254.- (Novela) LA BRISCA DE VÍCTOR

Capítulo 1

          Me descubrieron el síndrome XYY en unas pruebas de embarazo, mi mujer no quedaba embarazada y la causa era mía, mi esperma iba el doble de cargado de cromosomas teniendo una velocidad lenta, el diagnóstico era que solo podía dejar embarazada a Anabel mediante tratamiento. Gracias a ella, yo iba asiduamente al psiquiatra una vez al mes, debido a mi exagerada promiscuidad sexual, el doctor me receptó unas pastillas que reducían considerablemente esa necesidad de expresión acelerada, todavía me las tomo y dudo que nunca las pueda dejar de tomar. Mi vida ha estado ligada a esta enfermedad o en cierta manera a esa deformación de nacimiento, mis primos, tíos, padres, amigos y hermano ya veían que no era del todo normal, pero para ellos era algo superficial, una deficiencia, algo debido a lo que me ocurrió de pequeño y que nadie quiere recordar.

          Fue hará un par de semanas que mi pareja actual me incitó a comprar un nuevo teléfono móvil, de estos con tantas aplicaciones y juegos. El anterior que tenía era igual, pero se trataba de la novedad, supongo que cuando ves que todo el mundo se desplaza con lo mismo, nuestra manera humana de expresarnos hace que la diferencia nos distinga como si esto fuera tan importante. El aparato tenía todo lo que se puede desear en uno de esa generación, por supuesto podía realizar y recibir llamadas. Mi antiguo celular tenía unos juegos que ya me conocía de sobra, por eso los busque en la tienda virtual para ver si los encontraba, me sorprendió encontrarme la Brisca, uno de cartas muy simple que de pequeño asiduamente los veranos jugaban con mi prima Yoli.

          Mi familia es de aquellas que tiene el placer de conservar algo que muchos han perdido con los años, una casa que ha pasado de padres a hijos durante muchas generaciones, incluso siglos, según los algunos datos en el SX ya había un antiguo molino pegado al rio llamado Misses, se trata de una masía que por su situación suficientemente alejada de la ciudad, pero al mismo tiempo cerca y en media hora de carretera de curvas puedes encontrarte en la misma. Las cosas pasan a veces por un conjunto de casualidades y estas hacen que puedas conservar un patrimonio antiquísimo siempre de la misma familia, nunca hemos sido personas con titulo aristocrático ni un simple de en el apellido. Si hubiera estado la casa pegada a una ciudad, lo más seguro es que ahora ya sería un barrio de la misma y la antigua masía se habría derrumbado para poder construir pisos. También hubiera podido pasar que por un tema de emigración, la finca hubiera quedado abandonada a más de mil kilómetros de nuestra residencia habitual y todo este patrimonio vendido a un terrateniente de la zona. Igualmente todo se habría perdido si no hubiera sido porque mi abuelo poco después de la Guerra Civil Española hiciera la primera pela con una tienda de electrodomésticos que acabó convirtiéndose en la más importante de la comarca.

          El padre de mi abuela era el heredero de una pequeña fortuna y mi bisabuela la de un gran patrimonio, la unión dio como fruto algo realmente importante. Mi bisabuelo aficionado al juego y al buen vivir se lo fue malgastando todo hasta quedar sin casi ni la finca. Al final el yerno y marido de mi abuela recuperó lo que pudo, éste mismo fue quien poco antes de morir fundo con otros socios una empresa llamada Motores Industriales Pequeños Electrodomésticos Sociedad Anónima (MIPESA) una empresa de distribución a nivel nacional que se convirtió en una de las más importantes del sector.

          La finca se conocía como El Misal, antiguamente la carretera pasaba por la parte superior de la casa dejando los campos unidos a la masía, pero con los años esto cambió y los coches circulaban por la parte baja. Ahora esto ya es pura anécdota, mi madre aún recuerda como solo pasaba algún vehículo de vez en cuanto y podían jugar en la carretera sin ningún peligro. Unos plátanos inmensos quedaban a ras del antiguo camino, papá aún cuenta cómo veía cortar aquella maravilla de árboles ante la alegría de mis abuelos porque ya no tendrían que recoger hojas en otoño, al parecer eran unos árboles tan inmensos que se necesitaban más de dos personas para poderlos abrazar, pero al quedar tan pegados a la masía sus miles de hojas siempre embozaban los canales de agua con el peligro de crear humedades difíciles de gestionar.

          Pegada a la casa había una fuente con un chorro de agua de más de diez centímetros de diámetro, era tal la cantidad de este preciado bien que mi bisabuelo se vio obligado a vender el agua en su totalidad al ayuntamiento de la localidad por una fuerte suma de dinero, a cambio los propietarios no pagarían nunca agua. Más que una venta fue una especie de expropiación, lo que pasa es que tras la negociación mi familia aún quedó beneficiada. Aquel bien era una atracción para la comarca y durante años vinieron miles de personas a buscar agua de la fuente a pie de carretera en botellas de todo tipo, llegó a ser tan exagerado que mi abuelo se vio obligado a cambiar la localización, situando la fuente a medio kilómetro de la casa. Recibió todo tipo de amenazas, pero al final se salió con la suya y la tranquilidad volvió a aquel lugar. Todo aquello que heredó mi abuela o mejor dicho compró mi abuelo era una finca de más de cien hectáreas a cuarenta kilómetros de Barcelona, en su día una masía ya un poco ruinosa, pero con los beneficios de la tienda de electrodomésticos consiguió remodelar aquello en cinco viviendas para inquilinos y construir una casa señorial pegada a la antigua masía.

          Cuando nací, mi abuelo ya llevaba un par de meses muerto y papá nunca vió como se hizo tal rehabilitación, como la finca venia por parte de mamá, mi padre solo pudo ver estupefacto como cortaban aquellos maravillosos plátanos de sombra de la carretera. Mis primeros recuerdos de infancia ya son de aquella casa señorial que a pesar de las muchas hectáreas de la finca se construyo en una zona muy desnivelada, sus interiores eran inmensos pero en el piso inferior había escalones por todas partes, para mi gusto era tremendamente incomoda porque para comunicar la cocina con el comedor había un par de escalones, estos te los encontrabas en varias estancias, todo era inmenso, yo calculo que la casa no debía tener menos de setecientos metros cuadrados, nunca entrábamos por la puerta principal porque quedaba delante de la carretera tras una puerta de forja que con la humedad costaba de abrir, después había una veintena de escalones que llevaban a unas terrazas que cubrían un par de garajes que había a tocar de la carretera, estando aquí aún quedaban un grupo de escalones hasta la puerta principal.

          Papá aparcaba el coche en la parte trasera quedando más alta que la mansión porque desde las cocheras no había comunicación directa hasta la casa, recuerdo que algunas veces dejábamos el coche allí abajo, pero después la puerta de madera del garaje que daba a la carretera se tenía que abrir de manera manual, era grande y pesada, pintada de color blanco, en el interior de las cocheras las humedades de la montaña salpicaban las paredes chorreando en tiempos de lluvia, un leñero permitía poner un poco de madera pero siempre se conservaba húmeda, el veneno de ratas en saquitos estaba repartido por todas partes, porque al estar al lado de un rio, este tipo de roedores siempre buscan cobijo en zonas más secas. Y después venían aquellos largos escalones hasta la casa que al estar en la intemperie, durante los días de lluvia te ibas mojando.

          Al no tener otra segunda residencia más acogedora, con mis padres íbamos a pasar los veranos y los fines de semana de invierno. Una casona tan grande sin calefacción durante aquellos meses de frio era duros de pasar, una estufa de butano en la sala de estar, otra en la cocina y una tercera en la parte superior. Mi abuela la tenía en perfecto estado de conservación, con las paredes pintadas y nunca fallaba una sola bombilla, los muebles aunque antiguos eran nobles y daba la sensación de bienestar, cuando venían invitados siempre durante el buen tiempo se quedaban impresionados, pero todo este calor del verano desaparecía en invierno con aquel frio que se pone por todas partes, con puertas que siempre debían estar cerradas para no enfriar las zonas más o menos calentadas. No recuerdo haber pasado tanto frio como en aquella casa, en las camas había tantas mantas que durmiendo parecía que tuvieras piedras encima y cuando te ponías dentro costaba de calentar. Mamá durante una época nos obligaba a dormir en sacos de camping de estos momia, eran más cálidos pero yo los odiaba porque el plástico hacia que resbalaras por dentro, los días de viento oías como chirriaban las ventanas y a mí me daba un poco de miedo que los armarios pudieran quedar entre abiertos, me imaginaba monstruos que salían de la oscuridad viendo ojos que me miraban constantemente. Las habitaciones quedaban en la parte de arriba y era en esa misma planta que había una habitación grande como para dormir una persona sin ventanas que se usaba de armario, para mí era aterradora y solo una bombilla colgada del techo te permitía ver en su interior.

          Mis padres a veces metían una estufa de butano en su habitación y así la calentaban un poco dejando nuestra puerta abierta para que el calor también nos llegara un poco. Recuerdo aquellos zócalos negros con lágrimas de color blanco como si de mármol se tratara, aquellos dibujos abstractos que daban la sensación de fantasmas de una película de terror, a pesar de ese frio estremecedor yo allí me lo pasaba bien, podía salir fuera y como siempre había mi abuela, mi madre dejaba que yo hiciera mi vida sin preocuparse de donde iba olvidándose de mí.

          Recuerdo aquella habitación de abajo que había el teléfono, quedaba apartado de la cocina y la sala de estar, todos corríamos cuando llamaban, subiendo y bajando escalones para llegar tan pronto como nos fuera posible. El apellido de mi abuela coincidía con el nombre de un restaurante cercano y a menudo nos llamaban pidiendo mesa, de chiquillo les hacía reservas que no existían, después en el restaurante debían tener colas de gente que protestaba. En invierno siempre con jerséis de lana, botas gruesas y pantalones de pana y aun así no podías estarte quieto siempre en el mismo sitio.

          Los sábados por la noche íbamos a misa a Sant Llorenç Savall, llegábamos un poco antes para ir a la pastelería a comprar los postres del domingo, así como unas ensaimadas para las noches del sábado. Me pasaba la misa volando porque nada más llegar a la iglesia me quedaba completamente dormido en aquellos bancos de madera, el frio te calaba los huesos pero con una buena chamarra hubiera podido pasarme horas allí ante los sermones de un sacerdote que para mi eran una simple anécdota. Mis padres son muy de misa y en casa siempre han tenido postales y santos por todas partes, como si viviera algún sacerdote. Papá siempre ha sido un gran amante de las tallas de madera, vírgenes y crucifijos por doquier. Ahora ya llevan años viviendo en otra casa Can Parroquia y aun los hay en todas las estancias como si de un monasterio se tratara.

          El hermano de mamá, tío Paco, estaba casado con Romualda y tenía tres hijos que nacieron con varios años de diferencia, él al principio también venía los veranos a pasar un mes en aquella casa modernista junto a la carretera, durante el invierno solo se presentaba algunos domingos en almuerzos familiares. Nosotros no es que pasáramos todos los fines de semana de invierno, pero mamá después de deshacerse de la criada casándola con un transportista de la empresa de electrodomésticos que tenía mi abuelo, se pasaba siempre que podía en la finca, allí mi hermano y yo nos convertíamos en un par de salvajes, en verano teníamos una vida de sociedad con los vecinos, pero los inviernos los dos solos deambulábamos por allí como un par de desamparados. Los niños tienen la suerte que con cualquier cosa se entretienen y no recuerdo un solo momento de aburrimiento. Todo aquello era lo más parecido a un camping, mamá se pasaba el día con la abuela, papá se iba a sus quehaceres de campo como si hubiera nacido con una arada, convirtiéndose en un experto reconstruyendo paredes de márgenes que con los años habían caído, plantando manzanos y perales por todas partes, así como almendros y avellanos, todo a un kilómetro de la casa. Él se hizo su espacio cerca de las ruinas de la antigua masía de Can Parroquia, recuperando los campos gracias a la ayuda de un campesino que se pasaba más horas que mi padre.

          A veces subíamos algun sábado con la comida ya preparada y nós mirábamos aquellas ruinas pensando que un dia aquello seria nuestra casa. Para un niño enseñar aquello e intentarle hacer entender allí que podría llegar a vivir parecía del todo imposible porque poco después de la Guerra Civil se había bombardeado y ahora donde tenían que haber las habitaciones, los árboles eran tan grandes que era del todo imposible imaginarse vivir allí dentro. Los antiguos propietarios se fueron a causa de la filoxera que mató todos sus viñedos a finales del S.XIX, un tatarabuelo mío compró aquella finca pegada El Misal, una pequeña fuente alimentaba de agua a la masía y unas balsas daban agua a los campos, era un sitio curioso y difícil de imaginar que antiguamente hubiera gente viviendo allí.

          Recuerdo que papá hizo venir unos albañiles para que desmontaran piedra a piedra aquella ruina, dejándolas apiladas para poderlas usar cuando se haría la casa nueva, todo se hacía a paso de tortuga y pasaron varios años hasta que mis padres no empezaron a construir la nueva casa.

          La casa señorial de la carretera ahora está catalogada como monumento modernista y no se puede tocar, en cierta manera, su exterior sí que parece una de aquellas casas famosas que hay por la ciudad de Barcelona, con ventanales góticos realizados con ladrillos, otros algo mudéjares y algunos de románicos, mi familia cuando la catalogaron se burlaron del edificio como si se tratara de algo de segunda, pero cualquier persona con un cierto gusto puede contemplar que se parece realmente a un torre señorial de principios del S.XX. Como la situaron tan pegada a la antigua masía, la parte trasera comunica con una bodega semi subterránea que parece la casa de los horrores por los oscura y lúgubre que es, con un par de puertas tapiadas que da aun más de terror al sitio, como si se tratara de antiguas tumbas, en realidad son el fruto de aquella rehabilitación que hizo mi abuelo, ahora todo el conjunto más que una masía parece un hospital o un hospicio antiguo. En un principio querían montar un hotel pero creyeron más oportuno quedarse con simples pisos de alquiler aprovechando la estructura de la antigua masía.

          Durante el verano, El Misal era como si fuera nuestro pueblo, nuestro mundo, pero en realidad se trataba de una masía con pequeños pisos alquilados para gente que ya llevaba muchos años veraneando allí. Todo sigue igual, de nuestra familia, pero alquilado.

          Mis tíos, la hermana de mi madre, Silvia  y su marido Jesús, se construyeron un chalet en la misma finca, en línea recta quedaba como a tres cientos metros de la casa modernista, pero como era para arriba y en medio de grandes bosques de pinos parecía que fuera muy lejos. Tenían piscina y tanto mi hermano como unos inquilinos de nuestra misma edad subíamos los veranos a bañarnos, íbamos a pie por un caminito que circundaba por medio de aquellos campos que en la antigüedad estaban llenos de viñedos y que la malograda filoxera devastó, mi abuelo plantó pinos por doquier y ahora ya eran bosques.

          Yoli, mi prima dos años menor que yo, tenía dos hermanos, Borja que era de la edad de mi hermano y Natividad que era la mayor, pero la pequeña era mi amor, no creo que en realidad estuviera enamorado de ella, parecía una especie como de algo imposible por el hecho de ser de la familia, todos la llamaban la Porqui por el parecido que tenía con un muñeco de peluche que salía en televisión, era rubia, con los ojos azules, muy blanca de piel y  gordita, ahora cuando veo fotos de mi infancia con ella claramente puedo reconocer que el apelativo se lo merecía. Ella me enseñó a jugar a la Brisca, al Cluedo, al Metropoli, todos juegos manuales sin botones ni electrónica como los que juegan los niños de ahora. También tenía una casita de muñecas de grandes dimensiones que su padre le reconvirtió de lo que era un antiguo invernadero, allí había más de veinte “nines” donde ella era la profesora mandona que las regañaba a gritos que se escuchaban desde la carretera.

          El salón de la casa modernista de El Misal era rectangular, con más de cuatro metros de altura y una escalera que subía hasta el piso de arriba, debía tener más de setenta metros cuadrados y en medio sobre una alfombra de paja había una mesa plegable redonda de cocina que siempre estaba abierta, unas sillas altas de madera y mimbre quedaban situadas en los lados, en una esquina había una chimenea de ladrillos hundida y que calentaba menos que una bombilla, un par de sillones orejeros quedaban a los lados del fuego a tierra. Durante los fines de semana de invierno que pasábamos en aquella casa, poníamos una estufa de butano que calentaba más que la chimenea, por esto la usábamos poco aunque mi abuela era una gran fan del fuego a tierra ya que los tubos pasaban por las paredes de su habitación calentándola como si se tratara de calefacción, quedaba justo encima y siempre en invierno tenía la puerta cerrada para que no se enfriara. Aquel gran salón durante el invierno se convertía en nuestro comedor, ya que el espacio habilitado para eso estaba siempre helado. A pesar de la chimenea y la estufa de butano era difícil calentar aquella estancia porque los escalones que subían hacia arriba no estaban separados por ninguna puerta y el calor siempre se escapaba para arriba, dejando el frio en la parte de abajo. Lo más curioso de todo es que mi padre era empresario y mi abuela tenía dinero de sobra, pero a nadie se le ocurrió nunca que pasando tantos días en aquella casa durante el invierno hubiera sido bueno instalar calefacción.

          Mi abuela María Rosa no había tenido una infancia feliz, con unos padres que se peleaban a menudo gracias al despilfarro exagerado debido al juego, ella nació de carambola cuando nadie se la esperaba, al final tras una muerte prematura de su madre a los cuarenta y cinco años de edad, María Rosa y su marido Pedro tuvieron que cuidar al padre (abuelo) los últimos años de su vida. No sé si fue gracias a su pasado o a su manera de ser que la generosidad de Mª Rosa era altísima, por eso no entiendo que siendo como era, nunca hubiera instalado calefacción en aquella mansión modernista, claro que ella no era friolera.

          Mi infancia transcurrió bastante placentera hasta que yo tenía ocho años, mi hermano con once no podía continuar en la misma escuela porque los de su edad se trasladaban a otra, mis padres consideraron que la que nos propuso la escuela de primaria no era de su nivel y nos pasaron de un colegio mixto a uno solo para niños y para personas de alto poder adquisitivo, una manera de demostrar a los demás que tanto yo como mi hermano éramos algo así como de la alta sociedad. Mamá llevaba años ya sin sirvienta y no estaba dispuesta a tener que cocinar todos los días para unos que iban a una escuela demasiado cerca de casa, la solución fue pagar más del triple, desplazarnos en autocar y acabar en medio del campo estudiando en una escuela sólo para chicos.

          Tanto mamá como papá pasaron sus infancias en casas señoriales, con servicio asistiendo a escuelas privadas de su misma ciudad, en aquellos tiempos no eran mixtas y mi madre tiene un recuerdo tremendo de las monjas de su escuela, a pesar de ello, siempre se desplazaba andando. Ella no llegó al bachillerato quedándose en una especie de servicios sociales que hacían las niñas bien de su edad, yo diría que era como una formación profesional para pijas, era algo que hacían todas las niñas de buena familia de Sabadell. En aquella época había un dictador en el poder y las mujeres quedaban en un segundo plano, era una sociedad muy machista. Mientras, mi padre vivía en Terrassa, él también estudió en una escuela de su misma ciudad, siempre iba a pie hasta ella teniendo un buen recuerdo de su colegio, después al ser un hombre pudo acabar la carrera de farmacia en la Universidad de Barcelona, para dedicarse a un mundo que no tenía nada que ver con sus estudios, una empresa de pinturas que mi abuelo le montó tan pronto como acabó. Para un niño poder desplazarse por su ciudad andando solo es maravilloso, sobre todo si lo comparas con aquellos críos que tienen que ir siempre en autocar para llegar hasta sus estudios.

          Mi síndrome se caracteriza por tener una X y dos Y, por eso se llama el síndrome del 47XYY o de Duplo Y, para los desconocedores, se trata de algo muy sencillo de entender y al mismo tiempo muy difícil de aceptar. Todos los niños varones son normalmente 46XY, es algo que queda muy compensado con una parte femenina y otra masculina, de manera que la masculina puede pensar Esa niña está muy gorda, pero la parte femenina le frena diciendo No le digas eso que la niña se puede ofender y el crio no comenta nada. Yo tengo el síndrome del 47XYY de manera que una parte masculina piensa Esas gafas del profesor son muy grandes, la parte femenina reflexiona No le digas nada al maestro que se va a ofender, pero una segunda parte masculina añade Dile que seguro que no pasará nada y yo lo digo, por supuesto el hombre se enfada y castigo al canto. Eso que parece fácil de entender para cualquier persona, lo es si se quiere, pero mis padres no lo aceptan de manera que para ellos soy normal, igual que los demás. Casualmente las personas que tienen ese síndrome a veces son muy violentas, pero para mi suerte o desgracia, ese no es mi caso, teniendo casi pánico a dañar cualquier persona. Además al tener un cromosoma de más, el cuerpo va siempre acelerado convirtiéndose en una bomba de relojería, hoy día los maestros detectan enseguida a un niño así tratándolo diferente al ser hiperactivo.

          En una escuela mixta, si un niño no se adapta tan bien con los demás, las chicas hacen ese contrapeso necesario actuando de balanza. De manera que cuando mi madre me llevó a esa escuela solo de chicos mi vida cambió mucho a peor, siempre he dicho cosas que no debía decir y al ser hiperactivo la necesidad se puede convertir en una obsesión, no lo puedo evitar, por mucho que me esfuerce siempre la acabo cagando con una expresión que queda fuera de lugar, si al menos hubiera sido algo violento, los de la clase me hubieran visto como a aquel inadaptado pero fuera del grupo, yo no, siempre he querido estar al lado de los demás, pidiendo disculpas tras recibir azotes por parte de todo el mundo, eso sí habiendo acabado la escuela nadie puede decir que yo fuera mala persona, solo esa manera de actuar diciendo cosas que ofendían y que nadie sabía cuál era la causa. A menudo me encontraba con amigos que insistían en que no dijera ofensas, nunca he creído que ofendiera, no vivo para molestar a los demás, cuando hablo es porque pienso en lo que digo, otro padre me hubiera aconsejado que contara hasta diez antes de decir algo, eso nunca me lo aconsejaron mis padres, supongo que si lo hubiera hecho muchas regañinas que he recibido nunca hubieran llegado porque tras contar a veces se te pasan las ganas de decirlo, igualmente después de contar hasta diez seguro que habría dicho lo mismo porque para mí aquello no es para ofender a nadie.

          Las quejas por mi parte sobre ese colegio solo para chicos eran constantes, pero mamá estaba en su mundo, se montó su pequeña escuela de repaso en casa y yo era su esclavo, tras el suplicio de tantas horas cerrado con aquellos animales, compañeros de clase que me atizaban día si día también, solo quería llegar a casa para tumbarme en el sofá y no hacer nada más. Allí empezaba la segunda batalla, aquel monstruo que ante todo el mundo se comportaba como a una señora de la alta sociedad, usaba sus uñas para clavármelas en la cabeza y disfrutaba viendo como sollozaba para que hiciera mis deberes, yo era su distracción, gritos, lloros y reprimendas, para llegar mi esperado verano con la mitad de las asignaturas suspendidas y tener que dedicarme a recuperar para septiembre. Papá trabajaba, y nadie podía saber que ella me ayudaba sobre todo, todo era a escondidas. Mamá cerraba la puerta de aquella habitación empezando a gritar para que yo realizara todo lo que me habían dado de deberes, si me olvidaba un libro me llevaba de vuelta hasta la escuela en coche y el vigilante me tenía que abrir para recoger lo olvidado, mi hermano, el inteligente, el que azotaba a quien se le ponía en el camino, se cerraba en su habitación para burlarse de su hermano inútil. Todo eso pasaba los lunes, martes, miércoles y jueves. Los viernes ya nos íbamos para El Misal y allí ante mi abuela mi madre era una santa. Por suerte los miércoles mamá quedaba con las amigas y el horror empezaba más tarde para acabar tan pronto como llegaba mi padre. Por supuesto que todos los domingos a misa, si no los sábados por la noche, lo que sea para aparentar que éramos la familia perfecta con un hijo un poco cortito. Mamá a quien a partir de ahora llamaré la Pájara no había pasado de la primaria y sus estudios superiores rozaban el analfabetismo.

          Aun recuerdo como corría por la escuela para que los niños de la clase no me azotaran, siempre decía cosas que ofendían y los demás se lo tomaban como algo que hecho a propósito como si yo estuviera allí para joder, durante el patio me tenía que esconder en zonas medio solo o solo para evitar las escaramuzas, por suerte siempre me encontraba alguien con quien hablar y todo el mundo me conocía. Mi complejo de inferioridad respeto a los demás era altísimo y cuando me perseguían me sentía un niño completamente infeliz. Después mi síndrome actuaba como válvula de escape y volvía a sonreír como si nada hubiera pasado. Ahora mi vida es otra, soy un escritor famoso y todos aquellos que se burlaban ahora se arrodillan ante mí como si yo fuera otro. Las cosas de la vida, nunca sabes cómo acabará todo.

