospicio antiguo. En un principio querían montar un hotel pero creyeron más oportuno quedarse con simples pisos de alquiler aprovechando la estructura de la antigua masía. (…)

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