          Los veranos los pasábamos en la finca, el mes de agosto tenía que recuperar todo lo suspendido durante el año, en escuelas privadas, con clases particulares de mí prima Natividad, todo el mundo sabía que yo no era normal pero mis padres querían creer que no tenía nada defectuoso. Allí en El Misal me recuperaba de todo aquel ajetreo, de los insultos, de las vejaciones, de las malas amistades, de los miedos, de las pesadillas por la noche y al menos tenía mi abuela María Rosa que me respetaba como si yo fuera un niño normal, cuando al cabo de muchos años murió, lloré como nunca había llorado.

          Fue jugando la Brisca en ese nuevo teléfono móvil que me acabo de comprar que descubrí que mi prima Yoli se ha pasado toda la vida engañándome, no es que sea una persona que tenga un contacto habitual, porque cuando te haces mayor pierdes relación con primos que los veías a diario de pequeño y en cambio ves a personas que por aquel entonces nunca te relacionabas pero que conocías. Con Yoli quedaba durante las tardes de verano porque por las mañanas las pasaba estudiando en las clases de repaso. Era curioso porque en un mes de tranquilidad y sin una Pájara loca que me iba picoteando con las uñas en la cabeza, aprobaba todo lo suspendido, aquella paz de no tener un sargento detrás con los azotes me obligaba a disciplinarme para aprobar.

          Yoli siempre me ganaba en todo, era como si tuviera siempre la suerte de su lado, al final nos acabábamos peleando, era imposible que ella dos años menor que yo y que cuando eres niño se nota mucho, siempre tuviera los ases y así con todos los juegos, yo le decía Afortunado en dinero, desgraciado en amores, la chica tenía una suerte tremenda y aquellos recuerdos siempre me han quedado gravados en la cabeza. Acabamos estudiando la misma carrera, ella no sabía que estudiar y le aconsejé mis mismos estudios. Nos peleamos definitivamente tras un mal entendido en una noche de fiesta. Con lo buena que era y la suerte que tenía acabó encontrando un trabajo muy remunerado en una multinacional, viajando por todo el mundo, el sueño de cualquier ilustrador, pero ella quería más, eso pasa con los ambiciosos, yo no es que sea menos, montó unas tiendas de pinturas para dibujo y objetos de decoración en la zona más chic de la ciudad, la cosa le iba muy bien a una velocidad que parecía que nunca llegaría al final, las tiendas cerraron por quiebra al poco de comprarme el nuevo teléfono móvil.

          La Brisca es un juego bastante sencillo, mi teléfono móvil dispone de tres modalidades, una fácil, un nivel medio y otro difícil. Ha sido aquí que he empezado a entender algo más de mi vida, soy capaz de ganar a la máquina en todos los niveles, después de muchas partidas, yo el incapaz de ganar a una niña menor que yo, ahora puedo ganar a quien quiera. Por eso que me vino a la cabeza un recuerdo fortuito de hará muchos años que mi primo Borja le decía a su hermana Si quieres Yoli jugamos pero tu sin hacer trampas, ella le respondió Nunca hago trampas. Pues sí, ahora veo que siempre me había engañado, era imposible que mezclando bien a alguien siempre le tocaran las cartas buenas. Ella era así, incluso hará tres o cuatro años me presenté en una de sus tiendas avergonzado y tras hablar con ella acabé llorando pidiéndole disculpas por aquel mal entendido de jóvenes, pero ella de eso ya ni se acordaba, solo pensaba en ganarme en todo para demostrar que yo era tonto, aquel estúpido de su primo incapaz de aprobar las asignaturas de la escuela, pero que pudo estudiar lo mismo que ella en la universidad. Aun recuerdo que en el viaje de final de carrera le tuve que dejar dinero para que pudiera traer una ensaimada de Mallorca a sus padres como recuerdo, a ella le habían dado más del triple de dinero que a mí, pero al final tuvo que depender de mi beneficencia, pero para Yoli eso no fue suficiente y ni me invitaba a la inauguración de sus tiendas ya cerradas por la crisis o el despilfarro.

          Yo tenía un recuerdo inigualable de aquella escuela de primaria que iba cuando era pequeño, con mi hermano podíamos ir andando hasta casa y los jueves almorzábamos con mis abuelos, los papás de mi padre. Era un niño feliz con amigos y amigas, de vez en cuanto venía mamá a recogernos a la escuela andando, paseando por aquella callejuelas de Terrassa, viendo a otros niños con sus mamás por las calles, muy normal para cualquiera, pero que para mí se convirtió en algo inusual ya que cuando tenía ocho años me llevaron a aquella escuela supuestamente de alto estanding con una disciplina muy marcada y unas normas que no iban conmigo. Yo al ser un niño discapacitado no me adaptaba, además a todo el mundo le gustaba el futbol y aquel deporte era estrella en la hora de recreo, no solo eso sino que además en la hora de gimnasia un profesor ex futbolista nos dejaba campar por el terreno de juego como si todos los días fueran domingos de liga. A pesar de una escuela de pijos, yo tenía una vida de alto copete esquiando todos los inviernos y veraneando con lancha en la costa. Nunca he sido callado y por aquel entonces tampoco lo era, contando a doquier lo bien que vivía en mi casa, mis padres me animaban a que lo hiciese.

          Después de pasarme desde las ocho y cuarto de la mañana, hasta las cinco y media de la tarde con aquellos maltratadores me quedaba el suplicio de aguantar una loca que se creía la catedrática en quince carreras, mientras que ella no pudo ni llegar al mínimo bachillerato, como si yo fuera un pobre desquiciado. Además yo padecía el síndrome de Estocolmo, al parecer además de tener el síndrome de Duplo Y, tenía ese otro con una madre maltratadora que encima le tenía que aconsejar como pegarme para que no se notara, ocultando siempre ante los demás sus vejaciones, pero como era con la única que tenía trato en casa aún le tenía un cierto aprecio, ella nunca me abrazaba supongo que le daba asco por lo que me paso de pequeño, aquello que nadie puede contar pero que todo el mundo sabe. Pasé unos años terribles con aquella Pájara, vivía una vida de miedo, me sentía aterrorizado y esto hacía que me convirtiera en un niño retraído, con muchos miedos e inseguridades, constantemente explotaba y reaccionaba de manera adversa ante los maltratos de mi madre, un poco como aquella fuente que tras taparla con un tapón el agua se desborda por todas partes. Papá siempre decía que todo es controlable por el cerebro, vaya mentira como si pudiéramos controlar el estar años de pie sin sentarnos y durmiendo de pie. Éste mismo que decía que todo lo controla el cerebro era el que un día estando en un restaurante no se pudo levantar por haber comido demasiado.

          En mi segundo año de bachiller repetí un curso y mi madre tiró la toalla, la Pájara ya no podía conmigo, supongo que ya había crecido demasiado y tenía miedo que yo devolviera alguno de sus maltratos, a partir de allí me tuve que espabilar, aquellos monstruos que me maltrataban en clase se convirtieron en otros, por supuesto que mis padres no me quisieron cambiar de colegio, ya que era el más prestigioso de la zona y mamá ahora insiste que yo no me quería irme, otra de sus artimañas. Te dice lo que no quieres oír insistiendo como si yo a los doce años no recordara lo que dijera. Otra humillación en mi curriculum, tener que pasar meses viendo mis ex compañeros de clase, un curso por encima del mío burlándose de mí por haber repetido de curso. Al parecer según la Pájara yo estaba radiante de alegría ante tal suplicio, a partir de aquí empecé a aprobar, los chicos no eran tan agresivos conmigo, me conocían poco y se comportaban muy bien, fue como mi segundo renacer. Mis ex compañeros de clase empezaron a hacer su vida y yo a marchas forzadas cambié de amigos, lo aprobaba todo y como regalo mis padres me dieron dos veranos de veintiún días en Canterbury aprendiendo inglés y pasándomelo de maravilla con nuevas amistades. Al finalizar el bachillerato mis medias no eran para tirar cohetes y acabé estudiando en una universidad privada, ilustración.

          El padre de la Pájara, mi abuelo Pedro, poco antes de morir montó la empresa MIPESA con unos socios, según papá, mis tíos Silvia y Jesús,  padres de Yoli se enfrentaron incluso con aquel hombre porque no querían que derrochara el dinero en algo que desconocía como iría. Por suerte todo el mundo se equivocó y aquello que parecía una miseria se convirtió en una mina de diamantes, de pequeño en aquella escuela de pijos, yo era el que despuntaba más, mis padres nos llevaban cada año a esquiar a Suiza y Austria, en grandes estaciones de esquí, las consideradas mejores del mundo, nos basábamos en la guía Michelin y si no tenían la cualificación máxima, nosotros no íbamos, Zermatt, Crans Montana, Davos, Saint Moritz, Verbier, Gstaad, Grindelwald, Kitzbuhel, San Anton, etc.

          A los doce años de veranear y pasar los fines de semana de invierno en aquella casa modernista, mis padres se construyeron una masía en Can Parroquia, una obra de arte, con el mejor arquitecto del momento, tenía que parecer una casa suficientemente antigua, por eso se construyeron todas las ventanas y puertas interiores de diferente tamaño para que pareciera más original, una fortuna para el momento, papá incluso según él se descapitalizó para construir aquella locura, las piedras las sacaron de la antigua masía que desmontaron piedra a piedra, para construir encima lo que es su casa actual, en algo sí que me hicieron caso y se construyó prácticamente toda plana, además, la nueva casa disponía de calefacción y eso en invierno la hacía mucho más acogedora. El terreno quedaba a un kilómetro de donde de El Misal pero en la misma finca, era donde papá se dedicaba a sus labores de agricultor amateur.

          Al principio pasábamos los veranos en la nueva masía alargando la temporada hasta octubre, pero al cabo de un par de años ya no volvimos al piso que teníamos en Terrassa. Era un apartamento de ciento cincuenta metros cuadrados con cuatro habitaciones, dos baños, cocina, comedor-sala de estar y una pequeña habitación con su baño para el servicio, que mamá usaba para planchar la ropa. Fue en ese piso donde en su día pasó aquel accidente que me cambió la vida y no porque yo lo supiera, si no porque mis padres dejaron de verme como a aquel hijo que tenían para convertirme en aquella especie de animal con poca categoría para su manera de ser. Fue allí donde pase mis peores años en aquel cuarto que llamábamos de jugar, donde la Pájara distraía su pesadez y supongo su falta de amor por un marido que despreciaba. En aquella habitación con un mueble de pared a pared de madera con cajones y armarios que usábamos de biblioteca, aquel suelo de parquet con aquellas pequeñas piezas de madera que se movían realizando una cenefa típica de la época. Una mesa del tipo camilla con una falda hasta los pies y dos sillas, aquel hule de plástico que lo cubría y yo al lado medio dormido por el aburrimiento, la Pájara chillándome y dándome azotes para que hiciera los deberes. Aun hoy después de más de treinta años si alguien me toca la cabeza con la punta de los dedos noto aquellas uñas como me picoteaban entre medio de los pelos, era un maltrato infantil muy eficaz y sin secuelas ya que los maestros nunca miraban esas partes de los niños para ver si sus padres les maltrataban, a veces me arañaba las manos y los brazos, si me quedaban marcas me pedía disculpas y continuaba con la cabeza, mi pueril buena fe encima le decía que lo hiciera en el cogote así no dejaría secuelas. Recuerdo que además del maltrato físico había el maltrato moral, pero esto ha ido continuando hasta el día de hoy, papá era el Pajarraco número uno, si no me portaba bien se lo diría, eso a mí me cohibía mucho, iba a una escuela que unos niños mucho más bajitos que mi padre, me maltrataban y pegaban como si fuera una mala persona, ver aquella figura tan grande haciéndome lo mismo hubiera sido terrible.

          Escribiendo eso veo que la Pájara siempre ha sido una verdadera maltratadora, un ser despreciable, nunca podía contar a mis compañeros de clase que ella me ayudaba, era nuestro gran secreto. Ahora tras escribir varias novelas y ser un deportista nato veo que la constancia no se gana de un día para otro, se nace para seguir siempre así.  Mamá me hizo creer que sin ella no hubiera llegado a ser el hombre que soy, que en la escuela nunca hubiera aprobado una sola asignatura. Ella aun se comporta igual, lo domina todo, es la mala, sin quererme en su casa, ni en su vida. Y sigue igual excusándose en el Pajarraco como si él no me pudiera ver, pero es así, ni el uno ni el otro me pueden ver, estoy sucio y soy su hijo indeseable, pero por suerte mi hermano Carlos es igual que ellos que cuando se enfada los maltrata engañándoles que irá a almorzar para después no presentarse excusándose en sus hijos.

          Hoy en día si tengo la oportunidad de hablar con los pajarracos sobre lo mal que lo pasaba en la escuela, no recuerdan nada, como si aquellas pesadillas solo hubieran sido eso, parece como si viviéramos en otro mundo donde ellos estuvieran exentos de los sufrimientos de su hijo pequeño, dicen que los años todo lo cura, pero eso no es cierto, ellos nunca me han perdonado, no están preparados para tal sacrificio, sería demasiado, es mejor creer que soy un mal hijo, aquel que siempre los maltrató con malas notas en la escuela diciendo cosas sin sentido, como si mi enfermedad fuera provocada por mí mismo.

          Aun recuerdo conversaciones con mi abuela María Rosa ante mí,

          -Esta Víctor no digamos nada que él lo cuenta todo.

          Yo era ese ser despreciable que explicaba a los demás lo que no se podía decir, lo peor de todo es que para mi desconocía en absoluto lo que era recomendable parlotear con los demás.

          Era en aquella época que mis papás se construyeron aquella mansión cuando empezaron a caer torrentes de dinero que mi abuela repartía entre sus tres hijos, aquel negocio que al parecer los padres de Yoli hablaban como algo nefasto para la familia, ahora se había convertido en manantiales de felicidad económica. Aquella casa de campo pasó a ser nuestra primera y segunda residencia cuando yo ya tenía catorce años. Les sobraba tanto el dinero que en vez de invertir en otra propiedad se construyeron un porche de piedra, con unos arcos de ladrillos que los albañiles se pasaron más de un mes en poderlos realizar, otra obra de arte, parecía una casa a parte, todo a medida hacia las vistas de la montaña y una piscina con una cascada que hacía derramar las gotas de agua por una pared como si de un manantial natural se tratara, con plantas y nenúfares en su interior, rodeado de llanuras de césped cuidadas como si se tratara de un campo de golf. Esa alberca debía parecer aquellas que hay en las masías, por tanto debía ser de grandes proporciones con el agua llegando casi hasta arriba de todo pero sin llegar a desbordar.

          Como los campos le quedaban al Pajarraco un poco lejos de la casa, como a tres cientos metros, papá plantó un viñedo de Cabernet de Sauvignon a tocar de la piscina en un campo que se hizo hacer a propósito con una excavadora, quería tener vino para consumo propio, pero se encontró con el problema que las urracas cuando las uvas ya estaban en su punto de madurez, se le comían todo, además había tejones y zorros que ante tal festín rompían vallas para llegar a comérselo, Papá empezó con simples redes que cubrían todas las cepas, pero el bosque estaba demasiado cerca y los pájaros lo rompían después de mucha insistencia, él al final lo cubrió con una malla gruesa como si se tratara de un invernadero, con telas que lo protegen de las lluvias de granito del otoño y un cableado eléctrico que los animales que van andando huyen tras recibir calambres. En eso si que se gastaría lo que fuera, todo para demostrar ante los demás que él podía realizar su propio vino, comprando una prensa manual de estética muy bonita y barricas de vino de roble americano de sesenta litros para poder poner su producción.

          En verano, la segunda quincena del mes de julio la pasábamos  en la playa en un hotel a primera línea de mar, a pensión completa quince días, en el lugar más pijo de la Costa Brava, una lancha ya nos esperaba en una boya y papá iba a nado a buscarla desde la playa, unos señores se encargaban de ponerla al agua y sacarla al cabo de los quince días que nos pasábamos en aquel hotel de lujo. Papá siempre decía: Las vacaciones son para todos y mamá también se merece pasar unos días de descanso, claro que aquellos fuertes rendimientos que se repartían de la empresa de la abuela María Rosa provenían por parte de la Pájara.

          A papá que por aquel entonces lo conocía muy poco, mi abuelo le montó una fábrica de pinturas, con sus treinta y seis trabajadores. Él solo tuvo que acabar la carrera y buscarse una mujer para casarse, la empresa iba con el pack, no tuvo que trabajar nunca para los demás, ni enviar curriculums como se hace ahora, su trabajo era el de gestión, su padre le llevaba la contabilidad pero el control económico era exclusivo del hijo.

          Antes he dicho que a mi padre le conocía poco y es así, él se dedicaba a trabajar, cuando vivíamos en el apartamento llegaba tarde y cansado, sobretodo nadie le podía molestar, tantos problemas en la fábrica le hacían tener un estómago delicado y lo solucionaba con grandes dosis de arroz hervido. Después del trabajo se sentaba en el sofá ante la tele y mamá le traía la cena en un carrito, mi hermano y yo comíamos en la cocina. Los fines de semana íbamos a la finca y él desaparecía entre los bosques para volver a la hora de las comidas, no recuerdo un solo día haber jugado con él a algún juego, en su mente había el futbol que era su pasión más férrea. Yo supongo que por algún fallo de la fabricación nací con poca afición a ese deporte, la Pájara y mi padre lo sabían, era como un castigo por las malas notas, me obligaban a escuchar partidos enteros de ese deporte en la radio del coche, o si no en casa cuando se celebraba algún acontecimiento deportivo, estaba del todo obligado a mirar ante el televisor aquel grupo de hombres que discutían por una pelota, supongo que si mi padre hubiera sido algo más normal, esa obligación a mirar los partidos tan si quería como si no, habría hecho que quizás con un poco de amor, yo me hubiera medio aficionado a aquel deporte.

          Amor, esa es una palabra que no existe en mi familia, nunca he visto a mis padres darse un beso en la boca, ni se dan la mano por la calle, ni mucho menos se abrazan, los tocamientos son pecado y no recuerdo el más mínimo sentimiento humano en su relación. Eso lo veo ahora, cuando eres pequeño si ves a tus padres haciendo el amor desnudos en la cama lo puedes llegar ver como normal, así como si se besan, si se acarician, se tocan, pero también lo puedes ver como una cosa normal si nunca pasa eso. Fue en mi madurez que llegaron las preguntas y ahora veo que aquella pareja nunca tuvo que casarse y ni mucho menos tener hijos. Yo en cierto modo a la única que quería era a la Pájara porque al menos me tocaba con esas uñas que acariciaban mi cráneo, a veces las usaba sobre mis manos, dando golpes como agujas que se te chavan encima de esas arterias azules que a todos se nos marcan.

          Pero aquella pareja de locos tenían una frase mágica que apaciguaba cualquier desastre:

          Víctor, nosotros somos muy ricos, la abuela María Rosa nos da muchos millones al año y cuando seas mayor no tendrás que temer por nada

          Yo por aquel entonces era un gran desconocedor de la realidad social, ante todo el mundo tenía una vida normal, parecida a mis allegados, mi abuela estaba viva y la relación familiar era muy buena, mis primos también vivían como nosotros, y si que la gente nos trataba como de la alta sociedad, pero nunca me sentí diferente. Mi hermano en ese sentido era distinto, él no tenía ninguna discapacidad y entendía mucho mejor que yo las realidades, mientras que yo hoy en día sigo saludando a todo el mundo, él se cree en otra esfera y por la calle a según quien no saluda. De él también podría escribir una novela entera y ya lo iré describiendo para que veáis como es en realidad.

          Después de lo que me pasó en mi infancia, Carlos se convirtió en el heredero, estaba limpio, era sano, guapo y sin ninguna deficiencia para llegar a decir cosas que los demás no quisieran escuchar. Alto, fuerte, deportista y capaz de golpear a cualquiera de su clase por un pedazo de pan. Era un ídolo y yo quedaba muy por debajo de su categoría social, todo el mundo decía que era guapo, a mí nadie me contaba que yo no lo fuera, pero las comparaciones siempre existían. La Pájara tenía una pasión por su Carlos, yo según ella sin ser feo no era guapo como él y si le contaba que alguien me había revelado algo sobre mi belleza, ella respondía que eso no podía ser cierto, ya que yo pasaba completamente desapercibido. Eso hizo que mi complejo de inferioridad con respeto a Carlos fuera en aumento día a día y año tras año.

          Una de las líneas de autocares de la escuela, llevaba a Castellar del Vallés la población más cercana a la finca, allí nos dejaban y mamá nos venía a buscar en coche. Mis primeros contactos con el Pajarraco fueron a partir del año que fuimos a vivir para siempre en la finca, él nos acompañaba en coche hasta la escuela todas las mañanas, antes de irse al trabajo, allí medio dormidos nos llevaba, las conversaciones escaseaban, la Pájara ya había tirado la toalla tras mi repetición de curso y yo era libre de estudiar lo que quisiera, estudiaba bachillerato, pero sin reprimendas, ni chantajes emocionales, ni peleas yo iba aprobando las asignaturas en una escuela que ya me conocía muy bien. Los compañeros de clase eran amables y no estaban siempre dispuestos a burlarse de mí, pero los fines de semana de mi adolescencia me encontraba con los anteriores, eran una obligación ya que sus madres eran las mejores amigas de la Pájara y con sus padres se encontraban con el Pajarraco.  Al final dejé de ir con aquellos para encontrar unos compañeros nuevos, la Pájara lo veía mal porque no conocía a sus familias.

          Para mi familia la posición social es algo muy importante, relacionarse con gente de buen ver, personas adineradas, hijos de grandes empresarios, lo más importante era con quien iba. Cuando entré en la escuela solo para niños, me encontré con los hijos de los amigos de mis padres en clase, tenía que ir a su casa y relacionarme con ellos, si por casualidad me movía con gente que mis padres no conocían, insistían en que fuera con los que ellos consideraban de buen ver, por supuesto que los hijos de sus amigos eran los ideales, pero cuando cumplí los catorce años empecé a salir los sábados por la tarde a discotecas hasta las diez de la noche y un par de gemelos parientes de mi primo Raúl, se distraían insultándome y burlándose de mi manera de ser, a mi aquello no me gustaba por eso en seguida que pude cambié de amigos.

          Llegó la mayoría de edad y la conducción de vehículos por parte de conductores muy inexpertos que iban algo más que bebidos, un accidente de coche donde falleció un amigo del alma, me hizo replantear muchas cosa y me quedé en casa hasta que el Pajarraco me compró un todoterreno descapotable, poco antes había recibido un Rolex y el conjunto daba una sensación de persona de la alta sociedad, todo ello se juntó con la universidad y con los años de más ingresos económicos por parte de la empresa del abuelo Pedro. Yo por aquel entonces vivía muy bien, en la gran casa, con mis amigos de la alta sociedad pero con una felicidad baja. Mi hermano tenía novia con intenciones de casarse y yo estaba soltero, supongo que declarar a mis padres mi homosexualidad no me benefició mucho, por supuesto que su sorpresa fue mayor de lo que cualquier persona se puede esperar.

          Ningún padre se sorprende cuando su hijo en la madurez le dice que es homosexual, si aparece cualquier pellizco de incredulidad es porque nunca han estado con su allegado. Es algo muy fácil de predecir, se nota en seguida, cuando el crio tiene siete u ocho años se queda clavado mirando un hombre con un mini bañador en la playa, mientras que los ojos de sus amigos heteros de la misma edad se centran en los pechos descomunales de una mujer. Unos padres como los míos que se pasaban quince días conmigo en la playa, al no ser ciegos, veían claramente que su hijo era homosexual. Además mi discapacidad exagera por mil las miradas y aun hoy en día ante una persona que me llama la atención le miro de arriba a abajo, repasándolo de manera exorbitada y lo más curioso de todo es que no me doy ni cuenta.

          Mamá ante tal acontecimiento se le ocurrió la brillante idea que su hijo debería ir a un psiquiatra o un médico de cabecera para que me sacara esas ideas horribles de la cabeza, como su interés para encontrar el mejor médico era pura anécdota, propuso uno de estos mediáticos que salen continuamente en la radio, no era un especialista si no un generalista en cualquier especialidad. El doctor Novellón era famoso por sus entrevistas en las Tardes de María, un programa de radio que escuchaban todas las criadas mientras planchaban la ropa de las casa que trabajaban, incluso en fábricas repletas de cosedoras se escuchaba la susodicha María hablando con veterinarios de animales, con floristas de plantas, con cocineros de recetas y con el doctor Novellón de enfermedades varias.

          El famoso era un  hombre sencillo que te atendía en una consulta de hospital, sus primeras conclusiones fueron que mis padres eran muy absorbentes y que la homosexualidad era mi vía de escape. Nunca me propuso que fuera con mujeres para ver que me parecían, para él era una diversión y cuando se cansó, me envió a un psiquiatra del mismo hospital. Yo, ante tal pasotismo y falta de interés dejé de ir.

          Por fin mis padres tenían una excusa para retenerme en casa, la posibilidad que yo nunca me casase y cuidara de ellos hasta la vejez era suficiente tentador para sus expectativas. Mientras yo estudiaba en la universidad, papá me iba lavando el cerebro con delirios de grandeza ante la posibilidad que tras cinco años trabajando con él, la empresa pasaría íntegramente a mis manos y yo con mis estudios de ilustración y pintura podría continuar el negocio familiar de fabricación, confección y venta de pinturas para comercios de dibujo. Para mí todo esto era bastante tentador, porque aunque no tendría los ingresos multimillonarios que la Pájara conseguía de su madre del negocio que mi abuelo nunca llego a ver sus frutos, yo con un sueldo de gerente de una fábrica de pinturas ya tendría más que suficiente, quedando lejos de aquellas nóminas ridículas que conseguían expertos universitarios tras muchos años de estudios. Papá además siempre me decía que yo debía quedarme en casa y estar con ellos y añadía que si no se hubiese casado siempre se hubiera quedado cuidando a su madre hasta su muerte. Eso sí, cuando me cambiaron de colegio dejé de ver a mis abuelos paternos y solo iba a su casa algunos viernes al principio, supongo que mi padre no tenía la pasión que decía por los suyos. Recuerdo que cuando murió mi abuelo, el padre del Pajarraco, ni lloré porque prácticamente no lo conocía, me parece que ni me afectó lo más mínimo, era una muerte rara de alguien que mis padres nunca me habían acercado, lo veía como mucho seis o siete veces al año, era un total desconocido para mí.

          Mi hermano Carlos había encontrado el sueño de cualquier soltero con pretensiones, una mujer tonta con unos padres que tenían un patrimonio de escándalo, el suegro dejó de trabajar a los veinticinco años de edad cuando su padre murió de repente dejando cientos de pisos alquilados y repartidos por Barcelona. La pareja llevaban años juntos y preparaban una boda que sería súper lujosa, el Pajarraco estaba asustado ante tal despilfarro, como si él no malgastara en viajes y cenas de lujo.

          Papá que hasta el momento siempre había sido un hombre de carácter fuerte, pero honesto conmigo, cuando acabé los estudios universitarios me propuso que trabajara con él, yo ya había escogido una especialidad en ilustración y colorista parecida al negocio familiar, por eso acepté gratamente y esperando que a los pocos años, mi vida cambiaría maravillosamente. Todo coincidió con el primer verano que trabajábamos juntos, él tenía destinado unos días que se iría a la playa con la Pájara en aquel hotel de primerísima línea de mar, hubo un desbarajuste horrible, él no estaba, era el momento de máximo trabajo fabricando pinturas para el próximo invierno con la campaña de navidad, durante aquel verano unos talleres externos que nos tenían que servir dejaron de hacerlo, todo coincidiendo con unas vacaciones repentinas de la empresa que se dedicaba a fabricar los líquidos para termofijarnos las pinturas, yo estaba desesperado, pero cuando papá llegó todo estaba resuelto. Aquí hubo un antes y un después de la relación con mi padre, él nunca aceptó que yo resolviera aquellos problemas y paso de ser un padre a un Pajarraco, todas las expectativas empresariales quedaron a un segundo plano, mi sueldo quedó congelado como la relación que tenía con él. El hombre se asustó pensando que su hijo acabaría engrandeciendo la empresa y convirtiendo su mundo en un circo. Mis trabábamos allí dentro se convirtieron en los del chico para todo, menos para saber los números. Usando mi coche como camioneta para ir de un lado a otro, cargando potes de pintura, poniendo etiquetas y combinando colores si los de la fábrica me necesitaban para algo, todo trabajo manual de poco pensar.

          Cuando ya llevaba un año de monotonía me propuso el trabajo de uno de los comerciales, el hombre ya mayor se jubilaba y alguien debería ocupar su puesto. Para mí fue una válvula de escape, salir de allí, además el Pajarraco me propuso comisiones de venta que al final se convirtieron en tan ridículas que el peón con menos sueldo de la empresa cobraba más que yo. Con el tiempo fui viendo que era un pobre hombre, casado con una Pájara y amargando a todos los que tenía a su alrededor, aun recuerdo su famosa frase del Tu mismo, chantaje emocional multiplicado por mil.

          Yo le proponía,

                    ¿Qué te parece si extendemos nuestras ventas hacia el extranjero?

          Él me miraba y respondía.

                    Yo de ti no lo haría, pero, tú mismo…

          Aquella expresión se te clavaba en el cerebro, era imposible de sacártelo de la cabeza y nunca acababa haciendo lo que él no quería. En casa constantemente me quejaba con la Pájara cuando papá se iba a la cama, ella se comportaba como una buena madre, sentada en el sillón cerca de mí, con buenas palabras y excusando al Pajarraco como si fuera la mejor persona del mundo. Pero en realidad ella era la misma que me pegaba cuando iba a primaria, la misma que me picoteaba con las uñas y la misma que cuando acabé el bachillerato se opuso frontalmente a que yo tuviera estudios universitarios, alegando que ella no me podría ayudar porque yo era imposible.

          Ella era una bellísima persona sentada en el sofá, ante la chimenea, me aconsejaba para que yo fuera bueno y no sacara esa violencia que nadie había visto en mi. La misma Pájara que me aconsejó que cambiara de amigos, los hijos de sus amigas ya llevaban años sin ir conmigo, no los podía soportar porque había algunos que conociendo mi pasado de represión escolar se burlaban de mi, pensé que mejor solo que mal acompañado, me movía con un par de chicos que respetaban mi manera de ser, pero uno encontró novia de manera prematura y me quedaba en casa sin nadie con quien salir. La Pájara me propuso los amigos de primo Raúl, les conocía de haberlos visto alguna vez, parecían buena gente, pero vivían una realidad diametralmente opuesta a la mía. La mayoría de ellos eran los nietos de (…), sus padres no ingresaban como los míos y los hijos tenían necesidades demasiado básicas, aspiraban a cosas que yo ya tenía más que superadas, eso pasa a los hijos de papá como yo, si no te mueves con chavales como tú, los demás no te pueden seguir el ritmo. Tuve que hacer grandes esfuerzos para adaptarme a aquel nivel de vida mucho más bajo que el mío, la Pájara insistía que los llamara, que fuera, que los siguiera, para mí era un desgaste demasiado grande y después de salir con ellos acababa en locales demasiado gais en Barcelona y en la cama con el primer tío que se me ponía delante. Por aquel entonces aun no tomaba medicamentos y aquella necesidad metabólica salía por donde no tenía que salir, a pesar de ello, la Pájara insistía día sí, día también que fuera con aquellos y no me refiero como si fueran personas menos que yo, porque considero que todo el mundo es igual, si no porque me sentía atrapado en un mundo que no era el mío. La solución era volver con aquellos amigos que me insultaban a la primera de tres, yo tenía que aguantar aunque solo fuera para seguir los consejos de mamá

          Entre semana trabajaba en aquella fábrica y mis tareas iban disminuyendo a medida que corrían los años, pasaba horas muertas sin saber qué hacer, mientras el Pajarraco se quedaba en su despacho súper ajetreado, si preguntaba por quehaceres me enviaba a fábrica, pero aquellos trabajadores ya tenían instrucciones de no darme nada, como mucho ordenar pinturas o limpiar. Después del trabajo me iba al gimnasio y gastaba toda la energía sobrante, al menos allí me distraía. Los sábados por la noche eran el suplicio de encontrar a los amigos de mi primo, los teléfonos móviles por aquel entonces eran el privilegio de unos pocos y por el tamaño eran imposibles que te cupieran en el bolsillo, ya no digamos eso de mandar mensajes, si no eran escritos en papel, eran del todo imposibles. A la una de la madrugada me largaba a antros gais y allí al menos me sentía un poco más persona.

          Cuando ya llevaba casi cuatro años trabajando con mi padre, con el sueldo congelado, con peleas para subidas imposibles, llorando ante sus brazos, él con sus no tengo dinero para pagarte, la Pájara cobrando millonadas que le hubieran permitido comprar cuatro chalés al año, cada vez más encerrados en su lujuria, mi abuela María Rosa murió de anciana a los ochenta y dos años de edad, yo por aquel entonces tenía veintiocho años. Fue la desgracia mayor que he tenido en mi vida, la única que me respetaba y que me veía como a una persona, se moría y me dejaba solo ante aquel par de locos. Lloré con locura, incluso mi hermano que se portaba mal con la anciana no pudo aguantar la emoción, éramos los únicos nietos realmente desesperados ante tal desgracia. Mi vida cambió sustancialmente a partir de ese momento, con su muerte pareció que mis padre empobrecieran y al contrario de lo que cualquiera pudiera pensar su fortuna creció considerablemente.

          Sin mi abuela, la Pájara ingresaba directamente grandes cantidades de dinero y mentía diciendo que su madre nunca le había dado nada, eso fue algo conjunto de la pareja, porque mi padre empezó a decir que la empresa la había creado él de la nada, como si en su época el estado te pagara una fábrica con treinta y seis trabajadores solo por el hecho de haber terminado una carrera universitaria. Mi situación en casa llevaba años de desespero, los dos se portaban realmente mal conmigo y no era por mi homosexualidad si no por lo que me había pasado de pequeño, aquello supuso un antes y un después de su vida. Ya nadie se acordaba de las promesas que mi vida sería un jardín de rosas en mi madurez, los dos como un bloque juraban que nunca me habían dicho que me ayudarían a tener una vida agradable, incluso mi padre mentía en el hecho de haberme convencido para entrar a trabajar con él esperando que la empresa sería totalmente mía al cabo de cinco años.

          Al final tuve que irme de aquella locura tras descubrir que el Pajarraco no tenía ni la más mínima intención de jubilarse, incluso me certificó que él seguiría trabajando hasta cumplir los noventa años de edad, que aquello era su mundo y que nunca lo dejaría. Por aquel entonces el hombre tenía cincuenta y ocho años de edad, por tanto me esperaban más de treinta años bajo su tutela.

Capítulo 2

          A veces cuando la situación está totalmente desesperada parece que un resplandor de luz salga de donde nadie se espera, mi primo se fue a trabajar al extranjero y aquella conexión con unos amigos que solo mi madre quería que fuera con ellos despareció. Raúl nunca veía a una mujer suficientemente buena y que estuviera a mi altura para salir conmigo, él con ello conseguía un tonto a su lado que mientras él quisiera no se separaría nunca de su poder.

          Otra vez estaba solo y sin amigos, el grupo se había ido disgregando con novias y matrimonios, yo me quedaba sin nadie con quien salir. Por una casualidad del destino llamé a unos conocidos y me invitaron a salir, con una vez fue suficiente, sin Raúl controlando mi destino, conocí a una chica. A pesar de que mis padres conocían mis tendencias sexuales, yo no había salido del armario tal y como se conoce popularmente. Aun quedaba en mi interior la posibilidad que encontrara una chica que quisiera casarse conmigo y así restablecer puentes de diálogo con mi familia, la posibilidad de tener hijos era muy tentadora y suficientemente potente para que mis padres me volvieran a aceptar como a un hombre.

          Anabel supo desde el primer día mis tendencias homosexuales, a ella no le importó y me aconsejó ir a visitar un especialista que pudiera tratar eso que ella llamaba una adicción porque en realidad yo no era homosexual. Su ginecólogo nos aconsejo el doctor Fernández, un psiquiatra especialista en las adicciones sexuales, las visitas las pagaban mis padres y así podría ir una vez al mes. Ellos no desaconsejaron que rompiera la relación con una mujer, a pesar de saber concienzudamente que yo era claramente homosexual, supongo que era una manera de salvar su respetable apellido y demostrar al mundo que su hijo era tan normal como los de sus amigos. Mi síndrome no me dejaba ver que aquello era un engaño a mi persona y que ninguna chica con su sano juicio querría casarse con un hombre gay. Poco antes de llegar a la boda yo estuve a punto de romper la relación porque no lo veía claro, pero unas lágrimas de ella y mi desespero de continuar viviendo con mis alocados padres, pudo más que mi conciencia y acabé aceptando un destino que creía que no sería tan malo como el que ya estaba pronosticado para mi, en casa de mis padres.

          Antes de la boda nos pasamos nueve meses conviviendo en pecado, eso es un decir porque ella estaba divorciada y no podía casarse por la iglesia a no ser que hubiera una anulación del anterior matrimonio, todo era muy costoso y mis padres no estaban dispuestos a ayudarme en nada. Los dos estaban muy enfadados sobretodo el Pajarraco ya que tras una fuerte discusión de grandes gritos en el porche de su maravillosa casa, dejé de trabajar para él encontrando un trabajo en una empresa del mismo sector. No tenía nada que ver mi trabajo anterior con el nuevo, ya que además de tener un sueldo de más del doble me dedicaba a diseñar colores y no fabricar como hacía con papá.

          Encontramos una casita de alquiler muy cerca del nuevo trabajo, cincuenta y seis metros cuadrados, con los techos muy altos, paredes viejas, una habitación daba a la calle, otra al pasillo, otra por una ventana al comedor sala de estar, el baño quedaba después de la cocina, un patio de diez metros cuadrados, con el lavadero, un pequeño habitáculo con la ducha y una terraza con una mini habitación que en invierno te helabas. Toda ella sin calefacción ni muebles, parecíamos un par de despojados, mis padres no querían aquella unión e intentaron con todos los medios posibles que aquello no funcionara, pero como aquellos países que cuanto más boicot más unidos, pues nosotros igual. Eso si los pajarracos nunca alegaron que mi homosexualidad podía llegar a romper la unión y solo se oponían porque Anabel no era exactamente de su gusto.

          Anabel era una chica fina con portes estilizados, como una modelo, alta y tan delgada que parecía que tuviera que romperse, pero sin la altura adecuada para dedicarse al mundo de la moda, ni el atractivo suficiente para ser portada en una revista. A mí ya me iba bien, yo me dejo llevar y necesito una persona a mi lado que me diga las cosas tal y como las ve, todo era muy natural. Con los años fui viendo que no era lo que parecía pero mis ataduras emocionales cada vez eran más grandes.

          Mi hermano, Carlos, tras siete años de noviazgo se casó con aquella chica de la alta sociedad, María. La boda fue un acontecimiento social con un despilfarro máximo y un gran viaje de casi un mes entero. Llegando de la luna de miel, la pareja al parecer ya se había peleado un par de veces, esto yo no lo supe hasta el tercer mes de casados, ella se fue de casa dejando a mi hermano solo, estaba tan desesperada con su pareja que incluso había amenazado de tirarse por la ventana. Carlos no era un hombre cariñoso y ante aquella mujer se había portado como un auténtico rufián. Fue ella quien tras varias persecuciones se tiró a sus brazos desesperadamente y él como el guapísimo galán que era, la acepto. Todo el mundo hablaba de la belleza de mi hermano, era tal su orgullo que a los dieciocho años hizo operarse la nariz para parecerse más a un actor de cine y aquella nariz grande se convirtió en una especie albóndiga aplastada como si en un combate de boxeo le hubieran dado un puñetazo, todo esto fue antes de conocer a María. Él tenía a sus pies a las mujeres e incluso se permitía el lujo de salir con dos a la vez, mis padres le habían dado toda la seguridad que necesita un niño para creerse que el mundo gira a su alrededor, yo le llamaba el heredero, porque la Pájara caía constantemente a sus pies ante tal majestuosidad. María era una mujer débil, extremadamente delgada que parecía una niña de diez años de edad, sus padres siempre la trataron como a una princesa y nunca fue una muchacha deportista de grandes montañas. Carlos en cambio era de los que se pasarían el día caminando sin mirar atrás y los demás que se aguanten, una especie de Stallone en una película del Vietnam. Y eso paso poco antes de casarse, la parejita de tortolitos se fueron a subir una montaña de más de tres mil metros en el Pirineo, María a medio trayecto estaba tan agotada que no podía seguir y propuso dejarlo para otro día. Carlos que no estaba dispuesto a dejarse perder un solo segundo de su gran vida, dejó a la pobre chica en medio de la montaña sola, esperando que volviera su amado, como él era quien llevaba el equipaje se fue sin pensar en ningún momento que María podría tener frio o algo parecido, al cabo de una hora llovía a cántaros y él sin regresar, ella empapada tuvo que esperar más de dos horas el regreso de aquel animal. El enfado fue mayúsculo, pero Carlos era el rey y ella la criada y así fue que la criada después de la boda se dio cuenta que su amo era un déspota, dejándole en su casa.

          La propiedad del apartamento de mi hermano era de la Pájara, herencia en vida de su madre que pocos años antes de la muerte le había dejado para que ella pudiera cobrar los alquileres de aquellos pisos. Carlos no estaba hipotecado porque la rehabilitación de aquel apartamento viejo lo habían pagado íntegramente sus ex suegros, mamá era la propietaria, mi hermano podría vivir en aquel piso completamente rehabilitado. Él ante el divorcio se ofreció a pagar parte de las obras a sus ex suegros y durante un par de años les pago algo simbólico, dudo que esa buena fe se le ocurriera a Carlos. Mis padres ante tal agravio se pusieron en contacto con un sacerdote y mediante el obispo tras dar una buena paga consiguieron la anulación del matrimonio por la iglesia. Los Pajarracos tenían apuntado todo lo que se le pagó a mi hermano y según ellos me lo tenían que pagar a mí como dote ante mi posible matrimonio.

          El ginecólogo de Anabel, como ya he dicho anteriormente nos aconsejo un psiquiatra para que tratara mi enfermedad de la homosexualidad. El doctor Fernández atendía en una clínica privada y los gastos corrían a cargo  de mis padres mediante transferencia bancaria. El médico me hizo un análisis psicológico profundo y acabó concluyendo que yo tenía una ansiedad muy pronunciada, con una híper actividad poco común en personas de mi edad, me receptó fluoxetina, un medicamento que tendría que tomarme diariamente toda mi vida y aplacaría mi ansiedad excesiva. Su consejo más habitual fue que sosllevara la homosexualidad como si se tratara de algo fuera del matrimonio, haciendo creer a mi mujer que el doctor me curaba.  Referente a mis padres sus consejos siempre eran los mismos, la visita de médico, es decir, cortas y breves, evitando las discusiones y las posibles peleas. Tras dejar de trabajar en la empresa de papá, el Pajarraco se pasó tres meses sin dirigirme la palabra, yo no les podía visitar y si lo hacía me podía encontrar con grandes reprimendas. Siguiendo los consejos del doctor la situación se fue tranquilizando y por fin pudimos volver a su casa, los dos estaban siempre muy enfadados conmigo y Anabel con ese carácter se peleaba a menudo con mi madre, según ella era para defenderme. A los nueve meses de estar juntos, como si se tratara de un parto, nos casamos para seguir viviendo en aquella chabola, lo pajarracos no me querían dar el dinero del dote preguntando qué haría con ello, Anabel estaba que se subía por las paredes y las llamadas por teléfono eran violentas con mucha agresividad. La Pájara decía que aquella casita que vivíamos ya estaba suficientemente bien para nosotros, a mi me habían prometido desde pequeño un piso con jardín en una de las múltiples propiedades que tenían mis padres, pero aquello estaba alquilado y mis suegros por su riqueza escasa no podían aportar nada para su rehabilitación, después de muchas discusiones y meses sin ver resultado nos dieron el dinero de una sola vez y nosotros compramos un apartamento en el Pirineo, era muy pequeño pero suficiente para una pareja que quiere ir a pasar unos días a esquiar o simplemente de vacaciones. A mis padres aquella compra les cayó como un jarrón de agua fría encima, pero lo aceptaron tan descortésmente como pudieron, yo hacía poco que había perdido mi empleo en la empresa de pinturas y llevaba unos meses trabajando por mi cuenta.

          Aquella empresa que trabajé tras la huida de la fábrica de mi padre, desconocían como yo que tuviera un síndrome, ellos al principio fueron muy amables dándome el trabajo propio para mis estudios, Anabel no colaboraba en la manera de cómo explicarme ante mis nuevos jefes, ella era una persona muy absorbente y pronto esos que tenían que ser mis amigos me fueron apartando de mis tareas haciéndome lo que ahora se llama moving. Como si se tratara de mi padre me obligaban a bajar a máquinas para realizar trabajos que podía hacer cualquier peón. A pesar de ello, yo intentaba colaborar en lo que podía, ayudando en el departamento de diseño que era el mío, incluso contrataron a una ex compañera de la universidad para demostrarme que yo sobraba, pero para mí era un empleo y lo necesitaba. De vez en cuanto me salían expresiones que ofendían, lo que se llama falta de tacto y los jefes se lo tomaban como una burla o una ofensa a su persona. Al final me acabaron echando, tras año y medio trabajando en aquel sitio, para mi aquel rechazo fue algo difícil de superar por eso me monté por mí mismo.

          Nosotros ya estábamos casados, pero seguíamos viviendo en aquella choza, Anabel ante el desespero se puso contar a todo el mundo que su marido, el hijo de tal y de tal, vivía con ella en una casucha con la ducha en el exterior y sin calefacción, lo contábamos a todo el mundo y sobre todo a personas que conocían muy bien a mis padres, esto se convirtió en la pólvora de San Juan y el Pajarraco ante el desespero se cerraba en su dormitorio con las manos en la cabeza, mamá lloraba desconsoladamente, e incluso Carlos llego a involucrarse ante tal situación colocándose en el puesto del hijo único, el salvador de la familia, él se ocuparía de poner las cosas claras ante ese depravado hermano que tenía, se quedaba en casa con mis padres y vigilaba que no llegáramos a las manos, como si yo fuera un hombre violento capaz de pegar a mi padre o a mi madre. La pareja no pudo aguantar el deshonor que suponía tener a un hijo en tan mala postura social.

          Por una casualidad de la vida mientras eso pasaba aquel bloque de pisos que tenía mi abuela paterna Rosario y que un piso estaba estipulado que sería para mí, se desalquiló al completo. El Pajarraco llevaba unos meses con negociaciones con una inmobiliaria para que construyeran pisos en el espacio que ocupaba su fábrica, la compra fue muy rápida, el solar era aun de mi abuela pero mi padre puso el dinero en una cuenta conjunta con su madre sin la posibilidad que mi tío y hermano del Pajarraco pudiera tocar nada de esa gran cantidad monetaria. Rosario tenía un buen patrimonio con unos buenos rendimientos, aquella venta no le hizo cambiar su ritmo de vida y seguía viviendo como antes. Al cabo de dos años de mi marcha aquel loco anciano (papá) que tenía que trabajar en su empresa hasta los noventa años había decidido vender el negocio y a los sesenta años empezó a vivir de renta, con ello demostró que además de un Pajarraco era un pobre hombre.

          El apartamento que estaba estipulado para mi tenía que reformarse al completo, días después de marchar los inquilinos los ratones aun circulaban por su interior a sus anchas. Fui a visitarlo con mis suegros  y aquello parecía una pocilga, el suelo se movía temblando, había roedores paseando por las habitaciones ante nuestra presencia y el jardín daba asco, parecía imposible que aquello se pudiera rehabilitar, además todo olía a humo, en la cocina se podía ver donde había la nevera porque detrás estaba negro como el carbón y nunca le habían pasado la fregona, parecía imposible que alguien pagara por aquel alquiler, era de aquellos sitios que cuando entran periodistas hablan de condiciones de vida infrahumanas. Mis padres nos propusieron a Anabel y a mí que pagáramos las obras de nuestro piso con un préstamo personal que ellos abalarían, pero que nosotros no podríamos ser propietarios hasta que mi abuela falleciera. Para mi eran unas condiciones muy duras pero hasta cierto punto aceptables, pero para Anabel era del todo imposible que se tuviera que hipotecar la vida para una propiedad que sería de la madre de sus suegros. Nos negamos ante esa posibilidad del todo y ellos se enfadaron mucho, después de muchas discusiones arreglaron el piso alegando que ellos habían pagado en exclusividad las obras, cuando tanto Anabel como yo sabíamos que se había sacado el dinero de la venta de la fábrica, eso fue algo imposible de aceptar por su parte.

          A pesar de tantas discusiones el chantaje emocional por parte de los pajarracos era una constante y siempre era yo quien fallaba en todo, la posibilidad que tuviera un síndrome no entraba en sus cabezas y además por aquel entonces aun no sabíamos que yo lo tenía. Mamá me llamaba sollozando, alegando que yo era un mal hijo y con grandes desesperos. Cuando la Pájara me enseñó el departamento de Matadepera yo le dije:

          ¿Tantas peleas para llegar a eso? ¿No nos podríamos haber ahorrado muchos disgustos?

          Anabel que después de unos años he descubierto que era tan mala como la Pájara, hizo que mis padres firmaran un documento por el que nosotros iríamos a vivir a aquel piso a cambio que cuando la abuela Rosario muriera el apartamento se pondría a mi nombre. Después de muchas disputas, el Pajarraco firmó tal documento. Podríamos pensar que estaban contentos, pero todo se trataba de una artimaña, no reían, ni nos invitaron a un gran restaurante para celebrar aquel acontecimiento de la nueva casa. Ellos habían perdido, nosotros ganado, aquello era muy grave y difícilmente aceptable. Yo no me sentía vencedor de nada, sino todo lo contrario, había perdido discusiones, disgustos, noches sin dormir, peleas y sobre todo mucha desconfianza. Todo aquel desgaste no había llevado nada bueno, mi padre solo vino una sola vez a visitarme a mi nueva casa, el desgraciado se sorprendió al ver un bufet que le pareció nuevo, le recordé que también lo tenía en la chabola que vivía anteriormente, él no se había percatado porque en aquel entorno viejo todo se veía igual.

          Carlos después de unos años de soltería y desespero encontró a una chica para casarse, a mi ni me la presentó y ni mucho menos a Anabel, después de casi un par de años de salir juntos nos invitaron a la boda porque yo le pedí que lo hiciera. Anabel estaba tan molesta con la invitación al no conocer a la nueva mujer de mi hermano, que no quiso ir hasta aquel pueblo a más de trescientos kilómetros de nuestra casa donde celebraban la boda, alegando que una indigestión había impedido que pudiéramos asistir al enlace. Carlos se enfadó mucho conmigo, él era el protector de mis padres, aquella situación desesperó de mala manera a la Pájara y el Pajarraco, los dos estaban tan enojados que me llamó mi hermano por teléfono para decirme esto:

          – Si no mejora la situación que tienes con los papás, no sé hasta dónde soy capaz de llegar

          Yo lo entendí como una amenaza de muerte.

          Carlos acabó dejando embarazada a su segunda esposa y Anabel no había manera que quedara, estábamos convencidos que había algún problema de infertilidad. Como por naturaleza los hombres somos los que lo tenemos más fácil para este tipo de pruebas, yo me las hice primero, fue aquí que me diagnosticaron que tenía el síndrome 47XYY, no siendo totalmente infértil porque había un diez por ciento de todas las gotitas de esperma que se movían a velocidad normal, mientras que un noventa por ciento iban sobre cargadas por un cromosoma de más, con tratamiento in vitro seguro que dejaría embarazada a mi mujer.

          Posteriormente he visto que el problema de mi pareja para tener hijos no era exclusivamente de mi infertilidad. Anabel era una chica muy delgada que según ella comía todo lo que le ponían en el plato, en realidad se trataba de una mujer obsesionada por su peso que lo quería conservar a costa de lo que fuera, su metro sesenta y siete centímetros de altura y su peso de cuarenta y seis kilos denotaban a una mujer que no estaba en su peso ideal. Cuando la conocí en su armario prácticamente no tenía ropa y siempre vestía igual, era un poco como yo, pero al menos en mi caso cada año me compraba algunos pantalones y alguna camisa, no dejando que la ropa envejeciera, ella todo lo que tenía era de años atrás y de muy atrás. La debía presentar a mis padres, aristócratas sin título y ella sin ninguna pieza a la altura de la situación. Fue como una obsesión, algo normal en mi manera de ser, obsesivo-compulsivo, encontrar ropa adecuada para ella, necesitaba que aquella figura con cuerpo de modelo vistiera con la elegancia que yo necesitaba, si hubiera sido un chico completamente heterosexual, seguro que no habría dado tanta importancia a la forma de vestir de mi pareja, pero mi sensibilidad me obligaba a encontrar la ropa más adecuada para la que tendría que ser mi esposa.

          Ahora veo que Anabel también tenía que tomarse las mismas pastillas que yo, porque sus obsesiones llegaban a puntos totalmente insospechados. Se empezó a obsesionar con la ropa, con los zapatos, con los abrigos, con los bolsos, con las joyas, con los relojes y con todo. Pero su principal obsesión fueron mis padres, era una especie de celos reprimidos mezclado con rabia, odio, menosprecio y complejo de inferioridad. Siempre que salíamos fuera preguntaba a desconocidos del mismo barrio que sus padres si conocían su apellido, como si se tratara de alguien muy importante. Su abuelo hizo una pequeña fortuna que su padre dilapidó hasta no quedar nada que repartir y al parecer todo el mundo tenía que conocer a su familia, en cambio la mía sí que realmente era conocida. Yo esto ya lo había visto desde pequeño, todo el mundo sabía quién era el padre de la Pájara, el mismo que al parecer estafó al abuelo de Anabel con una venta fraudulenta. Sabadell es una ciudad pequeña y mi apellido escrito en letras grandes en un gran establecimiento de electrodomésticos del centro pronto acaba siendo muy conocido.

          Ciertamente era más obsesiva que yo y se pasaba el día criticando a mi familia, si mi madre vestía así, si su reloj era de tal marca, si no ayudaba a su hijo, todo eran maldades y no es que no fueran verdades si no que al final se convirtió en algo tan real que parloteaba de ello con cualquier desconocido, convirtiéndose en monotemática. Amigos ya prácticamente no teníamos, los que había podido conservar no nos invitaban a sus fiestas porque Anabel monopolizaba las conversaciones en críticas severas a mi familia. Cuando la conocí además de decirle que había tenido relaciones continuadas con personas de mi mismo sexo, le advertí que mis padres eran malas personas y que vigilara. Pero ella se precipitó contra el avispero encontrándose a individuos peores, esperaba que conmigo se reformaran, pero iban un paso por delante y siempre que se nos ocurría algo, ellos ya lo habían previsto con antelación.

          El trabajo que yo realizaba por cuenta propia no acababa de funcionar por eso me busqué un empleo estable en una empresa a media hora en moto de mi casa y con un sueldo ridículo, prácticamente no hablaba y de esa manera los jefes me tenían un cierto aprecio, incluso me invitaban a ferias internacionales y aunque no aumentara el sueldo tenía un puesto de trabajo estable. Con el sueldo de Anabel y el mío no llegábamos a fin de mes, aquella necesidad de comprar prendas de vestir para ella, ya era una obsesión y no se conformaba con ropa bonita y barata, necesitaba más. Zapatos italianos, marcas de Paris, abrigos de pieles y joyas con diamantes, mi sueldo no daba para tanto por eso pensamos que lo mejor sería montar nuestro propio negocio. Ya llevaba casi un año trabajando en aquella empresa, los propietarios tenían que renovarme el contrato y yo un miedo atroz a que me echaran tal y como hicieron en la empresa anterior. No sé si hubiera podido soportar una segunda humillación. Aunque ahora ya supiera que tenía un síndrome, nadie me había dicho que tenía un 37% de discapacidad, eso las empresas tampoco lo sabían y si lo hubieran sabido quizás no me hubieran contratado por muchos beneficios fiscales que eso les hubiera acarreado. Yo seguía desplazándome en un ciclomotor, mis padres estaban enfadados porque debía comprarme un coche, pero ellos que en aquel momento disponían de tres vehículos en sus cocheras eran incapaces de dejarme uno y ni mucho menos comprarme uno de nuevo.

          Encontramos un localito en una calle muy céntrica de Barcelona, quedaba a dos pasos de grandes zonas turísticas, propusimos una tienda de moda a mis padres, pero ellos lo vieron como un disparate y nos sacaron la idea de la cabeza. Anabel cada vez estaba más desesperada, además los fines de semana siempre teníamos que terminar comiendo en un restaurante de lujo porque las hamburgueserías de estas americanas no ofrecían nada saludable, como si ella tuviera problemas de obesidad. Me vendió que su colesterol subía mucho y era algo que tenía que controlar, ella nunca preparaba el almuerzo, ni la cena, esto era algo que le hacía yo, pero era un secreto que no se podía contar, nadie debía saber que era yo quien cocinaba, ella de vez en cuanto preparaba una paella o algo de comer pero no superaban las veinte veces al año. Yo era su criado en la cocina, después ella lo recogía y lo metía en el lavaplatos, la cama también formaba parte de mis tareas de la casa, siendo yo el encargado de realizarla como si se tratara de un hotel. Anabel tenía que comprobar que todo estuviera en perfecto estado, todas las sábanas llevaban sus iniciales teniendo quedar en perfecta colocación de manera que si deshaciendo la cama las iniciales quedaban giradas, me deshacía la cama por completo para que yo la volviera a realizar, en los diez años que estuvimos casados si no lo hizo cien veces no lo hizo ninguna vez, se ponía de los nervios con pequeñeces como esas, en cambio el orden no era algo importante. Para mí nunca lo fue y que mejor que tener dos desordenados juntos, era un poco caótico todo, pero eso tampoco se podía decir, ya nunca invitábamos a nadie porque los papeles se nos comían. Poco antes de separarnos me pasaba una hora diaria ordenando su desorden, como si yo no tuviera nada más que hacer.

          Además por mi manera de ser según ella mis amigos se burlaban de mí, todo el mundo se mofaba, no había nadie adecuado ante mi presencia. Era una manera de ir siempre solos, si nos encontrábamos con alguien y sin querer yo contaba que las cenas las hacía yo, ya la teníamos armada, ella se enojaba mucho y ya no quería ver a nadie. Acabé sustituyendo los malos tratos de mi madre por los de Anabel, ella jugaba al mismo juego, siempre intentar el chantaje emocional, además solo ella sabía lo de mi homosexualidad y todo era un secreto para sus padres.

          Antes que me echaran de aquella segunda empresa, pedí que no me renovaran el contrato para poder cobrar el paro un par de meses, ya que el Pajarraco me tuvo trabajando casi cinco años en su empresa con un sueldo mísero sin estar asegurado, así además de no cobrar paga doble, mis años de cotización eran muy pocos. Llevaba casi nueve años trabajando en empresas y tan solo tenía tres de años de cotización. Re-hipotecamos el apartamento de Vielha en el Pirineo y montamos una empresa de importación de productos químicos ya manufacturados en la India. De esta manera gracias a la firma de Anabel empezamos a pedir dinero al banco, ella se dedicaba a los números tal y como hacía en su empresa y yo era el diseñador, confeccionista y vendedor de los productos en comercios por todo el país.

          Esto hizo que por primera vez gracias con los préstamos pudiéramos tocar dinero de verdad, ella parecía loca comprándose ropa y zapatos. Siempre con la misma estrategia, mientras yo dormía me hinchaba la cabeza en la necesidad de unos zapatos italianos de una firma y yo me levantaba como un robot contando que Anabel necesitaba unos zapatos nuevos para combinar con los pantalones italianos que compramos la otra vez, ella respondía que no necesitaba nada y nos íbamos al centro de Barcelona a pasear, normalmente por el Passeig de Gràcia delante de las grandes boutiques, yo con mi ojo clínico veía lo que necesitaba y entrábamos en la tienda para probar, pagábamos con la tarjeta de crédito algo muy por encima de nuestras posibilidades. Mientras cenábamos en un restaurante de lujo empezaba la discusión y la pelea de que aquello no nos lo podíamos permitir y que lo habíamos comprado por mí, ella la pobre se había sentido obligada y hasta que no llegábamos a casa no paraba la bronca, a veces se pasaba una hora repitiendo lo mismo. Lo más curioso de todo es que si la compra hubiera sido para mí se podría entender, pero no, todo se compraba para ella.

          Por cada pantalón que yo me compraba, ella adquiría doce, por cada camisa, ella quince y por cada par de zapatos, ella veinte. Su armario estaba tan repleto de ropa que no se podía ni cerrar, cuando comprábamos algo barato en una tienda humilde, casualmente se descoloría demostrando que las cosas económicas eran de poca calidad y que no merecía la pena, estoy convencido que los lavaba con lejía para demostrar que no merecía la pena. Por supuesto que con la comida también pasaba lo mismo y si un pollo no procedía de la carnicería tal, seguro que sería malo, todo tenía que ser de primerísima marca incluso el coche que teníamos me lo hizo cambiar por uno de lujo, no podíamos ni pagar un hotel durante las vacaciones, pero vestidos parecíamos de la alta sociedad.

          Aún recuerdo el primer día que la conocí, era en Sabadell, una ciudad muy próxima a El Misal, aquel primer fin de semana que salía sin mi primo Raúl, yo iba disfrazado con un casco de vikingo saludando a todas las chicas de la discoteca, aquellos cuernos resaltaban mucho aquel medio disfraz que llevaba, era la coincidencia de la noche del 13 de febrero con carnaval, un sábado. Por una casualidad de la vida mis padres cuando viajaron a Noruega me trajeron aquel casco de grandes dimensiones, una imitación de los guerreros de aquellas tierras en los siglos pasados, mi ropa era la de cualquier sábado por la noche, pero la coincidencia de una película norteamericana sobre vikingos hizo de aquel casco algo muy original. Ella estaba allí, me giré y la vi, una especie de flechazo, yo dije:

          – ¡Soy Eulf el vikingo!

          Y ella se echó a reír, ya era medianoche, por tanto 14 de febrero y día de los enamorados, de allí la seguí hasta otra discoteca hasta conseguir su número de teléfono, me lo apunté en la memoria antes de despedirnos. Al cabo de un par de días la llamé, no estaba, era miércoles, pensé que me había dado un número equivocado, el jueves insistí y la encontré. Quedamos para el sábado para ir a cenar, la llevé a una bocadillería muy conocida de Barcelona, ella me gustaba, coincidíamos en muchas cosas, era simpática y parecía buena persona. Fue en esa primera cita que le hable de mis relaciones homosexuales y del hecho que no lo tenía muy claro, acabamos andando por la playa, todo muy romántico y como si todo fuera maravilloso ya le hablé de que no sabía cómo lo haríamos con mis padres para que aceptaran nuestra boda, ella me contó que estaba separada desde hacía tres semanas, nos contamos muchas cosas aquella primera noche, todo fue perfecto.

          Ahora que lo pienso, veo que la mujer enseguida me vio el plumero y no me refiero a las plumas por ser homosexual si no porque descubrió a un hombre desesperado por librarse de sus padres, una familia de alta alcurnia, una manera de poder acceder a todo aquello que había despilfarrado su padre. Anabel que parecía una pluma, era una mariposa asesina, dispuesta a todo por tal de salir de su agujero y vio en mí la oportunidad. Como no era tonta, la aprovechó hasta el final, me engatusó en un amor hacia mí que era del todo imposible porque ella sabía perfectamente que la homosexualidad no es algo que se puede curar, ya que no se trata de ninguna enfermedad.

          Anabel trabajaba en una empresa textil de Terrassa, ella vivía en Sabadell en una casa que había pertenecido a su abuela, les pagaba un pequeño alquiler a sus padres. En esa empresa tuvo un lio con su jefe que acabó en la cama, ella nunca me lo contó todo, pero eso es lo que acabé deduciendo por lo que contaba, ya que incluso sabía el tamaño real de la entrepierna de este señor, esa aventura acabó con el corto matrimonio de Anabel, un tal Héctor ya su ex marido. El jefe estaba casado, vivía con su mujer y sus tres hijos en Matadepera un pueblo residencial lleno de casas de empresarios y que era el mismo pueblo que mi abuela tenía la casa que yo acabaría viviendo. Todo un grupo de casualidades que ella no podía desaprovechar, su plan era empezar a salir conmigo para dar celos a quien ella realmente buscaba. Juan que era como se llamaba susodicho sujeto que cuando vio el plan de Anabel, no le quiso seguir el juego y ella se quedó atrapada trabajando con el amor de su vida y saliendo con un hombre que no tenía muy claro sus tendencias sexuales.

          Los padres de Anabel estaban arruinados, ella quería volver a resurgir de las cenizas, necesitaba la posición perdida y yo le podía proporcionar todo lo que una mujer ambiciosa y sin escrúpulos podía llegar a querer. Mi vida en casa de mis padres era del todo insoportable, necesitaba salir a toda prisa, por eso propuse a Anabel ir a vivir juntos, compartiéndolo todo en casa de su abuela. La vivienda estaba situada en una esquina donde por la mañana los camiones de basuras hacían todo tipo de maniobras, al ser unos bajos el ruido era insoportable y a las seis de la mañana ya no podías dormir. Mi padre me subió el sueldo a lo que él consideró suficiente, muy parecido al sueldo mínimo interprofesional, algo irrisorio. Por eso en seguida que pude me busqué otro trabajo, Ana me apoyó para que realizara tal paso y el sueldo que tenía doblaba al que me ofrecía mi padre, estando asegurado con lo que eso te aventajaba a la hora de ir a un banco, por primera vez en mi vida tuve una tarjeta de crédito, algo que nunca había tenido antes, encontramos una casita muy sencilla para vivir que para ser el principio ya tendríamos suficiente para vivir. Ana vino a la maravillosa boda de mi hermano Carlos la primera vez que se casó, ella se puso en una segunda línea para no salir casi en las fotos y así pasó muy desapercibida.

          Cuando llevábamos muy poco viviendo juntos, estuve a punto de romper la relación por mis inseguridades ante una mujer, yo no lo tenía nada claro, fue entonces que ella me propuso acabar con el doctor Fernández, un psiquiatra que le había dado su ginecólogo, el mismo médico que años atrás había operado a su abuela de un tumor en sus partes íntimas. Mis padres aceptaron a pagar las visitas a este psiquiatra, el mismo que me insistía que no dijera nada de mis relaciones extraconyugales con otros hombres, durante este proceso como si fuera algo que se me había ocurrido de manera fortuita, propuse a mi novia en matrimonio y a los nueve meses de conocernos nos casábamos por lo civil en Gallifa, el ayuntamiento del municipio más pequeño de la provincia de Barcelona. Anabel era muy perspicaz y capaz de obligarme a hacer cosas que creía que eran ideas mías, el Pajarraco estaba tan enfadado que llegó casi una hora tarde al convite, pero la ya mi mujer consiguió su propósito.

          Anabel necesitaba vengarse ante su empresa y su jefe encontrando a un hombre más joven, con una gran fortuna, por eso empezó a llorar de manera simbólica por el hecho que no tenía ropa, además quería ir a vivir junto a su amado y la propiedad que le ofrecía mi familia no quedaba muy lejos de la mansión de su jefe Juan.

          Monte-Colina era una empresa textil de las más importantes de la zona y Juan Monte que era uno de los hijos propietarios tenía una vida de millonario, por tanto conseguir por parte de Anabel una posición de casi su misma altura era todo lo que podía desear y la ropa puede llegar a confundir hasta el más incrédulo de todos. Mis padres eran medio propietarios de MIPESA y mis apellidos eran de los que abren puertas.

          La Pájara no quería de ninguna de las maneras que yo fuera a vivir allí, mis padres tenían un piso en Terrassa y sus intenciones ocultas eran terminar en Matadepera su vejez, incluso mi padre antes de conocer a Anabel me había propuesto que le hubiera gustado que yo ocupara uno de los dos pisos que hay en la finca y ellos que ocuparían el otro y no era algo tan descabellado porque sus mejores amigos ya vivían allí todo el año. Mi mujer se encaprichó locamente en conseguir aquella propiedad, obsesionándose al máximo y no solo quería uno de los dos pisos si no todo el edificio, creía que mis padres caerían a sus pies ya que ella me había sacado del camino de la perdición homosexual. Se sentía la salvadora como si mis padres le debieran algo por lo que ella había hecho, pero aquella pareja no estaba dispuesta a dar nada a su segundo hijo. Anabel no lo sabía pero yo no era agua clara, aquello que me pasó hace muchos años hizo que cambiara su manera de ser, su carácter y por eso ahora se relacionaba con hombres y mujeres. Carlos, mi hermano era distinto, él no cayó en mi misma situación, era demasiado mayor y aquella suciedad no existía en su rostro.

          Pasaron casi dos años de disputas para que mis padres me ofrecieran aquel piso con patio con sus condiciones, Anabel nunca les perdonó que ella no pudiera escoger ni una sola baldosa del departamento que acabaría viviendo, todo fue diseñado por la Pájara, al menos al ser una pija de nacimiento tuvo un gusto suficientemente bueno para que todo estuviera bastante bien, sin colores estridentes y con una cocina sencilla pero agradable y unos baños que parecían de lujo. Solo cambiamos el color de la pared del pasillo que al ser blanca y tan largo parecía el de un hospital. La grava del jardín la cubrimos con césped, las paredes con hiedras de hoja caduca de aquellas que en otoño quedan rojas y acaban cayendo, a un lado teníamos un gallinero con un par de gallinas y un pollo que daba más la sensación de estar en un pueblo.

          Por fin habíamos conseguido lo que muchos tardan toda una vida, un apartamento en el Valle de Arán que nos compramos con el dinero sobrante de la boda, un chollo sin precedentes y un piso tipo casa con jardín en una de las zonas más prestigiosas del país. Pero a pesar de ello, Anabel no era feliz, ella quería más añorando todas las propiedades de mis padres, sus vacaciones y su mundo. Yo en cambio con una pareja normal hubiera sido el hombre más feliz del mundo. Las ambiciones de Anabel llegaban hasta lo más alto y nunca tenía suficiente.

Capítulo 3

          Después de trabajar un año entero en aquella segunda empresa, me volví a quedar sin trabajo tras pedir que no me renovaran el contrato, en este caso yo había salido indemne. Anabel quería que aprovechara mis estudios universitarios y mis conocimientos en colorimetría para importar complementos para la pintura desde la India, todo fue la casualidad que mientras buscaba otro empleo una empresa me informó de este chollo empresarial, los costes eran muy bajos y los beneficios altísimos, además la competencia escasa. Quien me dio esa información quería que yo trabajara para él comercializando sus productos en empresas y comercios del sector.

          Tras unos números realizados en un plan de empresa, pedimos un préstamo inicial avalando con el apartamento y el sueldo de Anabel, nuestra intención era hacer lo mismo que aquel empresario que ya llevaba años realizando. Mediante internet me puse en contacto con proveedores de Nueva Delhi, no tenía intención de moverme de aquella ciudad. Quería hablar con los proveedores para que me ofrecieran sus catálogos y yo llevar sus representaciones en mi país aplicando un nombre nuevo de empresa. Las importaciones serían en barco y aunque el peso era elevado, el bajo coste hacía que fuera un negocio seguro y redondo.

          Con esta nueva empresa pasamos de tener unos sueldos míseros a dinero en cantidad que nos prestaba el banco para poder realizar las transacciones, para Anabel fue como si nos hubiera tocado la lotería, nunca habíamos tenido tanto dinero en nuestras cuentas. Observándolo con una cierta distancia, veo que ella era quien movía los hilos de nuestra relación, siempre usaba la misma estrategia, mientras yo dormía me contaba sus planes de futuro, así bajito a la oreja en la cama de manera que cuando me levantaba como si se tratara de un robot, acababa haciendo todo lo que ella quería.

          Los viajes a la India los realizábamos lo dos a excepción de uno que lo hice yo solo, ella se pedía unos días de vacaciones o simplemente coincidía con unos días de enfermedad. Teníamos que ir a hoteles de súper lujo para demostrar a nuestros proveedores que éramos suficientemente solventes, incluso nos encontrábamos actores de cine famosos que estaban rodando películas en aquel país. Alquilábamos un chofer para todos los días y mientras no estábamos comercializando, vivíamos de ricos en aquel país. Parecía que fuéramos de la alta sociedad, Ana vestía impecable y los dos dábamos la sensación de grandes empresarios.

          Nuestro país llevaba ya años de un gran boom económico, todo iba a lo grande, pero nosotros montamos la empresa cuando empezaba a entre verse que las cosas ya no iban tan bien, las perspectivas futuras eran que vivíamos en una burbuja inmobiliaria, pero los bancos seguían dando préstamos como si no pasara nada, era una sensación que tras el primer año de negocio empecé a ver que la cosa no iba muy bien. A pesar de ello Anabel cada vez quería ropa más cara, prendas de grandes diseñadores y daba la sensación que estuviéramos un poco locos. Para comer y vestir había dinero de sobras, pero para el resto todo era muy justito, como no llegábamos a fin de mes a Anabel se le ocurrió pedir una línea de crédito al banco de muchos miles de euros, yo esto lo desconocía del todo y solo firmaba lo que me pedía. Estaba de autónomo y ella seguía trabajando en la empresa de Juan Colina, según ella no había nada pero cuando hablaba de su jefe los ojos se le iluminaban y parecía que flotara en el espacio. Casi todos los fines de semana íbamos a esquiar al apartamento que teníamos en Vielha, a menudo no comíamos en casa ya que aprovechábamos para ir a restaurantes de lujo de la zona, ella no sabía esquiar, por eso tuvo que hacer varios cursillos para aprender y mejorar, allí conocía a chicas de la alta sociedad, por eso su equipo lo tuvimos que cambiar un par de veces para que se acercara más a su nuevo rol, yo en cambio llevaba los mismos pantalones que me había comprado hacía más de diez años y una chamarra que encontré en unas súper rebajas, los esquíes eran lo más exclusivo que yo tenía.

          Anabel era una chica muy friolera, por eso necesitaba un equipo de primera con colores vistosos para que se la viera desde lejos, siempre adquirido en los mejores establecimientos de la zona. Nuestro apartamento lo fuimos reformando hasta conseguir que pareciera de lujo, la chimenea lo calentaba sobradamente hasta el punto de ir en manga corta cuando la temperatura exterior no superaba los diez grados bajo cero. Cuando íbamos al supermercado el cerdo era una carne prohibida para ella, ya que llevaba demasiado colesterol pudiendo comer solo carne de ternera, los huevos estaban prohibidos en nuestra dieta, yogures de primeras marcas, nunca nada de marca blanca, chocolates los mejores, leches de calidad, aceite puro de oliva comprado en el mejor molino de la zona, vinos siempre de marca, incluso los productos de la casa tenían que ser los mejores.

          La limpieza no es que fuera su mejor baza, según ella era muy limpia, mi suegra de joven tenía una sirvienta todos los días de la semana y su hija recordaba aquello como los tiempos más felices de su vida. Nosotros con ese gasto desmesurado no podíamos pagar una criada y ella se encargaba de eso, lo hacía cuando quería y a veces nos pasábamos un mes entero sin realizar las tareas, donde se dedicaba más tiempo era en los baños y la cocina el resto de la casa estaba lleno de polvo y sin fregar.

          La lavadora era de su propiedad y ella era la única que la podía usar, a veces quedaban camisas en el fondo del cubo de la ropa sucia de un verano para otro porque ella no había tenido la delicadeza de vaciarlo, siempre se trataba de camisas mías y cosas que no eran de su gusto, en lo que se refiere a la ropa estaba totalmente prohibido que yo hiciera algo, si quería podía planchar, pero eso era algo propio de ella. La ropa ya limpia se amontonaba encima de la cama de invitados porque ella no tenía nunca tiempo de plegarla. Si una pieza de vestir tenía una mancha lo marcaba con hilo y aguja para que después pudiera aplicar la pastilla de jabón de coco que ella tenía previsto para esos casos. Igualmente a menudo llevábamos ropa a la tintorería para sacar manchas que para ella hubieran sido imposibles, su armario como el mío era un desorden total pero ella se vanagloriaba de su extremo orden, culpándome siempre a mí de tal desgracia.

          Me quería como a un robot a su lado asintiendo todo lo que decía, cuando íbamos por la calle, ella ya se paraba a hablar con todo el mundo de lo difícil que era su relación conmigo:

          -Víctor es un hombre tan especial y cuesta tanto vivir con él, yo es que soy una santa porque tener que aguantar sus berrinches eso no lo aguantaría nadie, además me discute las cosas y siempre quiere tener la razón de todo como si no viera la realidad.

          Después en media conversación me acariciaba la cara y decía:

          -Él no es malo, pero es que no entiende las cosas, como un niño pequeño que necesita en todo momento que le digan cómo tratar a las personas.

          Al rato de hablar sobre mi y su eterna paciencia, continuaba:

          -¿Y sus padres? Son malas personas, ellos querían que nosotros pagáramos la casa que sería de la abuela y yo no pude escoger ni una baldosa, es que son mala gente. Su mamá no le quiere y solo le regaña por todo lo que hace, con lo bueno que es. ¿Y su padre? Vaya hombre que le tuvo en la empresa trabajando cinco años sin estar asegurado (…).

          Y a partir de aquí se extendía el tiempo que fuera necesario, a ella le daba igual que la gente conociera o no a mi familia, porque poco después ya salía mi hermano Carlos, mis abuelos y la inmensa fortuna que habían acumulado. Siempre acababa con,

          -Es que yo (…) y yo (…) y además yo (…)

          Ella siempre era la víctima de todas sus desgracias, nunca siendo culpable de nada de lo que le pasaba. Yo siempre he sido buenazo y le dejaba que contara todas aquellas tonterías a cualquier persona, todo el mundo quedaba escandalizado y de vez en cuanto les llegaban algunas noticias a mis padres que se enfadaban más de lo que ya lo estaba antes. Algunos domingos podíamos ir a almorzar, pero Anabel no quería ir por nada del mundo y nos pasábamos muchos fines de semana fuera de temporada de esquí con sus hermanos o sus padres, que a veces también se peleaban con nosotros. Incluso hubo una Navidad que mi suegro estuvo a punto pegar a su hija por lo mal como los trataba, yo en esa ocasión la defendí y me echaron de aquella casa con una botella de vino en la mano.

          Una familia de escandalosos, no eran mala gente pero Anabel siempre se enfadaba con ellos por cualquier cosa. Además estaba la política, otro de sus grandes temas de conversación, hablaba imponiendo, necesitaba que todo el mundo pensara como ella y si no era así la discusión ya estaba servida. Conmigo todo es más sencillo, también me encanta la política, pero si alguien no comulga con mis ideas intento cambiar de tema para no pelearme. Una vez una amiga de Anabel dijo:

          – De razón solo hay una y es la mía.

          Creo que en las discusiones pasa esto y para no pelearse lo mejor es acabar con esa frase, dando a entender que es muy difícil ponerse de acuerdo y a veces lo mejor es cambiar de tema para no discutir.

          La hermana de mi suegro vivía delante de él en un piso, era una mujer que estaba completamente loca, ya de joven le dieron la discapacidad total con pensión vitalicia por problemas mentales, nunca había estado encerrada en un hospicio pero por la calle era de aquellas personas que a veces se escondían de ti y otras te escupían, las misas no se las perdía nunca, se desplazaba con un carro de la compra a cualquier hora del día y lo usaba como caminador, dentro tenía un cojín que usaba para sentarse. La escoliosis de la espalda que tenía la hacía ir jorobada tras una operación que salió mal, según decían era pianista pero esa espalda tan torcida que tenía le impedía tocar, por lo que parecía componía para ganarse algún dinero extra. Mi suegra no la podía ni ver, parecían una par de gatas enfrentadas por un hermano y marido que las dos consideraban de su propiedad. Para solucionar los problemas de dolor de la espalda, la mujer tenía un aparato instalado en casa que iba con una polea y hacía un ruido estridente, los vecinos se quejaban día sí, día también.

          A la tía de Anabel todo le daba igual, siempre vestía de blanco inmaculado sin verle nunca una sola mancha en la ropa, no era una mujer elegante, se llamaba Eneida, el mismo nombre que tenía la abuela de Anabel, una mujer que según decían era muy señora. No tengo nada que decir de su familia ya que casi siempre me trataron con respeto hasta aquella pelea de Navidad, pero el tiempo lo curó y al cabo de unos meses ya nadie se acordaba.

          Anabel al vivir en Matadepera en una especie de casa, con un apartamento en el Valle de Arán y un negocio montado era la hermana que despuntaba más, los demás querían estar a la altura pero no llegaban, su hermano estaba casado con una mujer que se ganaba tremendamente bien la vida y desde que se casaron se cambiaron cuatro veces de casa, para acabar en una vivienda unifamiliar con muchos metros cuadrados a sesenta kilómetros de Barcelona, relativamente bien comunicada por unos ferrocarriles que siempre tenían problemas mecánicos. La estación quedaba a unos kilómetros de su municipio, pero después tenía unas cocheras muy grandes para dejar los vehículos todo el día. A mi aquella casa me gustaba hasta cierto punto y no me disgustaba la situación sino que los casi tres cientos metros cuadrados estaban repartidos en cuatro plantas, por la fortuna que costó, yo sin ascensor no me meto allí. Prefiero una casa mucho más pequeña y como mucho en dos plantas, si puede ser en una como la mía. A pesar de tanta casa tenían un jardín pequeño, pero al ser esquinero daba la sensación de mucho espacio.

          La hermana de Anabel, Teresa, vivía en Sabadell en un barrio que quedaba muy lejos de la casa de sus padres, a mi el sitio no me gustaba, pero el piso estaba bien distribuido y la zona era tranquila. Los fines de semana los pasaban en una casa que alquilaban a sus suegros en un pueblo de montaña, con veranos caluros e inviernos muy fríos, sus hijas se movían por allí como en su casa, pocos coches y muchos niños de su misma edad, el sitio ideal para pasar la infancia.

          Al principio no queríamos tener hijos, éramos jóvenes y deseábamos una vida tranquila, pero a medida que los años pasaban eso se fue convirtiendo en una necesidad y Anabel no había manera que quedara embarazada. Fue cuando me analizaron a mí que vieron que mi esperma iba demasiado lento por culpa del síndrome, ningún médico fue capaz de afirmar que yo fuera totalmente estéril e imposible que dejara embarazada a Anabel de manera natural. Mi esposa con sus obsesiones ya no era normal y menos casándose con un hombre que sabía perfectamente que era homosexual. En eso de los críos no era menos, calculaba los días más buenos para quedarse embarazada, se situaba en posiciones del todo inverosímiles para que el esperma llegara a sus ovarios e insistía lo que podía para que tuviéramos muchas relaciones sexuales, incluso en un par de ocasiones nos salió en las pruebas de embarazo de farmacia que se había quedado, después tenía una regla muy copiosa y en cierta manera parecía que el crio no se hubiera engendrado. Este tipo de reglas las empezó a tener en varias ocasiones, Anabel controlaba los días, según ella era muy exacta y yo no le daba importancia.

          Ahora veo que la mujer cuando creía que estaba embarazada se tomaba una buena dosis de pastillas anticonceptivas, así todo bajaba dejando su vientre plano y libre de posibles embarazos. A pesar de ello la Seguridad Social nos propuso un tratamiento de fertilidad que las costas irían totalmente a cargo de ellos, estuvimos los dos de acuerdo en seguir el plan que nos dijeran, el doctor que lo haría era el mejor de su especialidad y la posibilidades de embarazo eran altísimas. A pesar de ello, Anabel quería el consejo de otros especialistas, todos acababan con lo mismo, un fuerte tratamiento hormonal para que ella ovulara más de la cuenta y después de congelar algunos de sus óvulos, escogerían el más apropiado para inseminarlo artificialmente. Ella empezó a obsesionarse que esto del tratamiento hormonal que debía seguir no era bueno para la salud, para acabar declinando esa oferta. Ahora en las conversaciones con desconocidos después de criticar mi manera de ser y destruir la poca credibilidad que tenían mis padres, se pasaba el día hablando de los problemas que pueden generar los tratamientos artificiales para quedarse embarazada y las posibles secuelas en un futuro no muy lejano.

          Ya llevo años separado de aquel monstruo, pero cuando me encuentro a conocidos de los dos y que además conocían a tía Eneida, todo el mundo coincide que Anabel es igual. Yo por aquel entonces al tener un síndrome que según Anabel me hacía parecer “imbécil”, no me daba cuenta de nada. Me sentía seguro al estar casado con alguien que dominaba mi vida, ella lo controlaba todo y permitía que pudiéramos discutir por chorradas durante horas, sobre todo el tiempo que volvíamos en coche desde el Pirineo, ella era más insistente que yo y no paraba hasta conseguir sus objetivos.

          El negocio que montamos juntos durante casi tres años tuvo beneficios para cubrir gastos, pero ella no se conformaba con unos zapatos y quería otros que combinaran con la falda de gran marca y posteriormente con el jersey, todo tenía que quedar perfecto. Durante ese tiempo ella consiguió que la echaran de la empresa de Juan Colina, se fue al sindicato alegando que él la perseguía y que se sentía muy presionada por la situación, yo estaba convencido de lo que me contaba era cierto, pero hará un par de años me encontré al contable de tal empresa y me contó que era ella la instigadora, la mala, que habían tenido tantos problemas para poder echar aquella mujer. Ella pedía mucho y ellos pagaron, ya teníamos estipulado que parte del dinero se usaría para comprarse un chaquetón de visón y un reloj joya, ella siempre me repetía que se estaba quedando del todo hipotecada por mi negocio, cada vez pedíamos más dinero al banco, pero ese desaparecía de manera abrumadora, era como si no pudiera ser el despilfarro que teníamos los dos como pareja, la empresa daba para vivir bien y a pesar de ello no llegábamos a fin de mes.

          Mi tío y hermano de mi padre murió de una enfermedad muy deprisa, Lucas tenía tres hijos, Vanesa, Romina y Raúl que era de mi misma edad, el mismo que estuvo controlando mi vida para que no encontrara pareja. Vanesa y Romina ya eran madres habiendo dado nietos a Lucas. Raúl llevaba un tiempo saliendo con una chica con cara de pez, a mi no me gustaba y por supuesto tampoco a Anabel. Mi mujer hizo todo lo posible para que me alejara de sus amigos, durante el entierro Raúl lloraba como un desconsolado, mientras que Romina que en vida había estado más unida a su padre que nadie se lo miraba con un cierto menosprecio, todo era bastante raro.

          Mi abuela paterna, Rosario, por aquel entonces aún estaba viva y la muerte de su segundo hijo fue un golpe demasiado fuerte, ella siempre había sido una mujer muy controladora, ayudaba en lo que podía a Lucas porque era un hombre débil que necesitaba de una madre para que lo ayudara económicamente, no era algo raro en mi familia porque la Pájara ya llevaba muchos años con las esplendidas ayudas de su madre. Pero Lucas tras ver montada la empresa parecida a la que le había montado su padre para el Pajarraco, no se vio capaz de continuar y mi abuelo perdió gran cantidad de dinero teniendo que malvender todo lo invertido. El pobre Lucas tuvo un tumor cerebral a los diecinueve años, que se operó y esto le acarreo muchas migrañas, cantidades desorbitadas de medicamentos y una vida con muchos cuidados, a pesar de ello se casó para tener tres hijos. El hermano del Pajarraco veía en mi algo parecido a su figura y siempre que podía aprovechaba para reírse de mi ante la parálisis de mi padre, él no me defendía, solo miraba como recibía insultos por parte de un hombre al que yo nunca le había hecho nada, evidentemente sabía algo que mis abuelos desconocían, se aprovechaba del éxito de mi padre para burlarse de su hijo más vulnerable, mientras que mi hermano quedaba indemne de cualquier vejación.

          Para mí la muerte de Lucas fue un descanso, ya no volvería a ver aquel ser despreciable que siempre que podía se burlaba de mi comparándome con su maravilloso hijo Raúl, de pequeño siempre nos ponía de lado para ver cuál era más alto, después para ver cual tenía más cabello, él al ser calvo le preocupaba mucho eso, yo le gané por poco en altura y por mucho en pelo en la cabeza.

          El entierro de aquel hombre coincidió con un mal momento de relaciones con mis padres, nosotros no nos habíamos presentado a la boda de mi hermano y el Pajarraco me miraba con cara de desprecio, delante de conocidos pase por delante suyo como si no lo conociera, él se enfadó en mayúscula y la Pájara al día siguiente me llamó como llorando por el desprecio que yo había tenido hacia ellos, siempre era culpa mía, que mi hermano no nos presentara a su mujer había sido porque mis padres habían presionado para que aquello llegara hasta aquel punto, todo mal entendidos, pero el malo solo era yo. Ellos me habían dado la casa que yo vivía, contando a todo el mundo que se habían descapitalizado para pagar las obras de la vivienda como si la venta de la fábrica no contara.  Era un momento de mucho enfado y engaños, yo tenía aquel documento que decía que si mi abuela moría, mi casa pasaría a mi propiedad, pero sin eso sería del todo imposible.

          Tras fallecer Lucas, se estipuló de manera verbal de como se repartiría su parte de herencia cuando mi abuela falleciera, Rosario ya tenía noventa y cinco años de edad y por muy bien de salud que estuviera nadie daba a entender que viviría mucho más. Mi tío en lecho de muerte comentó como le gustaría que quedara su herencia dejando a su mujer como usufructuaria, él tenía una enfermedad terminal y vio como se iba apagando, repartió lo que aun no era suyo entre sus hijos para cumplirse el usodefruto. Todo eso me lo contaron tras el fallecimiento, el pobre Lucas se había portado de perras con su mujer antes de morir, como si lo que dijera ella no tuviera ninguna importancia y más sabiendo que Silvia había heredado una gran fortuna por parte de su padre y suegro de Lucas.

          Poco después me comentó tía Silvia que nunca soñaba con su marido, aquello del usofruto fue un golpe muy bajo hacia una esposa con la que ya llevaba casi cincuenta años de matrimonio, yo les había visto peleándose en un vermut antes de un almuerzo por cosas sin sentido. Lucas contaba que habían ido a visitar la Alhambra de Granada y que un coche de color amarillo había aparcado tan cerca de ellos que un poco más y no pueden sacar su vehículo, Silvia que estaba escuchando añadió:

          -El auto no era amarillo, si no rojo.

          Mi tío ante la sorpresa respondió:

          -Silvia te equivocas porque el coche era amarillo, lo recuerdo perfectamente.

          Silvia si inmutarse siguió con la suya:

          – Te digo Lucas que era Rojo.

          La discusión duró varios minutos ante las miradas atónitas de mis padres que no daban crédito a lo que veían. Yo nunca había visto este tipo de discusiones entre mis tíos, pero ante la respuesta de los que estábamos allí seguro que era algo recurrente. Lucas no era una persona que destacara por su inteligencia, pero le operaron de muy joven alrededor del año 1958, una operación de alto riesgo, un tumor cerebral, por muy bien que volvieran a reconstruir el cerebro era probable que algo le hubieran tocado. Él aprovechaba esta desventaja familiar de su enfermedad para convertirse en el hijo mimado, además su hermano mayor ya murió de joven en la anestesia de una operación sin importancia. Sólo quedaban él y mi padre, Lucas no era valiente, la enfermedad le daba alas para ser el preferido y siempre se había ocupado de los asuntos de mi abuela tras la muerte de mi abuelo.

          Aquellos encuentros familiares con mis tíos aun duraban porque mi abuela estaba viva, la pobre había tenido que ver la muerte de su primer hijo a los diecinueve años y la muerte de su segundo hijo a los sesenta y siete. Hubo un antes y un después de esta catástrofe, la pobre mujer perdió vida, ya no era tan animosa y dejo de teñirse el pelo para dejarlo en un grisáceo que la hacía aun mayor. A pesar de todo, pese a sus noventa y cinco años de edad se olvidaba a menudo el bastón en todas partes ya que se podía desplazar andando sin ningún problema, todavía vivía sola y a pesar de haber tenido durante media vida servicio, estos últimos años de vida ya sin marido y viviendo en un apartamento más pequeño que la casa de su juventud, decía que aun se lo podía hacer todo. Mis padres sabiendo que ella se hubiera podido pagar una sirvienta de día y de noche no insistieron, siempre pensando que lo que no se gastara les quedaría para ellos. Además los dos ya estaban hasta la coronilla que la abuela durara más que la construcción de una catedral, la Pájara ya llevaba años visitándola todos los martes y jueves por la tarde. Mamá no podía ni ver a Rosario y a pesar de todo la visitaba como si fuera su mejor amiga, algo así demuestra que su apelativo no tiene desperdicio.

          Mientras Anabel y yo cada vez estábamos más hipotecados, la deuda empresarial cada vez era mayor, seguíamos gastando como locos sin dejar nada que aprovechar. Ahora que lo veo con tiempo, me doy cuenta que mi ex mujer apartaba dinero en metálico para guidárselo, no lo ponía en ninguna cuenta bancaria para que hacienda no lo viera y al realizar las declaraciones de renta conjuntas no salieran sus ahorros. Al principio fueron unos pocos miles de euros, estoy convencido que alquiló una caja en algún almacén de estos que puedes llevar muebles que no te caben en casa, ella solo debía tener alquilado un metro cuadrado, son sitios seguros y allí debía ir poniendo al principio unos cientos de euros para acabar siendo muchos miles.

          La empresa funcionaba para cubrir gastos y algo más, pero nosotros despilfarrábamos porque los créditos desaparecían a velocidades vertiginosas, mis viajes a la India no superaron en ningún caso los doce mil euros porque aunque fueron seis, me pasaba allí pocas temporadas, como máximo cinco días seguidos, los productos que importábamos no superaron los treinta mil euros, aquí se vendían multiplicando por diez el precio base incluyendo el transporte e impuestos, por tanto la deuda descomunal que generamos fue causada porque alguien sacaba dinero de manera fraudulenta.

          Anabel siempre contaba como su padre se había arruinado por culpa de un contable que mientras él estaba de viaje, éste le iba descapitalizando la empresa y cuando descubrió el robo ya era tarde, echó al contable pero ya no tenía dinero para hacer frente a sus gastos. Mi ex esposa hizo lo mismo conmigo, sacando al principio pequeñas cantidades de dinero para posteriormente quedarse con lo que fuera. Por lo que veo, lo único que hizo bien Anabel fue darme de alta de autónomo desde el primer día, eso hizo que durante los años que tuve empresa coticé a la seguridad social.

          Mi vida de casado no era un camino de rosas, además ella sabiendo que no me gustaban mucho las mujeres como mínimo un par de días a la semana necesitaba sexo, era mi obligación, me dormía mientras le tocaba insistentemente las partes, entonces ella me golpeaba para que despertara,  siempre cumplía pero no me gustaba. A parte del sexo para todo lo demás siempre estaba a punto, para ir a cenar, almorzar, al cine o esquiar. Ella no era muy de playa, supongo que no le gustaba que la dejara sola para irme a nadar, además se manchaba mucho con el sol y tenía que protegerse con cremas solares de protección total, a pesar de ello a veces aun le salían manchas. Para mí el mundo de las mujeres era totalmente desconocido, supongo que como en la mayoría de los heterosexuales, pero mi síndrome no me permitía ver cosas que los demás seguro que se hubieran dado cuenta. Ella siempre contaba que estando con su ex marido se tomó durante seis meses pastillas anticonceptivas y que desde entonces siempre se manchaba con el sol, ahora veo que me engañaba y no porque no fuera cierto si no porque aun se las debía tomar de manera regular, de manera que en la playa solo íbamos cinco o seis días el verano y durante muy poco rato, nos metíamos bajo la sombrilla sentados en unas sillas evitando en todo momento el sol y a pesar de ello se manchaba.

          Una vez empiezas con una mentira con tu pareja, cada vez se pueden hacer mayores sin llegar a discernir la verdad de la mentira. Anabel era una mentirosa compulsiva, necesitaba siempre llamar la atención, al principio de nuestra relación peleándose porque no quería entrar a comercios a comprar ropa para ella, después al revés pero de manera tan exagerada que quien tenía la culpa de sus compras era yo. Mi manera de ser la obligaba a comprarse zapatos italianos, pantalones y ropa que yo nunca me hubiera comprado para mí, lo más curioso de todo es que mientras duró nuestra relación nunca me compré nada de su nivel y constantemente tenía que compararse conmigo, como si yo fuera más arreglado que ella.

          Como el negocio no daba para tanto, ella como contable declaraba en la renta que no teníamos beneficios, así casi no pagábamos a hacienda, supongo que eso son cosas que ya hacen muchas empresas, nosotros lo hacíamos suficientemente legal para que nadie nos pudiera reclamar nunca nada. Como el apartamento ya lo teníamos hipotecado por la totalidad y necesitábamos dinero para pagar nuestro despilfarro, pedimos una póliza de crédito y una línea de descuento. Por lo que veo estaba completamente ciego sin ver que el dinero salía de nuestras cuentas sin darme cuenta, porque a mediados de mes ya no quedaba nada, entonces ella empezó a hacer lo que se llaman pelotas con la línea de descuento, pidiendo dinero al banco sobre compras que no realizábamos y una amiga se encargaba de cubrirlas con ingresos que nosotros le hacíamos a su cuenta, de manera que al final el dinero se devolvía sin tener que usar la póliza de crédito ya en su máximo. Y fue aquí donde ella empezó a cobrar grandes cantidades de dinero que se guardaba ante el inminente divorcio, una pelota cubría la otra, pero si se hacían en diferentes meses podías tener muchos miles de euros en circulación sin ver nada, nosotros cada vez vivíamos mas justitos. Fue el momento que ella consiguió que la echaran del trabajo con artimañas de acosos inexistentes cobrando una buena indemnización y teniendo dos años de paro, el dinero desapareció rápidamente y al cabo de cuatro meses ya no quedaba nada. Yo no tenía nada porque el despilfarro comprando siempre según Anabel era culpa mía y como culpable no merecía ni lo más mínimo.

          Mi abuela ya había cumplido los noventa y siete años de edad,  de una manera fortuita se cayó rompiéndose el fémur, algo normal en personas de su edad que se caen después que el hueso se rompa. La pobre tuvo un bajón de grandes magnitudes teniendo que ser operada de urgencias, el mejor hospital que había por la zona según mis padres  era el de la Seguridad Social compartiendo habitación con otra señora.

          El Pajarraco era el único hijo que tenía vivo, llevaba unos años que se había vendido una fábrica dejando mucho dinero en el banco, Rosario tenía a su nombre casas, dos naves industriales y una fortuna más que respetable, pero su hijo pensó que el mejor hospital que había era el de la Seguridad Social mientras que a tan solo veinte kilómetros de Terrassa había Barcelona con los mejores médicos del país, con hospitales privados especializados en roturas de huesos, sitios que van enfermos de todo el mundo para curarse. Incluso diría más, la operación como tal no hubiera habido ningún problema en hacerla en la mutua pública de nuestra ciudad, pero la recuperación no y más sabiendo que en Barcelona hay uno de los centros de rehabilitación más importantes del mundo. Mi abuela estaba triste, todo le dolía y la llevaron a un sanatorio público de la misma ciudad, Sant Llatzer, compartiendo habitación con enfermos terminales, mis papás le pusieron una señora casi tan mayor como ella para que la cuidara. Se pasó allí varios meses y su salud empeoraba día si día también, la Pájara estaba contenta porque tenía a su suegra donde ella quería, incluso un día tuvimos una pelea colosal porque dije aquello tan evidente:

          -Mamá ¿Cómo es posible que tengamos a la abuela en este sitio?

          Ella que ya se esperaba esta reacción mía.

          -Mira Víctor, este hospicio es el mejor sitio que hay en el país para cuidar a tu abuela.

          Eran un par de impresentables, con las paredes a medio pintar, los suelos viejos, el sitio de tercera para una señora que le había todo a su hijo, ahora él era un Pajarraco, se comportaba igual con su madre y con su hijo pequeño. La anciana al final acabó saliendo de aquella prisión para irse a su casa, yo nunca había visto aquel piso que vivía Rosario tan sucio, la chica que tenía habitualmente para la limpieza ahora estaba sustituida por aquella anciana que la cuidaba y todo olía a una cocina que no se limpiaba como se tenía que limpiar. La pobre me decía:

          -Ya ves Víctor como nos tenemos que ver, suerte de esta señora que me cuida, si no. ¿Qué sería de mí? ¿Has ido a la cocina? No está como yo la tenía pero ya soy muy mayor.

          Ella ahora veía que su hijo era un Pajarraco, una persona despreciable, alguien que esperaba con fervor que muriera para poder recibir su magnífica herencia. No duró ni un mes y dos días antes de morir le dijo al Pajarraco.

          -Matías me encuentro muy mal, necesito que me lleves a un buen hospital.

          Él que ya no era su hijo, si no un desconocido asediando su dinero respondió:

          -Madre, usted está muy bien aquí en casa, no diga cosas que no son.

          La pobre anciana lo contó a mi tío abuelo y hermano de ella, él me lo platicó como algo fuera de lo común.

          Yo estaba muy enfadado con mis padres, mi situación económica no estaba para tirar cohetes, Anabel quería más dinero y que los Pajarracos se hicieran responsables de mi agujero bancario. La situación era muy mala y la relación peor, el entierro fue algo triste, la Pájara no se sacó las gafas de sol en todo el sepelio, parecía que estuviera muy triste, siempre hace lo mismo cuando va a un entierro, así los demás piensan que llora. Es una gran actriz, tan buena como lo era su padre que en los años cuarenta vendía electrodomésticos estropeados de segunda mano como si fueran nuevos, ella sabía que cara poner en todo momento y su aguante llegó a situaciones extremas como el hecho de pasarse años visitando dos días a la semana a una señora que no podía ni ver, pero al final se pudo vengar por todo aquello que había tenido que pasar. Mi relación con ellos iba como una montaña rusa y un día la Pájara me llamó para saber si yo quería algún mueble de la abuela, la repartición de la herencia aun no se había hecho y su piso se alquilaría, fui el único nieto que se quedó con algo, así como un par de relojes que eran de mi abuelo.

          Mis padres como queriendo remediar lo mal que estaba todo, nos propusieron un almuerzo en su maravillosa finca, llegamos poco antes de comer, los dos ya estaban sentados en el comedor con la comida encima de la mesa, de manera que empezamos enseguida, estaban serios.

          El Pajarraco empezó hablando,

          – A nosotros no nos gusta estar tan mal con vosotros y queremos solucionar esos mal entendidos, debemos estar tranquilos.

          La Pájara estaba a su lado tocándose el cuello y sin poder aguantarse empezó a hablar interrumpiendo a mi padre,

          – Matías tranquilízate, mira Víctor, yo a partir de ahora llevaré siempre colgado este aparato en el cuello. (Parecía una especie de transistor) Esta radio va directamente a la policía y yo apretando ese botón vendrán enseguida a ayudarme si me siento agredida.

          ¿Podía ser? Estaban tan asustados con nosotros que hasta incluso temían por sus vidas y más sabiendo que era ella la que me pegaba de pequeño, la que me picoteaba con sus uñas en la cabeza, ahora tenía tanto miedo de mi que llevaba algo colgado para que yo sintiera respeto por ella.

          Yo soy un poco lento en ese tipo de reflexiones, supongo que será por el síndrome y no le di la más mínima importancia, la conversación continuó para informarnos que los herederos de la abuela ya habían firmado el testamento. A mí esto no me cuadraba porque de en realidad tan solo podían ser mi padre y tía Silvia, la mujer de mi tío ya fallecido, Lucas. Por eso comente:

          – Los herederos solo sois tía Silvia y tu papá. ¿Verdad?

          Él sin darle la más mínima importancia esperando mi reacción adversa añadió:

          – No, los herederos son los hijos de Silvia, la tía y yo. Porque al ser usufructuaria, ellos también tienen que firmar el testamento.

          Para mí esto fue un jarrón de agua fría porque el Pajarraco me engañó vilmente, yo no podía heredar directamente la casa que había sido de la abuela ya que no se contemplaba en el testamento, pero mis primos sí que firmaron en él. Papá solo tenía que renunciar en el momento de la escritura que no quería el piso que yo heredaba y así no pagar por él, pero prefirió el camino caro y difícil, el de la discusión y la pelea, el corrupto y mal intencionado. Ahora mi casa quedaba para mi padre y el Pajarraco me lo tenía que dar, con el agravio que se tendrían que pagar doblemente los impuestos, su maldad podía más que el mismo y prefirió tener que pagar dos veces por el mismo apartamento antes que ahorrarse algo solo para joder a su propio hijo, de manera que yo ahora tenía que esperar que cumpliera con su palabra y me diera el piso en donación.

          Después de estas declaraciones de mi padre y ante mi sorpresa el resto del almuerzo acabó con discusión. La Pájara ya tenía su transistor por si tenía que avisar a la policía, nos fuimos de aquella casa medio mareados de tanta borrachera de mentiras. Una vez en casa Anabel estaba que se subía por las paredes, aquel par de pajarracos nos habían jodido y aquella amenaza del transistor a mi me dejó sin palabras. Por eso al poco de estar en casa llamé a la Pájara:

          -Mamá, soy Víctor (ella por la voz parecía nerviosa). Tengo que decirte que por muchos aparatos que lleves encima si alguien quiere hacerte daño, si no sacas una pistola, ese transistor no te protegerá de las posibles agresiones.

          Ella me colgó el teléfono, al parecer sin darme cuenta la había amenazado supuestamente de muerte, mientras que yo solo le decía esto por previsión hacia algo que le sería inútil en caso de emergencia. Estos son unos aparatos que llevan las ancianas que viven solas y normalmente van conectados a sitios de emergencia por si se caen que les pueden venir a ayudar directamente, pero nunca como una previsión de una futura agresión de un ladrón porque el agresor por mucho que aprietes botones antes que llegue la policía probablemente ya estás muerto desangrado. La Pájara lo hizo para darme miedo pensando que yo tendría malas intenciones con ella.

          Al cabo de unos días recibí una llamada de su parte que habían avisado a la policía por mis amenazas de muerte, ella por supuesto tergiversó nuestra conversación para parecer que su hijo Víctor estaba completamente loco. La pareja cada vez llevaban la conversación hacia extremos más violentos, ahora además ya no querían cumplir con su palabra de ponerme el piso a mi nombre, pero al menos tenía la baza del documento firmado por mi padre.

          Anabel ya me había hecho los números de lo que nos costaría aceptar esa casa, del precio de la donación y de un aumento hipotecario por la deuda contraída con el banco. Mi intención era vender aquel piso y comprarme otra propiedad sin deuda, así podíamos pagar todo lo que debíamos al banco y al mismo tiempo nos quedábamos libres de cargas. Pero eso no podía suceder porque el piso aun estaba a nombre de mi padre. El hombre prefirió pagar al fisco para recibir el apartamento y que yo después tuviera que pagar otra vez para que fuera mío y acabar dando al estado el doble de lo que se hubiera dado si él hubiera renunciado al recibir el testamento. Todo muy complicado, realizado por alguien fuera de lo común.

          Nuestra situación económica cada vez iba a peor, Anabel propuso vender el coche de lujo que nos compramos en su momento de apogeo, yo usaba un utilitario que gastaba poco, aquel vehículo de lujo era un todoterreno que nos había costado una fortuna, Anabel propuso venderlo por la mitad de lo que lo habíamos comprado y así lo hicimos, el dinero desapareció tal y como llegó, ahora veo que se lo quedo íntegramente ella, así como todas aquella pelotas de engaño que le hacíamos al banco. También propuso que añadiera a la hipoteca la deuda del apartamento de Vielha para dejarlo libre de cargas, eso me negué en rotundo, al parecer mi cabeza ya muy liada con tanto engaño no lo aceptaba.

          Después de meses de amenazas, peleas y malos entendidos con mis padres alegando que los llevaría a juicio si no me daban el piso, cedieron por la carta, hipotecándome por bastante menos de la tasación que el banco hizo de la casa que yo recibía. Muchos miles de euros que yo no tenía ni idea de donde habían ido a parar.

          Anabel propuso sabiamente que no nos podíamos quedar con dos hipotecas ya que en aquel momento, ella había encontrado un trabajo de contable y su único sueldo no daba para mantener una deuda tan grande, la solución que aportó fue que yo me vendiera mi Rolex a precio de saldo y que empeñoláramos las joyas, entre ellas dos relojes de oro que habían pertenecido a mi abuelo, así como que alquiláramos el piso de Matadepera para irnos a vivir en el Pirineo con los pocos ahorros que teníamos. Ella quería encontrar trabajo de recepcionista en algún hotel de esquí y yo podría trabajar en la estación de invierno. Todo salió redondo, en el apartamento nos llevamos las cosas de más valor, dejando otras en las cocheras de los padres de Anabel. El alquiler no se hizo esperar y al cabo de un mes ya teníamos inquilinos, nosotros nos fuimos a finales de verano a vivir en medio de las montañas.

          El lugar era precioso, con unas vistas de película, pero el pisito era muy pequeño y chocábamos a menudo. Anabel encontró trabajo en un hotel a cien metros de casa y andando en dos minutos estaba allí, si iba en coche tardaba menos, yo encontré un trabajo en la estación de esquí para los meses de invierno que estuviera abierta. Todo fue muy fácil hasta mediados de enero, yo llegaba a casa muy cansado, destrozado después de doce horas diarias de trabajo duro atendiendo gente sin parar, con un nivel de exigencia altísimo, en casa tenía que ordenar todo lo que lo había dejado Anabel, teníamos un perro que antes ya vivía con nosotros cuando disponíamos de un jardín, era una vida dura y difícil pero al menos los dos trabajábamos.

          Como he dicho era mediados de enero, yo llevaba trabajando un mes y medio, por tanto me quedaban dos meses y medio, estábamos los dos tumbados en un sofá cama que compramos para tener en el comedor, lo teníamos abierto al lado de la chimenea, nosotros dormíamos siempre en la habitación que había para ello, pero en aquella ocasión queríamos hacer algo distinto. Estábamos haciendo el amor y yo me dormí a medio acto, ella se enfadó mucho, demasiado y más aun sabiendo mi cansancio.

          -Víctor, a ti te pasa algo, además de cansado me parece que no te gusto.

          A mi todo aquello ya me cansaba, estaba cumpliendo con todo lo que ella quería y a pesar de ello, no estaba contenta. Llevaba meses replanteándome mi matrimonio, incluso muchas veces me arrepentía de todo lo que había hecho y ahora Anabel quería otra discusión.

          -Bueno, Anabel ya sabes cómo soy, siempre he sido igual, sexualmente ya ves que intento cumplir pero a veces me cuesta.

          Todo era una artimaña preparada por ella para que yo hablara más de la cuenta.

          -Víctor ¿No entiendo a lo que te refieres?

          ¿Como podía no entenderlo si el día que la conocí le dije que yo había tenido muchas relaciones homosexuales? ¿Cómo podía no entenderlo si me había atrapado varias veces durante estos diez años de matrimonio masturbándome ante videos de hombres desnudos? Aquella vez supongo que debido a mi síndrome no supe mentir.

          -Anabel, no es que no me gustes, pero ya sabes que a mí siempre me han atraído los hombres y a veces me cuestan las relaciones heterosexuales.

          Se quedó pasmada, como si no lo entendiera.

          -Víctor siempre me has contado que nunca tienes relaciones homosexuales y que yo siempre soy la única en todo.

          La verdad es que yo ya estaba asqueado de la relación con Anabel y ahora solo me faltaba que hiciera como si ella nunca hubiera podido pensar eso de mí.

          -Pues eso Anabel, ya me has atrapado varias veces mirando revistas de tíos, en internet, eso es algo que llevo dentro y no significa que no te quiera, solo que a veces hacer el amor con una mujer me cuesta. Además hasta ahora siempre hemos estado bien y si yo tenía alguna indiscreción siempre lo hemos llevado como si no pasara nada.

          Ahora ella ya quería saber.

          -Pero, tú no has estado con otros hombres mientras estabas conmigo ¿Verdad?

          Era mi día libre, estaba relajado después de muchos días de trabajo.

          -Mira Anabel, de vez en cuanto necesito algún tío, pero desde que estamos aquí en Vielha no he podido hacer nada. Cuando vivíamos en Matadepera al estar cerca de Barcelona era mucho más fácil y de vez en cuanto algo caía.

          Ella me miraba como siempre, pero parecía triste.

          -Víctor, así que durante todos estos años me has estado engañando, con hombres, y ¿Con cuántos hombres te has acostado?

          Yo no sabía que contestar, al parecer tenía que haber hecho una lista con sus nombres y apellidos, la verdad es que no tenía ni idea si en esos diez años habían sido veinte o cien, pero es que Anabel era muy pesada y absorbente y recuerdo muchas veces que ella ya veía que yo había estado con otro, lo que sí que le podía asegurar era que nunca estuve con una mujer. Para mí el hecho de estar con personas de mi mismo sexo solo para practicar eso, era como no hacerle cuernos a Anabel, supongo que esto también es causa de mi síndrome, que no veo las cosas como los demás, solo eran polvos puntuales, cogidas de usar y tirar, sin amor, pajas que me servían para tranquilizar aquel homosexual que llevaba dentro.

          Ella me hizo un drama de dimensiones descomunales llorando como nunca, yo le había fallado, el pobre ángel nunca se hubiera podido pensar que yo su marido que había estado con muchos hombres antes y durante el matrimonio fuera homosexual. Aquello fue un antes y un después en nuestra relación, se pasó toda la noche llorando y yo me tuve que quedar en el sofá cama porque ella no podía soportar a alguien que hubiera estado con otros hombres. Por la mañana siguiente hablamos:

          -Víctor, ya he hablado con mis padres y nos tenemos que divorciar, eso es completamente inadmisible e imposible de aceptar por mí, he sido demasiado buena contigo, lo he dado todo y tu mira como me lo pagas. Nunca me hubiera podido pensar que la situación llegaría hasta este punto, me siento confundida, perdida y veo que has sido malo y te has aprovechado de mi buena fe, piensa que sin mi nunca hubieras llegado hasta aquí, todo lo que tienes es gracias a mi nómina. Tus padres te acogerán en su casa porque eres su hijo, pero yo, mira como me quedaré, sin nada, me quieres dar un apartamento hipotecado. Como mínimo tendrías que hacerte tu cargo de la hipoteca y dejármelo limpio para que yo pudiera vivir sin hipotecas.

          Ella continuaba con sus locuras del momento pero yo me sentía culpable.

          -Anabel, sin ti yo ahora no tendría el piso de Matadepera alquilado, nunca hubiera sido de mi propiedad, te debo mucho, pero me veo del todo incapaz de poder asumir tu hipoteca de aquí dejándote el apartamento limpio, para mí lo que quieres hacer es algo sin precedentes y no me veo capaz de hacerlo todo solo, de momento no diré nada a mis padres porque aun no sé cómo reaccionarán y te suplico que hasta que no acabe el trabajo en la estación de esquí, no digamos nada a nadie del pueblo.

          Al final quedamos que nos divorciaríamos una vez yo hubiera terminado mi trabajo en la estación de esquí, además si habíamos aguantado diez años, ahora podríamos aguantar dos meses. Para los dos era un mal rollo tener que contar a todos nuestros nuevos conocidos que nos divorciábamos porque yo era gay y allí en el Pirineo no sé cómo se lo hubieran tomado en la estación de esquí.

          A partir de aquel momento empezamos a dormir separados, cada uno en su cama, pero en aquel sofá no se dormía bien, así que le pedí a Anabel que por el tiempo que nos quedaba que durmiéramos juntos en la misma cama, sin tocarnos para dar más normalidad a la situación. Ella cambió de golpe, se comportaba de una manera más seca, no estaba tan amable y a veces si la llamaba al mediodía no me respondía al teléfono. Dejaba el apartamento sucio y desordenado, sin querer poner nada en su sitio, yo me pasaba más de una hora ordenando las cosas en un espacio de menos de cuarenta metros cuadrados. El problema de tanto trabajo es que lo tenía que hacer cada día, ella lo dejaba todo por cualquier sitio convirtiéndome en una especie de manadera. Por supuesto que mientras estuve allí aun tuve que hacer siempre la cena y me echó a los dos días de haber cerrado a la estación de esquí.

          Yo estaba muy triste ante mi nueva situación, yo quería que ella se quedara con el apartamento del Pirineo, estaba ciego y no veía que me había robado grandes cantidades de dinero que debía tener en una caja de seguridad. Si ella se quedaba con el apartamento y la mísera hipoteca, yo me quedaba en la calle porque el piso de Matadepera estaba alquilado. Necesitaba que mis padres me ayudaran, pero se lo tomaron con la más absoluta frialdad, sin proporcionarme ningún abogado, yo estaba perdido, como si me hubieran cortado una pierna, iba cojo y no tenía ni idea de cómo acabaría. Anabel llevaba años haciéndome los números, según ella, su aportación al matrimonio era máxima y sin sus nóminas yo nunca me hubiera podido hipotecar. Mi solución era irme a vivir con mis padres que se negaron rotundamente que hiciera esto amenazándome que si me presentaba allí avisarían a la policía para que me desalojara.

          Anabel antes de irnos a vivir al Pirineo en una acción desesperada se fue a ver a mis padres para ver si nos podían ayudar, no dejó que yo entrara en la casa, la cosa acabó mal y los pajarracos la echaron a patadas, el hermano de mi madre, Paco, estuvo presente quedándose según él horrorizado de lo que les dijo mi mujer.

          La situación con mis padres no era buena, pero a pesar de todo no querían que me divorciara, intentaron hablar con Anabel pero ella se negó sin dejarlos entrar en casa, al final propusieron que les dijera lo que quería saber de un abogado que ya lo preguntarían al suyo, pero sin ninguna posibilidad de ofrecerme los servicios de alguno que ellos tuvieran. Anabel preparó el papeleo con su abogado y yo firmé lo que me dijeron con clausulas totalmente abusivas, yo por aquel entonces no sabía si tenía grado de discapacidad pero ahora que se que lo tengo, cualquier abogado puede hacer mediante un juez que se anule ese acuerdo de divorcio, creando uno de nuevo.

          Anabel se quedaba con el coche que estaba a mi nombre, con la totalidad del apartamento, yo le debería pagar varios miles de euros para compensar su situación precaria y pagar el resto de la deuda del coche. Mientras, yo estuve viviendo en un hostal cerca en la misma población del Pirineo, que me pagaban mis padres y me daban diez euros diarios para poder comer, eso solo daba para una comida en un sitio barato.

          Ahora por primera vez en mi vida estaba completamente solo, abandonado por todos y necesitaba encontrar a alguien para poder reemprender mi vida, sé que mi nuevo mundo saliendo del armario está lleno de crueldad y vicio, yo ya me medicaba para aplacar mis necesidades más ancestrales, pero estaba muy asustado de como resolvería el problema de encontrar una nueva pareja.

          Allí donde vivía, Vielha, en mayo aún nevaba en las montañas y algunos días la temperatura de la calle no subía de los seis grados centígrados de máxima, yo estaba solo y sin trabajo, mis padres me aconsejaban que me quedara allí a tres cientos kilómetros de su casa y que no volviera de ninguna de las maneras a Matadepera. Anabel tenía preparada la sentencia de divorcio de antemano, con unas clausulas excesivas, yo estaba solo sin destino claro, firme lo que pusieron ante mis narices pensando que Anabel nunca intentaría hacerme daño. A pesar de todo necesitaba que mis padres me ayudaran. Aquel par de pajarracos me ofrecieron pagarme un apartamento mientras no me moviera del Valle de Arán, tenía que ser barato y si no tenía calefacción mejor, yo mientras buscaría un trabajo de lo que fuera hasta que reabrieran la estación de esquí. Allí ya me reservaban el puesto para la siguiente temporada, sin dinero ni una situación definida.

          Mientras yo vivía en una pensión en el mismo pueblo, estaba siempre solo y me distraía corriendo y haciendo deporte, las empresas de invierno como hoteles todas ya cerraban, algunas abrían por verano pero hasta julio o agosto no había posibilidad de trabajo, era una temporada corta y la mayoría de los puestos ya estaban cubiertos por trabajadores de otros años. Tenía un ordenador en aquella pensión y me conectaba a internet para pasar las horas, mientras no encontrara un apartamento en condiciones Anabel me lavaba la ropa pero aquella ya era su casa, ella me había ido poniendo mis cosas en cajas para que me las llevara, yo creía que podría quedarme con bastantes cosas como la vajilla, los cubiertos o las ollas porque todo esto estaba repetido en las cocheras de sus padres de lo que dejamos cuando nos fuimos de Matadepera, pero no fue así.

          Los pajarracos no me querían cerca, me pasaba el día solo y abandonado, a veces podía tener al perro porque eso también era de la propiedad de Anabel, yo era tan inocente que no quería verla sola paseando por aquellas montañas y un perro sabía que le haría mucha compañía. Quería volver a Matadepera y si no era posible a Barcelona, alquilar una habitación en la ciudad condal y quedarme a vivir allí más acompañado, pero mis padres en esta segunda opción no tenían ni la más mínima intención de ayudarme.

          Tío Paco era el hermano de la Pájara, su poder de negociación y persuasión había traspasado fronteras y toda la familia creía que era un negociador excelente. Tuve algunas conversaciones con él por teléfono, lo había propuesto como negociador y mis padres estaban encantados. Al menos con él todos estábamos de acuerdo que sería el mejor, yo prácticamente no lo conocía, bueno, la relación que se puede tener en una familia. Aquello fue lo peor que pude hacer, él se entregó de lleno a la Pájara, su hermana preferida, lloré por teléfono, le supliqué y le conté aquello que me había ocurrido en mi infancia, él lo sabía todo y la conversación acabó de esta manera:

          -Mira Víctor, yo conozco a tus padres y ellos me han contado lo que les has hecho. Por mi parte, mientras viva haré todo lo que esté en mis manos para que tú no vuelvas a hablar jamás con ellos y que jamás los vuelvas a ver.

          Aquella respuesta me dio a entender que aquel tipejo era tan malo como la Pájara, capaz de decir esto a un sobrino que nunca le había hecho nada. Por supuesto que la madre de Yoli, Silvia, sin ser tan radical también me cerró las puertas de su casa, todos en bloque contra aquel hijo que había desobedecido las órdenes de sus padres. Tres hermanos que ya llevaban años de pelea tras la muerte de su madre que mientras vivió todos nos reuníamos en su gran casa de Sabadell como si fuéramos la familia más unida de la ciudad, con unas navidades que parecían que cada año nos tocara la lotería, pero que cuando murió la anciana se pelearon por el dinero como si fueran de la mafia siciliana, lo peor fue la finca, aquello llegó a extremos totalmente insospechados. Recuerdo de pequeño que mamá siempre me decía que todo era para Paco y que nosotros nos quedaríamos con la casa que nos habíamos construido a un kilómetro, tía Silvia su casa a tres cientos metros de la casa de abajo y mi tío el resto conjuntamente con la antigua masía, la torre señorial y una masía que se había construido a setecientos metros de la casa de la carretera. Pero las palabras se las lleva el viento y como la finca no estaba dividida por la abuela ante notario no se trazaron líneas de división.

          Silvia al ser la hermana mayor pidió que se dividiera la finca a partes iguales, pero que ella quería parte de la antigua masía de la carretera, eso era algo que no estaba en el plan, los terrenos pegados a la carretera son los que tienen más valor, a mi entender como la Pájara ya tenía su masía en la parte alta de la finca no tendría porque pelearse por algo que ella ya sabía desde muy pequeña que todo era para su hermano, por tanto si su hermana se quería pelear por unos metros, que para ella no habría ningún problema y que se pelara con Paco, quedando la Pájara al margen. Pero no fue así, ella también quería parte de ese pastel, de manera que tras quince años tras la muerte de mi abuela y madre de ellos, todo está igual y la división no ha existido con las posibles peleas que eso conlleva.

          Además esta lo de MIPESA, eso sí que quedaba dividido entre los hermanos, pero esta empresa se unió con un holding empresarial y aquello que por aquel entonces solo tenía tres o cuatro mil trabajadores, ahora es ya tiene más de diez mil, de manera que han formado una sociedad entre los tres hermanos cobrando grandes cantidades de dinero a finales de año que se reparten entre ellos. Por una parte están peleados por finca, por la otra deben portaras como hermanos buenos ante MIPESA y después esta lo de la empresa de Paco que fundó hace más de treinta años.

          Tío Paco quería la distribución a nivel nacional de una famosa marca de electrodomésticos, instalando tiendas por todas partes, como no tenía dinero para tanto, mis padres, tía Silvia y un hermano de Romualda, la mujer de Paco colaboraron siendo accionistas de la empresa. Paco que ahora veo que es un rufián no repartía los dividendos que ganaba entre sus socios dando durante años algo simbólico, mis padres no se quejaban porque habían invertido poco al igual que el hermano de Romualda, pero Silvia estaba muy enfadada ante lo que veía que era un engaño. Al final mi tía vendió su parte tras muchas peleas, todo ello con mi abuela ya muerta. De manera que la relación entre los tres hermanos nos es que sea un jardín de rosas.

          Un fin de semana que bajé a Barcelona conocí a Pierre, un chico francés que estaba de alquiler en un pequeño piso, sus padres emigraron a Estados Unidos y vivían en el estado de Nuevo México. Él se había instalado en el barrio de las Cortes tras encontrar un trabajo en una multinacional italiana, ahora tenía el paro pero su curriculum daba a entender que podía encontrar un buen sueldo. Mi situación estaba por los suelos pero él me acogió como compañero de viaje, era muy buen hombre y nunca nos peleábamos, bueno él era quien mandaba y yo acallaba. Anabel lo conoció cuando nos fuimos a vivir juntos un mes después de habernos conocido, la pobre se quedó sola y triste en el Valle de Arán porque yo acostumbrado a una mandona como ella, había encontrado a un buen hombre, que además era muy guapo. Anabel lo tenía mucho más difícil para encontrar pareja porque no hay imbéciles como yo dispuestos a todo, además yo nunca la hubiera dejado a no ser que ella lo hubiera hecho, Anabel me dejó y para mí fue como si me hubiera tocado la lotería. Esa ventana que se abrió con Pierre aun está abierta estando de maravilla con una pareja que me acepta por mi manera de ser, sin complicaciones y con un muy buen entendimiento.

          Me fui a vivir con Pierre en aquel piso de la calle Galileo de Barcelona que tenía alquilado, era pequeño pero estaba muy ordenado, él en seguida se portó muy bien conmigo diciendo que él también tenía que comer y pagar un alquiler y conmigo los gastos no subirían mucho. Yo aportaba algo del dinero que tenía ahorrado y cobraba un paro de subsistencia. Anabel siempre decía que yo escribía muy bien, pero ella nunca quiso que escribiera un solo libro, le parecía que siempre hablaba de mi familia, supongo que de historias conocidas. Pierre estuvo de acuerdo que mientras no tuviera trabajo me dedicara al mundo de la literatura.

          El piso de Matadepera seguía alquilado y no llevaban aun once meses de alquiler que llamé a los inquilinos, alegando que al quedarme sin vivienda por ley podía recuperar mi piso, eso era una ley antigua, pero ahora las leyes habían cambiado y sería del todo imposible que los inquilinos quisieran irse. Con la misma rapidez que conocí a Pierre, los inquilinos se fueron y acabamos pagando menos que en Barcelona, en un piso medio mío y del banco, con un alquiler inferior ya que la hipoteca no era muy alta. Una especie de casa con jardín y un posible huerto para Pierre. Adaptarnos a la nueva situación fue muy fácil, al pasar a un departamento pequeño, a uno el doble de grande con calefacción y todo casi nuevo.

          Por si fuera poco cuando los ahorros ya tocaban fondo, Pierre encontró un trabajo de primera en una multinacional francesa, con su francés perfecto y su inglés norteamericano enseguida se adaptó a las nuevas condiciones, era jefe de departamento y tenía mucha gente bajo su responsabilidad, pero él era un hombre fuerte de carácter, ya le gustaban los retos, por eso a los seis meses ya le habían hecho un contrato indefinido, yo mientras seguía escribiendo y acabando mi primera novela.

Capitulo 4

          Poco antes de conocer a Pierre me fui un fin de semana a Sitges, en realidad me alojaba en Barcelona però quería encontrar un bar de ambiente gay d’aquella localidad, se trataba de un sitio que hacía años ya había idò, antes de salir con Anabel y fue allí que conocí a Sito, un vidente que me desveló cosas de mi infància que ya había olvidado, abriéndome un mundo totalmente desconocido para mi.

          Cuando fui a vivir por primera vez a mi casa de Matadepera, empecé a ver cosas que anteriormente no veía o no recordaba haber visto. Eran sombras y  sensaciones que me provocaban escalofríos, de una manera habitual empecé a discernir lo que parecía una señora que se desplazaba continuamente por el pasillo, Recuerdo que muchos años atrás me hablaron que yo era médium, yo me quedé muy sorprendido y ahora por primera vez recordaba aquellas caras que veía en la oscuridad de los armarios de El Misal, personas que se escondían de mi pero que al mismo tiempo sabían que yo las podía ver. A medida que me fui concentrando ya viviendo con Anabel, cada vez veía a más espíritus, monjes, ancianos, niños, hombres, mujeres y hasta ejércitos con cientos de miles de espíritus que cruzaban las autopistas. No era ni necesario que fuera oscuro, podía ser a pleno sol, yo me concentraba y los veía. Era una sensación rara y mi psiquiatra el doctor Fernández dijo que era del todo posible que los viera, no se extraño de estos fenómenos paranormales.

          Cuando conocí a Pierre, le conté que a veces tiraba las cartas del tarot y que veía a espíritus si me concentraba para verlos. Las casualidades no existen y siempre si te pasa algo es por un destino, él había tenido una abuela vidente muy conocida en un pueblo del centro de Francia, ya estaba muerta pero como si fuera marcado por el destino, yo estaba unido con el nieto de una famosa vidente.

          Me compré un libro para aprender a hablar con esos espíritus que tenemos cerca, desconocía lo que me podía encontrar. El libro hablaba de concentrarme para llegar a conseguir escuchar lo que me decían y en seguida escuché una voz, era la de mi abuela que me hablaba, ella movía mi cabeza ante mis preguntas de si se trataba de sí o no. Eran unas conversaciones muy elementales pero sus aciertos conmigo nunca llegaban al treinta por ciento mientras que con los demás superaban el setenta por ciento. Hablando con una vidente amiga por teléfono me envió a mi ángel alegando que mi abuela hacía demasiado poco que había muerto para aconsejarme, entonces apareció Juan. Él ahora es mi guía me habla siempre y yo hago lo que me dice, soy muy disciplinado y si me aconseja que me ponga un jersey para ir por la calle me lo pongo, lo pregunto todo y cada vez nuestra unión está más completada.

          Fue Juan quien me aconsejo que escribiera esta novela para contar la vida que he pasado desde pequeño, nada de lo hay en mí ha sido fortuito, todo estaba escrito mucho antes de que yo naciera.

          Mamá como he contado anteriormente siempre había pasado una niñez con todo tipo de lujos, acostumbrada a servicio y cuando se caso para no ser menos instaló una criada en su casa. Ella tenía que estar en casa y la chica lo haría todo, se trataba de una niña de doce años que entro a trabajar con un miedo atroz a mi padre, se quedaba a una esquina del ascensor esperando que el Pajarraco se le echara encima, ya que en su casa ya había sido violada reiteradamente por su padre, de manera que mis padres instalaron en su casa a una niña con grandes problemas emocionales. No digo que a los treinta años no quedara curada pero cuando llegó a casa sus experiencias con la sexualidad eran demasiado cercanas. Unos padres normales nunca hubieran puesto a una chica como aquella en su casa, pero los míos debieron considerar que era barata y que con su corta edad se adaptaría fácilmente a una nueva casa.

          La Pájara estando en casa se aburría y quería un empleo, ya había tenido a su primer hijo Carlos y con Josefa rondando por casa no sabía qué hacer, el segundo hijo es decir, yo llegué casi sin esperarlo y en poco más de tres años ya tenían a dos hijos, la criada los llevaba a raya y el mayor que era más violento cuando veía a Josefa ya se escondía. En cambio yo era muy nervioso pero bonachón, supongo que todos los niños hasta los tres años de edad son parecidos, unos más movidos que otros, pero sin maldad. Cuando yo nací, Carlos ya tenía tres años y cuando cumplí los dos él ya tenía cinco, de manera que ya siendo alto por su edad cualquier adulto se hubiera repensado mil veces antes de tocarlo. Mamá encontró trabajo en la fábrica de papá e iba entre semana dejando a los niños con Josefa, pero un día que mamá tenía que ir al trabajo a media mañana se encontró mal, sin darle la más mínima importancia se fue hasta su casa y allí encontró lo que nunca pensó que podría encontrar.

          Josefa tenía a un amigo mucho mayor que ella en casa, era un hombre algo gordo con un poco de barba, blanco de piel, completamente desnudo sentado en un sillón de la sala de estar, yo estaba encima acariciándole las partes mientras sonreía, al parecer yo lo conocía de verlo a menudo por casa, mi hermano estaba encerrado en otra habitación sin querer estar conmigo. Mi madre llamó enseguida a mi padre que cuando llegó se encontró con aquel hombre ya vestido y yo llorando porque quería estar con el invitado. La criada fue despedida de inmediato y casada con un transportista de la empresa de mi abuelo, el escándalo hubiera sido tremendo y mis padres tuvieron que disimularlo, pero no querían que aquel desgraciado corriera por el mundo violando a niños de mi edad. Todo eso mi padre se lo contó a su hermano Lucas por eso aquel hombre siempre fue tan desagradable conmigo, además sabiendo que si mi padre me defendía un día éste lo podía explicar a mis abuelos paternos que dudo que lo supieran, mi madre se lo contó a su hermano predilecto Paco de manera que la familia ya estaba medio informada.

          Lo que aquel vidente había visto en mi era cierto, incluso tras preguntarlo a mi madre su respuesta siempre ha sido la misma,

          -Víctor, por aquel entonces eras demasiado pequeño para poder recordar nada.

          Pero nunca me han negado que sucediera y después de concentrarme tengo vagos recuerdos de aquellas escenas en el sillón, con aquel hombre desnudo que pedía que lo acariciara. Incluso mi tío Paco contesta de la misma manera que mi madre sin darle la más mínima importancia. Con los años me he dado cuenta que mis padres son de baja cultura, de aspecto pijo pero sin la más mínima educación.

          Tío Paco les aconsejo que para evitar que aquel depravado volviera a hacer lo mismo, lo mejor era matarlo y enterrarlo en la misma finca que tenían. Mis padres no estaban acostumbrados a tales horrores y viéndose capaces de hacer aquello, les parecía imposible que nunca lo pudieran llevar a cabo. Organizaron un plan perfecto, invitarían al violador en su casa de la finca alegando que querían pagarle un dinero para que se fuera del país y no volviera nunca más, el hombre era ya mayor y no tenía una vista muy buena, los pajarracos lo sabían por eso después de llevarlo hasta la finca en taxi, el chofer se fue para otro servicio quedándose él solo allí, en la finca no había nadie, tan solo mis padres, mamá se fue a la bodega a esperar a aquel hombre.

          Desde dentro lo empezó a llamar con las luces medio abiertas, el lugar estaba lleno de penumbras, cuando vio a mi madre se acerco esperando cobrar lo estipulado, mi padre lo atacó por detrás con una maza de hierro y el hombre cayo de inmediato en el suelo dejando una gran mancha de sangre, repitieron el golpe, pero ya estaba muerto, entre los dos lo llevaron ya de noche a una zanja que tenían preparada para ello, cubrieron el cuerpo con cal viva y tierra encima. Mamá se pasó horas sacando la sangre del suelo de aquella bodega, pero aquello que hicieron jamás me lo perdonaron.

          Como si mis padres fueran de un país del extremo oriente y yo una chica que debía casarse virgen, aquello ya no me lo perdonarían nunca, sin tener la culpa de nada, era la causa de su situación, mi hermano estaba limpio, pero yo demasiado sucio para ser verdad. Aquí hubo un antes y un después en la relación, como si aquello hubiera trastocado mi manera de ser, ellos se tenían que comportar como si yo fuera un chico completamente normal, pero aquella sumisión en tan temprana edad de formación hizo que para mí se me hiciera posible hacer daño a nadie, convirtiéndome en un ser completamente pasivo y siempre que encuentro a alguien que domina mi vida dejo que éste haga lo que yo nunca haría por mí mismo.

          Tío Paco ya tenía experiencia en hacer cosas de este tipo pero él nunca las contó a casi nadie, bueno al hermano de Romualda que en cierta ocasión tuvo que ayudarle a enterrar el cadáver de una chica, éste fue el que en cierto día se convirtió en socio de su empresa conjuntamente con mis padres y mis tíos Silvia y Jesús. Paco tenía a los pajarracos cogido por los cojones y si decían algo de su empresa, él hablaría de lo que hicieron con aquel violador de niños y la policía era probable que llegara a encontrar el cadáver, por eso mis padres siempre han tenido a tío Paco como a un santo siendo capaces de renunciar a lo que sea para su placer. Pero al mismo tiempo tío Paco tenía los cojones atados por el hermano de Romualda, Luis.

          Tío Paco se enamoró perdidamente de Sabrina, una chica de orígenes italianos que trabajaba en la empresa de electrodomésticos de mi abuelo, la tenían de contable en una de las múltiples oficinas que había. Vivía también en Sabadell en una zona humilde, sus padres se fueron para Argentina cuando ella solo tenía quince años dejando la niña con unos vecinos, ellos no podían acarrear con el paquete y la dejaron como si se tratara de un bulto, un mueble que se deja abandonado en aquella casa que sabes que nunca volverás. Vivió una temporada en Reus, estos se desplazaron a Mataró y ella cuando tenía dieciocho años se fue a vivir con unas amigas en Barcelona, de aquellos vecinos ya nunca más se supo y los que la engendraron se perdieron por Latinoamérica, desconocía si tenía hermanos, aunque sabía que unos primos muy lejanos vivían cerca de Palermo. Ella nunca los había ido a ver pero conociendo el pueblo y preguntando seguro que los hubiera encontrado, pero ya llevaba muchos años de libertad, ya cuando vivía con sus padres casi no coincidía, se pasaban el día en la fábrica y mientras uno trabajaba de día, el otro lo hacía por la noche, ella siempre había deambulado por aquella colonia cerca de Berga como muchos niños de la empresa. Un tío segundo ofreció trabajo a su padre de enconado en aquella empresa cerca de Buenos Aires y la pareja se largaron sin mirar atrás, dejando a la cría medio abandonada.

          En la colonia trabajó con la familia propietaria antes que sus padres se fueran del país, era una de las veinte sirvientas que tenían en aquel palacio pegado a la fábrica, Sabrina se encargaba de cuidar a los niños pequeños de la familia ya que la madre se pasaba el día embarazada, sin ser de alta alcurnia fue tomando los modales de aquella gente y aquel aspecto estilizado con su gusto refinadamente italiano dio como resultado a una mujer que los más elegantes se miraban como a una de ellos. En casa siempre había tenido su máquina de coser y con cuatro arrapos hacía prendas de vestir que parecía que salieran de una modista profesional, pero ella quería más sin conformarse en el trabajo de una simple costurera y mientras vivía en Reus estudiaba en una escuela de nocturna contabilidad, eran clases que se daban en la parroquia para niños pobres y personas que querían salir de su propio agujero.

          A partir de un novio transportista que tenía mi abuelo en una de sus tiendas, ella entró de dependienta y chica para los recados, pero eso de los números se le daba bien, por eso al poco de estar allí le ofrecieron un puesto de administrativa. Mi tío Paco la conoció allí, fue un flechazo, se enamoraron tan solo verse, él aun no conocía a Romualda, pero Sabrina era más como él, echado pa lante, pretencioso y con aires de grandeza. Él intento llevar aquello como un secreto de estado, pero mi abuela María Rosa se enteró a la primera y aconsejó a su hijo que dejara aquella relación, ya que Sabrina además de guapa, era de aquellas que le gustaba que todos los hombres le tiraran piropos y María Rosa no quería que su hijo se equivocara con una relación, predestinada al fracaso, Paco era guapo, pero no para tirar cohetes y aquella mujer de aquellas que los hombres se giran cuando pasa, a menudo vestía en minifalda y sus piernas eran la atracción de Sabadell. Mi familia siendo rica quizás algún día no estuviera a la altura de una persona tan presuntuosa y mi abuela que conocía a su hijo temía que aquello acabara mal.

          A pesar de las recomendaciones de María Rosa, Paco cada vez estaba más prendado de Sabrina y la empezó a invitar a restaurantes de Barcelona, siempre a escondidas para evitar que su madre pensara que aquello continuaba. Paco ya llevaba a sus espaldas un par de fiascos en relaciones que habían acabado mal y un accidente de coche en una noche de borrachera que tras saltar por un puente, la chica que iba con él y que desconocía al completo apareció muerta a su lado en el mismo vehículo. Si mi abuelo Pedro se llega a enterar lo deshereda, por eso escondió el cadáver para enterrarlo en el Misal, lo puso en una zona donde la tierra era húmeda y sabía perfectamente que el cadáver se descompondría rápidamente, él no llegó a saber nunca el nombre real, pero al cabo de unos día salió la noticia de una chica de Terrassa que había desaparecido, trabajaba de sirvienta en una casa señorial de la ciudad, pero no salía el nombre por ninguna parte y él se quedó con eso.

          Paco recordaba que había estado bebiendo insaciablemente con aquella sirvienta, dejándola prácticamente borracha y cuando la tuvo a su merced la violó, ella estaba tan bebida que prácticamente ni se enteró del acto, pero cuando volvían para Sabadell ella en un momento de lucidez empezó a gritar que aquel hombre era un violador, él le dio un golpe con la mano y ella al defenderse perdieron el control de su vehículo saltando por un puente, él tuvo tiempo de saltar del coche antes que cayera haciéndose algunos rasguños, pero ella quedó muerta en el acto. Era el primer asesinato de aquel animal, alguien podría decir que se trataba de un homicidio involuntario, pero nadie llegó a saber lo que realmente pasó porque cuando la policía encontró el vehículo no había ninguna chica por aquellos alrededores, ella quedó desmayada con arañazos y heridas de sangre por todo el cuerpo pero aun estaba viva cuando Paco la vio, a pesar de ello afirmaba que aquel depravado que tenía delante la había violado, por eso ante una crisis de rabia, Paco la estranguló con las dos manos hasta dejarla sin respiración, como era de noche se fue andando hasta un almacén que mi abuelo tenía cerca de aquella zona, allí tomó un vehículo cargando posteriormente el cadáver en el maletero para enterrarlo donde él ya sabía que lo haría.

          Por aquel entonces la policía no tenía los medios actuales para investigar un asesinato y en el periódico local solo salió una noticia donde salía el coche de Paco bajo un precipicio y ponía en letras grandes: Hijo de empresario salva la vida de manera milagrosa tras saltar con su vehículo por un puente de la carretera de Terrassa. La desaparición de aquella criada se escondió enseguida porque un dictador gobernaba por aquel entonces nuestro país y no interesaban noticias de desapariciones, la gente necesitaba vivir tranquila. Los padres de la sirvienta fueron sobornados por la policía en poner el padre en la cárcel si hacían algún tipo de declaraciones adversas a la política del régimen, dándola por desaparecida sin más. Además en aquella época de vez en cuanto desaparecían personas por razones políticas y nunca nadie sabía donde habían ido a parar, después salían de la cárcel sin más pero la gente ya no preguntaba.

          Aquel incidente quedó en el más estricto anonimato, igualmente mi abuelo constantemente sobornaba a las autoridades para que le dejaran entrar piezas y electrodomésticos del extranjero que era imposible adquirirlas en otras tiendas. Aquellos pagos habituales a la policía durante épocas señaladas del año como Navidad, hacían que nunca se sospechara en nada referente a mi familia.

          Ahora los ojos de Paco estaban centrados en Sabrina, ya ni se acordaba de aquella sirvienta ni de las veces que se iba a una casa de prostitutas para violar a todas las mujeres que trabajaban en aquel burdel. Era un hombre violento en sus relaciones y que al mismo tiempo parecía el más sereno que nunca hubieras podido conocer. Mediante unos amigos conoció a Romualda, una familia bien ida muy a menos, con muchos hermanos y un padre que parecía de la alta sociedad. La chica era gordita, podríamos decir que con algo de sobrepeso, en cierta manera parecida a Sabrina pero con treinta kilos de más, también morena, con los brazos rechonchos y unas piernas que si alguien se las miraba eran por lo rellenitas. Mis abuelos veían con buenos ojos aquel enlace creyendo que su hijo era la persona ideal para aquella mujer, sabían que era violento con las mujeres, eso se percibe fácilmente cuando vives en una ciudad pequeña y provinciana como era en aquellos años Sabadell. Romualda era una mujer de aquellas que se dice con un par de cojones, un fuerte carácter que hacía que Paco se convirtiera ante ella un cordero, ella consiguiendo lo que quería se enamoró fácilmente de mi tío sin que él se diera cuenta.

          Sabrina cuando conoció a Romualda se puso muy nerviosa porque veía que aquel partido lo estaba perdiendo, necesitaba más de Paco y no se conformaba en ser la segunda de una relación con un hombre casado, tenía que llamar la atención de competencia, preparar algo para que la hipotética mujer de su jefe se diera cuenta que su novio salía con otra, mientras pensaba en algo, Paco se presento en su oficina presentando a su futura esposa llevando una alianza de prometida, como se trataba de una familia muy conocida de Sabadell enseguida los demás trabajadores felicitaron la futura pareja, Sabrina se comportó como una auténtica señora dando un par de besos al que a diario se llevaba a la cama, la boda se realizaba antes de lo que nadie esperaba, mientras, Paco aun salía con Sabrina prometiendo lo imposible, todo acabó en una discusión en la carretera, él conducía un nuevo deportivo que tenía tras destrozar el antiguo vehículo, ella a media discusión pidió que parara el coche que necesitaba que le tocara el aire, el matrimonio con Romualda estaba estipulado al cabo de un par de meses, era ya imposible que aquel niñato pijo dejara a su mujer ante el altar, Sabrina salió del coche negándose a entrar, él aprovechó el momento para disimular que se iba solo sin ella, dando la vuelta a la primera curva, por la carretera no pasaba nadie y al ser oscuro era del todo imposible que nadie apreciara nada, todo fue muy rápido atropellando dejando muerta a Sabrina en un solo golpe, llovía un poco y el suelo enseguida quedó lleno de sangre, él como si ya tuviera costumbre en este tipo de situaciones metió el cadáver en el maletero del vehículo. Al cabo de una hora debía estar en casa de los futuros suegros preparando planes para la boda, cuando llegó llovía a cántaros y el coche no parecía que hubiera chocado con nada, estaba limpio y reluciente.

          En casa de Romualda ante los nervios empezó a beber más de la cuenta y uno de los hermanos de su futura esposa, Luís, le acompañó hasta su casa en coche para que no chocara por la  carretera. Ante un Stop, Paco se desmoronó explicando al hermano de Romualda lo que había hecho, éste propuso deshacerse del cuerpo enterrándolo en una zanja de la carretera. Paco conocía un sitio que la tierra ya estaba húmeda, el mismo lugar que él ya había enterrado a otra. Con la ayuda de Luís sacaron el cuerpo del coche y lo llevaron hasta el sitio indicado, llevaba meses lloviendo de manera que hacer el agujero no fue muy difícil y cubrirlo con tierra aún menos, a pesar de ello acabaron que ya despertaba el día, los dos se fueron a dormir a la casa de El Misal, allí había una sirvienta que les preparó las camas, se despertaron a mediodía y ya tenían la ropa planchada para ponerse aquel mismo día. Aquello Luís no lo olvidaría jamás y cuando las cosas ya de mayor le empezaron a fallar, tío Paco siempre estuvo a su lado ayudando a sus hijos y estando siempre a disposición.

          Nunca había entendido el aprecio excesivo que le tenía la Pájara a su hermano Paco, cuando invirtieron en su concesionario de electrodomésticos, él los trataba relativamente bien, pero siendo la concesión que daba más dinero del país con numerosos premios por sus grandes ventas, mis padres siempre recibieron la misma cantidad año tras año por aquella inversión. Aquellos pajarracos que no me perdonaron ni una a mí que nunca les había robado, eran completamente condescendientes con mi tío que ya llevaba años repartiendo siempre los mismos beneficios y no es que siempre repartiera el mismo tanto por ciento si no que daba la misma cantidad de dinero y su hermana sin protestar. Incluso mi padre apenas casarse con mi madre compró un carro de madera a un vecino de la finca, éste lo tenía en una cochera que antiguamente había habido una granja de conejos, tío Paco cuando se hizo su casa arriba también en la finca lo tomó prestado como si fuera suyo de toda la vida, mi padre no tuvo los cojones de protestar ante aquello, quedando aquel armatoste a sol y sombra en el exterior de su nueva mansión. Allí con los años fuimos viendo como se carcomía y la lluvia lo gastaba hasta no quedar nada, no tuvo ni la osadía de pintarlo, él ya lo sabía que era de mi padre, pero necesitaba demostrar que lo podía tomar todo prestado y dejarlo abandonado ante los ojos atónitos de mi familia.

          Ahora veo que además de ser mi tío era un loco que tenía aterrorizados a mis padres ante la perspectiva que contara lo que hicieron con aquel hombre que me violó de pequeño. Una familia llena de engaños y de mentiras que se entremezclaban para conseguir el propósito de los fuertes ante los débiles. Yo era el más débil de todos, el culpable que mis padres tuvieran que asesinar a un hombre, el culpable que mi tío los tuviera acorralados, el culpable que en la escuela no me adaptara, el culpable que acabara teniendo relaciones homosexuales, el culpable que me casara con aquella loca, el culpable que su vida no fuera feliz ante las consecuencias que les podían acarrear sus actos viles. Por eso tío Paco cuando me amenazó diciendo que mis padres ya no me volverían a ver jamás, era porque él sabía lo que habían hecho y que su poder de influencia era decisivo para apartarme de sus vidas.

          Lo que nadie podía predecir era que yo encontrara a Pierre, que contara a todo el mundo de manera abierta mi homosexualidad, que gracias a mi constancia en hacer las cosas llegaría a escribir una novela y lo peor de todo era que ese libro se pudiera llegar a publicar. Al principio con un libro fue todo un boom, pero para empeorar escribí otras y en dos años ya tenía publicadas cinco novelas, con esto hubo un antes y un después, mi familia ya no me hablaba, solo contactaba una vez al mes con mi madre teniendo cortas charlas en su coche delante del ayuntamiento de Matadepera, ya que ella no se atrevía a venir a visitarme a mi casa. Con mi hermano el contacto era nulo, sin apenas conocer a sus hijos, los pajarracos llevan años sin dejarme ir a su casa, mi padre me tenía abandonado como si yo hubiera dejado de ser hijo suyo.

          Mi vida desde que no hablo con mi familia ha mejorado sustancialmente y las cosas cada vez me van mejor, tengo un hombre, Pierre, y un espíritu, Juan. Entre los dos tengo a una familia, mi novio por Navidad me invita a visitar a sus padres a Nuevo México, viven en una zona muy agradable de Santa Fe, con los años se fueron trasladando sus tíos y parte de su familia se encuentra allí. Las navidades son una mezcla de Norte América con un sabor mexicano y raíces afrancesadas, la grandeza de un gran país en una sola familia.

          Juan es mi ángel, mi consejero, mi protector y yo hago siempre lo que él me manda, Pierre ya lo ha aceptado como tal dándose cuenta que desde que lo tenemos las cosas nos están mejorando día a día. Mis conversaciones con Juan son las que podría tener con hombre, noto su presencia, lo veo y me aconseja sobre todo. De momento debo seguir escribiendo novelas sin dedicarme a hacer de vidente ante los que tengo a mi alrededor, si me alguien me pregunta yo respondo haciéndoles una videncia, pero mi momento está por llegar.

          Vivir con un ángel es una maravilla y los que somos como yo, llenos de inseguridades sin saber nunca hacia dónde tirar, él me hace de contrapeso ayudándome en todo lo que se refiere a mi vida diaria. Un martes pregunto a Juan si el sábado bajaremos a Barcelona, el me contesta que es improbable y Pierre el jueves sin más me propone ir el sábado a Andorra, respondo que Juan ya me había advertido que fin de semana no bajaríamos a la capital. Es el mismo martes y está muy nublado como para llover, el hombre del tiempo ha dicho que se pasará el día lloviendo, pero en casa en aquel momento no cae agua del cielo, el suelo está muy mojado y una neblina de humedad cubre todo el pueblo, le pregunto a Juan si puedo ir a correr por el campo las dos horas diarias como hago todos los días, él me responde que no me mojaré y que no es ni necesario que traiga impermeable. Hago caso a quien me aconseja y saliendo de casa me encuentro a un vecino advirtiéndome del tiempo, durante todo el trayecto no llego ni a mojarme, de vez en cuanto cae un poco de lluvia pero es diminuta y no dura ni dos minutos, llegando a casa las calles están mojadas con grandes charcos, el mismo vecino me ve llegar aparentemente seco, mis perros al meterse por todas partes parece que se hayan metido en una alberca, el vecino me repite que ya me lo había advertido y yo le contesto que no me he mojado en todo el rato, que arriba estaba bastante seco pero que aquí parecía que hubiera llovido, el comenta que al cabo de diez minutos de verme salir había empezado a llover a cántaros.

          Preguntar a mi ángel por el tiempo siempre lo hago, me dice si necesitaré un jersey, si los zapatos son demasiado gruesos en verano, si es mejor tomar el paraguas, si la chamarra que llevo será suficiente, absolutamente en todo y siempre acierta, yo calculo que sus errores oscilan en eso del tiempo alrededor de un uno por ciento, lo más curioso de todo es que hago las mismas preguntas si voy a Nueva York o a Cancún y él sigue acertándolo de la misma manera en la ropa que debo llevarme para el viaje.

          No hay preguntas tabú, lo puedo saber todo de todo el mundo, a veces me equivoco pero no son errores reales, se trata de hablar con gente diciéndoles su situación económica y ellos no quieren aceptar que yo lo haya acertado, pasa lo mismo con situaciones de moralidad, de amor y de otras maneras de ser de las personas. lo mejor de todo es cuando hago de vidente no es necesario que pregunte nada, me da igual el nombre, los apellidos, el día de nacimiento, la foto, solo con la voz acierto cosas sobre aquellas personas que ellos serían incapaces de aceptar, digo maneras de ser que ni por asombro yo con mi síndrome podría llegar a acertar, incluso por internet hablo con gente latinoamericana que nunca he visto en vivo ya que viven en Argentina o El Salvador y solo con una foto suya puedo decir su estado de ánimo hablando de su familia como si la conociera de toda la vida, incluso la imagen que me enseñan puede ser de hace veinte años, y siempre mostrándome la misma al cabo de unos meses les puedo decir si su situación ha mejorado o empeorado, cosas totalmente imposibles de predecir a no ser que una energía exterior me ayude.

          Cuando conocí a Juan, lo veía con mucha facilidad sin tener que concentrarme, él me contó que mi vida cambiaría mucho en estos próximos años, lleva años repitiéndome como será mi futura forma de vivir, advirtiéndome de los peligros. Soy clarividente y eso hace que sea vidente-médium que veo tanto a los muertos que están a nuestro alrededor como los espíritus protectores sin necesidad de concentrarme. Hace un año el poder de protección de Juan se fue gastando, como si se tratara de una bombilla que no ilumina lo suficiente, no me dejaba entrar a algunas iglesias y según que sitios me aconsejaba que no me acercara, dentro de algunos centros religiosos notaba como ahogo, como falta de aire. Él me seguía hablando pero no era capaz de protegerme lo suficiente, esto al parecer Dios lo vio y lo solucionó dándome otros ángeles protectores, se me aparecían repentinamente cuando menos me lo esperaba hasta conseguir doce para cerrar el círculo, todos ellos hablan en una sola voz. Estos doce son los que me protegen de manera inmediata, yo hablo con Juan pero su voz única es la conjunta de los doce. A partir de aquí se fueron doblando de doce pasé a veinticuatro, de veinticuatro a cuarenta ocho y así sucesivamente hasta conseguir los miles que tengo ahora, hay tantos que para verlos debo concentrarme unos segundos, haciéndome un pasillo y se quedan a mi lado para protegerme.

          Gracias a ellos tengo la vida que nunca había tenido, la gente es amable conmigo, me respeta, me saluda y todos aquellos que en un día se rieron de mi por mi manera de ser ahora admiran donde he llegado, el respeto que nunca conseguí con mi familia ahora lo tengo con los demás, me veo como un avión que va despegando desde un aeropuerto, como aquel negocio que alguien monta y va en viento a toda vela, no espero que mis padres me acepten ya que según Juan yo nací de rebote por una previsión de un presente, pasado y futuro escrito de antemano por alguien mucho antes que yo naciera. Aquel par de pajarracos solo tenían que tener un hijo, Carlos, el heredero, el guapo, el inteligente, seguro que miles de veces se les ha pasado por la cabeza que mi nacimiento fue un error, algo que nunca tuvo que haber pasado desconociendo el proceso que les llevó a tal error.

          Una vez escuché que el hijo es quien escoge a los padres, esto parecerá increíble pero mucha gente cree que esto es así, en mi caso paso algo parecido, como si se escribiera un libro, mucho antes que yo naciera, mi otro yo empezó a inventar la historia de un niño que se haría hombre, tenía que tener una vida difícil y este fue mi caso, todas las complicaciones unidas por un mismo filo. A veces pienso que mi vida hubiera podido ser muy sencilla, tanto como lo fue la de mis padres. Con una familia acomodada, con una situación privilegiada, si me hubieran dado un poco de dinero, tan solo lo que prometieron, ahora tendría una vida repleta de placeres y mis padres no se hubieran arruinado, podría verlos a menudo, almuerzos familiares, niños correteando por casa y una vida de lujos, pero de la misma manera que mi otro yo escogió una vida complicada, mis padres se la han complicado más de lo que nunca se podrían llegar a imaginar. Ya lo dicen, si no tienes problemas te los buscas, pues este par de pájaros se los buscaron todos, ahora tienen un nivel de felicidad muy bajo, con muchas inseguridades y todo porque ellos lo han querido.

          A veces andando por la calle pregunto a Juan sobre los demás con un baremo de uno a diez, mi nivel de felicidad es diez, pero a menudo me encuentro con gente que sonríe por la calle, que te habla con una sonrisa pero que su nivel de felicidad no llega a tres. Normalmente para tener una felicidad de cinco se debe estar con pareja estable, de allí fácilmente se llega a un ocho o nueve con un máximo de diez, sin pareja estable la felicidad es prácticamente imposible que supere el cuatro. Esto no significa que todos los que tienen pareja estén a un mínimo de cinco, teniendo pareja tu felicidad puede oscilar entre uno y diez. Hay personas que llevan ya muchos años juntas pero que su nivel de felicidad ha ido bajando con los años, casi no se hablan y cuando lo hacen es para discutir en estos caso la felicidad baja hasta tres, dos o hasta incluso a uno.

          En esta vida lo más importante no es la salud, ni el amor y ni mucho menos el dinero si no la felicidad, puedes vivir rodeado de una familia que dice te quiere mucho, pero tú no notar tal amor, con una salud de hierro, pero siempre pensando que estás enfermo, rodeado de todos los placeres que te puede dar el dinero, pero pensando que no eres suficiente rico.

          Papá siempre me decía que debía conformarme, esto es algo que él nunca ha practicado consigo mismo, si lo hiciera ahora sería el hombre más feliz del planeta. Yo que ahora no tengo ni una veintena parte de su fortuna, mi felicidad es de diez sobre diez, valorando cada día, hora y minuto de mi existencia, agradeciendo constantemente la suerte que tengo, me enamoro cada día de Pierre cuando lo veo sonreír, a veces ríe sin más, yo también lo hago. Por suerte o desgracia mía siempre he tenido el mismo síndrome que me ha permitido vivir una vida de felicidad ante las muchas desgracias que he pasado, igualmente ahora tengo lo que nunca tuve. De pequeño muchos niños de la clase me habían repetido que yo había nacido con una moneda bajo el colchón, siempre me veían feliz y sonreír, pero no lo era, a mi me ha llegado de mayor y sé que hay gente que no les llega nunca, pero no es culpa de las circunstancias, ni de los que les rodean y ni mucho menos del gobierno, si no de nosotros mismos que no aceptamos las cosas tal y como nos van llegando. Muchos dirán que esto lo dice quien se ve como un cohete que se va para el espacio, pero en realidad siempre he buscado esa felicidad.

          En mi vida solo he pasado dieciséis años escolarizado y los peores fueron desde los ocho hasta los catorce, es decir que no superaron los seis. En la vida de un hombre normalmente esto no es ni una décima parte de lo que vivirá y por lo que han vivido mis abuelos, mis aspiraciones de vida van mucho más allá, pero a pesar de ello, son unos años que te pueden marcar mucho como persona. Para mi fueron como una enfermedad, el cáncer de mi vida, la infelicidad llevada al extremo, mientras que para la mayoría de compañeros de clase se trata de los mejores años de su vida. A veces paso en coche por delante de aquella escuela, se trata de una carretera muy transcurrida cerca de mi casa que por suerte no tengo necesidad de usar, es muy fácil acercarme e incluso podría ir caminando, ya que a pesar de quedar en medio del bosque me queda a menos de dos kilómetros. En cambio aquel colegio mixto que pasé la infancia me queda más lejos pero siempre que voy a Terrassa intento pasar por delante recordando aquellos buenos momentos, la vida se caracteriza por tener buenas y malas experiencias rodeadas de cientos de miles que pasan desapercibidas. Sabiendo mis padres que yo lo pasaba tan mal en mi segunda escuela, yo me pregunto: ¿Por qué no me cambiaron a otra que yo me sintiera mejor? Unos dirían que era porque les daba igual mi felicidad, yo ahora escribiendo esta novela veo que en realidad disfrutaban viendo lo mal que vivía, era su manera de vengarse por lo que según ellos tuvieron que hacer por mí, por el sacrificio de perder lo que ellos consideraban una buena sirvienta que a pesar de destrozarme mi infancia, ellos podían vivir tal y como siempre habían querido.

          Ahora todo es consecuencia de lo mismo, prefieren tenerme lejos por lo que Anabel un día les dijo, por que según ellos yo les hice. No viéndome están más tranquilos porque si no me ayudan lo suficiente viven mejor, un poco como aquel gobierno que hundió un petrolero ante las costas gallegas, bajo el mar nadie lo veía pero seguía desprendiendo petróleo y contaminando las costas. Ellos no me ven, pero eso les corroe, piensan que sin mi estarán más tranquilos, en una cosa tienen razón, yo sabiendo que ellos no me quieren les puedo olvidar con más facilidad, de vez en cuanto les recuerdo que existo insistiendo en una visita puntual, pero ellos se aferran en aquellas ofensas de cuando estaba con Anabel. Ahora por fin les daré un motivo según ellos realmente válido al verse reflejados en esa novela, la pájara me llamará horrorizada ante tal escándalo, esta vez no sollozará teatralmente por teléfono, lo hará con motivo, expresando su manera de ser, demostrando que este escrito es una falsedad y sobretodo excusándose por algo que según ella nunca sucedió.

Capítulo 5

          Cuando de pequeño iba a la escuela de primaria hasta los ocho años fui un niño feliz, era un sitio que me divertía, con amigos y amigas, y todo el mundo creía que era como los demás, pero ya había pasado por tocamientos y violaciones constantes por parte de un hombre hasta los tres años. A veces escuchas gente que te dice que a esta edad no puedes recordar nada, lo borras de la memoria como si fuera algo que nunca ha sucedido. Mi cerebro no es como un ordenador que tras entrar un virus, le pones un programa que te lo elimina y con un reset desaparece para no volver jamás. Esta la conciencia, los sentimientos y el cariño hacia uno mismo. ¿Cómo puede quedar el amor propio de un niño que ha sufrido constantes violaciones hasta los tres años? Pues como yo, alguien sumiso que nunca desea la pelea, que le aterra la confrontación y que por supuesto tiene un miedo atroz a que los demás le hagan daño.

          La pregunta del millón es: ¿Si no me hubieran humillado y violado antes de los tres años de edad, sería igual que ahora? Seguro que no, tendría el mismo síndrome de nacimiento, seguiría siendo probablemente homosexual, pero lo más seguro es que mi carácter sería más duro, violento y no tan pasivo. Lo más probable es que las primeras veces que aquel pederasta me tocó, me comportara de manera violenta, pero con el tiempo mi carácter debió ir cambiando para convertirse en lo que es ahora. A los tres años el carácter de una persona ya está totalmente formado, si no hubiera pasado por ese trauma no tengo ni la más mínima duda que mis padres nunca se hubieran portado tan mal conmigo, siendo más responsables, amables y cariñosos.

          Aquel par de pajarracos que ya no estaban preparados para ser padres, aquello les fue fatal y jamás lo superaron, un niño así necesita más que los demás, amor, abrazos y sobretodo cariño para que pueda olvidar que un día fue humillado por un hombre cincuenta años mayor que él. Aún recuerdo la primera vez que mi hermano me insultó, fue cuando mis padres estaban echando a la sirvienta, Carlos tenía pasión por ella, aquella primera vez que me dijo burro me caló, él, que antes me defendía ante los demás, era el mismo miraba cuando aquel ser despreciable me tocaba, se quedaba en la puerta del pasillo, de pié, visionando hacia el comedor, mirándome con terror en los ojos, es una imagen que me ha quedado grabada de por vida. Para aquel niño de seis años, yo fui el causante que echaran a Josefa, despreciaba a su hermano porque aquello revolucionó su vida, dejándolo solo con aquellos depravados que eran sus padres, los que habían permitido aquel desastre en su vida y toda la culpa era de Víctor, si él no hubiera confesado, si se hubiera estado callado, si mi madre no llega a venir antes de lo previsto, todo hubiera continuado igual, él jugando con Josefa mientras su hermano crecía con el temor de volver a ser manoseado.

          El día que echaron a Josefa, yo estaba detrás de la puerta del cuarto de jugar, nos habían cerrado dentro para que no viéramos como se iba, Carlos lloraba y yo no entendía nada, allí de pie ante aquella puerta con aquel alboroto de gente, estaba tío Paco que sacaba las cosas de aquella desgraciada de casa, él le había encontrado un marido para que se casara enseguida, una niña de dieciocho años acabados de cumplir, con un miedo terrible a ser tocada por un hombre, una víctima de la sociedad, ahora se vería obligada a vivir con alguien que no podría soportar, ¿Y si tenía hijos? ¿No hubiera sido mejor cerrarla a un hospital para locos? Pero ellos eran los propietarios, como si se tratara de una esclava, la vendieron al mejor postor. Como aquella empresa que contamina aguas subterráneas y como nadie lo ve, ellos continúan. ¿Qué pasaría a partir de entonces con los posibles hijos de Josefa? ¿Serían víctimas de un nuevo pederasta? Eso mis padres lo desconocían y les daba igual, lo que ellos querían era deshacerse de aquella enfermedad, echarla de casa sin eliminarla de la sociedad ¿Y los demás? Pues los demás que se jodan.

          Carlos siempre repetía que quería volver a ver a Josefa, yo como si fuera un robot decía lo mismo que mi hermano. La pájara nos contaba que estaba felizmente casada en Sabadell, pero para nosotros esto no nos era suficiente, yo casi ya no la recordaba, habían pasado más de dos años y mi hermano aun insistía en verla, él la llamaba Josefita para que la ex sirvienta se enfadara, Carlos tenía muy buenos recuerdos, de cuando íbamos a la playa y mis padres se la llevaban a un apartamento que compartíamos con la criada, mamá vivía como una reina, sin tener que preparar comidas, ni limpiar la casa, ni planchar la ropa, su vida era la de una auténtica señora y para no cambiar, durante las vacaciones se la llevaban para que continuara con su trabajo. Los pajarracos aun me cuentan aquellos apartamentos donde íbamos antes de ir al hotel a primera línea de mar, pero sin que aquello fuera un cinco estrellas, ellos vivían mejor que nadie, con una sirvienta que les preparaba todo como si estuvieran en el mejor hospedaje.

          En casa, aunque hubieran echado a aquel ser depravado siempre conservaron la campanita que utilizaban desde el comedor para que Josefa les atendiera mientras ellos estaban comiendo, una vez sentados se tocaba la campana para empezar el servicio, esta acción se repetía siempre que mis padres necesitaban algo, a mi me lo contaban con anhelo, como si se tratara de algo que jamás podrían volver a repetir, alrededor de los diez años de edad siempre había creído que mis padres se habían desprendido de Josefa por un tema de presupuesto, como si fuera algo que ya no se llevaba, algo anticuado, pero posteriormente me enteré que sus hermanos (mis tíos) continuaban teniendo servicio, yo a pesar de verlo en casa de tía Silvia, la hermana de mi madre, veía aquella persona que la ayudaba como a un incordio, como si fuera alguien prescindible, pero ahora de mayor veo que todo fue causa de mi desgracia y digo que fue mía porque por los demás solo era un incidente, algo olvidable y con muchas mentiras podrían hacer creer a sus hijos que tener alguien en casa que no sea de la familia, no merece estar. En aquel piso una de las habitaciones aun la llamamos el cuarto de Josefa siempre refiriéndonos a la habitación del servicio, en los últimos años mamá sustituyó aquel nombre terrible por el de la plancha, por suerte mi madre nunca tuvo una amiga con aquel nombre, seguro que ya no la habrían contratado.

          Mi abuela María Rosa vivía en Sabadell, para nosotros a pesar de vivir en Terrassa, era una ciudad próxima, los términos municipales se tocan y de un centro a otro en coche no se tarda más de diez minutos. Para los dos hermanos estaba muy cerca y los accesos no eran nada complicados, por eso Carlos no entendía porque mi madre no quería ir a visitar a Josefa. Pero los hijos a veces pueden llegar a insistir mucho siendo muy pesados para una madre que nunca hubiera tenido que quedarse embarazada. De un día para otro nos dijo que íbamos a visitar a Josefa, vivía en un barrio obrero de Sabadell, en una zona degradada con subidas y bajadas, donde las casas estaban construidas unas pegadas a las otras por los mismos que las empezaron a habitar. Todo muy sencillo pero suficiente para vivir con una cierta dignidad, nuestra llegada no fue calurosa, ella nos recibió de manera fría, yo ya no la recordaba, ella ni me miró, solo estaba pendiente de Carlos, como si se tratara de su propio hijo, a mamá la trató con menosprecio y fue la manera que no volviéramos jamás a verla. La Pájara aun se queja hoy en como la trató, alabando su destreza al encontrar un hombre ideal para Josefa, un transportista, alguien que quisiera merecer aquel monstruo, por supuesto que a su marido nadie le dijo que había hecho su mujer quedando todo escondido en un recuerdo. Desde entonces mi hermano dejó de respetarme, cada vez me defendía menos ante los niños de la clase, él era más alto, valiente y nunca nadie había abusado de él, yo en cambio era el débil, aquel que cualquiera se puede burlar con facilidad.

          Para mis padres todo aquel episodio fue demasiado grave para ellos, tuvieron que encontrar una solución para eliminar las pistas de aquel depravado, lo fácil hubiera sido llevarlo a la policía, era durante la dictadura y aquel hombre no hubiera salido vivo del cuartel, no habría habido juicio y aquel par de pajarracos nunca se hubieran tenido que manchar la manos. Todo fue culpa de Paco, ellos, dos pobres inocentes verdugos, tuvieron que atraer a aquel pederasta hasta su casa, incluso lo ensayaron varias veces para que aquello fuera fácil de realizar, días antes del atentado cavaron un agujero en el campo, suficiente profundo y grande para que cupiera un cuerpo humano, compraron varios sacos de cal para la ocasión, no querían que quedara nada de todo aquello, lo prepararon concienzudamente esperando que todo fuera tan simple como una película en blanco y negro, esta vez ellos serían los protagonistas, sin dobles ni escenas falsas. Tío Paco era un asesino de sangre fría, después de un par de semanas de odio reprimido, mataba sin contemplaciones, pero ellos no eran así, tenían la sangre más caliente, esperaban que todo funcionara a la perfección sin fallos. Ni se plantearon que días antes ya no podrían dormir y que les nervios les corroerían mientras vivieran, estaban ciegos de odio por la desgracia que les había caído.

          La bodega quedava en la parte trasera de la mansión modernista, para acceder al coche se tenían que subir unos veinte escalones, eso hacía que el párquing quedara bastante por encima de la casona, desde el se podían ver las habitaciones del primer piso. Un taxi tenía instrucciones que le dejara allí al anochecer, era un día entre semana y todos los inquilinos estaban fuera, mis padres llevaban horas preparando el escenario. La parte trasera del edificio estaba a oscuras de manera que solo se veía la luz que salía desde la bodega, al quedar en una zona más baja y disimulada por un muro, aquel reflejo iluminaba tenuemente la zona de aparcamiento. El hombre tras dejar que el chofer se fuera, gritó repetidamente:

          -¡Hola! ¿Hay alguien?

          Mamá respondió gritando:

          -¡Si, estoy aquí! ¡Ya puede bajar, tengo lo estipulado en esta maleta!

          Se notaba que era la primera vez que ella hacía algo así, porque la discreción no fue algo que simpatizara con su manera de ser, parecía saber concienzudamente que no había nadie que la pudiera oír. La víctima se acercó hasta allí con un revolver en la mano, era una pistola de la guerra civil, la tenía de cuando fue a la batalla del Ebro, en aquella ocasión no la usó, se quedó escondido en una zanja durante días esperando que aquello acabara, pasando más hambre que nadie, hasta que los bombardeos terminaron, después de una semana sin moverse de allí dentro, salió al exterior, ya no había nadie, solo restos de cadáveres por las cunetas, robó aquella pistola de uno de los muchos desgraciados que descansaban allí, por tanto no la había usado nunca desconociendo siquiera si funcionaba. Hubiera podido coger lo que quisiera pero se conformó con una arma, tenía tanto miedo que lo apresaran que la escondió bajo tierra en la esquina de una pared de un cementerio, su intención era buscarla más adelante cuando todo aquello hubiera terminado y lo hizo un par de años después, pero cuando ya la tenía en sus manos la volvió a dejar en el mismo sitio por miedo a que pensaran que la había robado. Hasta pasados más de diez años no volvió para recogerla, estaba oxidada pero él en su casa la limpió pareciendo estar en un estado bastante razonable, al desconocer por completo las armas de fuego, no sabía que aquello era indisparable y por mucho que tuviera balas en su interior solo podría matar a golpes de culata. Pero eso por suerte de los pajarracos él no lo sabía y se dirigió hacia el interior de aquella bodega sujetando el arma con las dos manos.

          Mamá esperaba encontrarse a un hombre desarmado, pero bajando por aquellas escaleras se encontró con alguien que la apuntaba, ella tenía un maletín abierto al lado donde se podían ver bastantes fajos de billetes.

          -Señora no sé porque quería que nos encontráramos aquí, pero he venido armado, no quiero encontrarme con ningún susto.

          Mi padre que siempre ha padecido del oído, tenía que entrar detrás de él con un mazo en la mano para golpearle mientras bajaba por las escaleras. Al ser tan oscuro el pajarraco no vio la pistola desconociendo que había una pero cuando fué a golpear no pudo, el pobre no tenía lo que se tiene que tener para cometer un crimen tan atroz, el pederasta se dió cuenta de ello e intentó disparar contra mi padre sin que saliera ninguna bala de aquella pistola, de golpe apareció Paco como por arte de magia y golpeó con todas sus fuerzas contra la espalda de su víctima con otro martillo que nadie sabía de donde había salido, era de hierro causando males irreparables sobre la espalda y nuca del pederasta, ese intentó volver a disparar aquella reliquia que llevaba entre las manos, pero muy a su pesar suyo se encasquilló sin obtener resultado de tal tentativa. Cayó al suelo como si fuera un saco de patatas dejando una gran mancha de sangre sobre aquellas baldosas, el individuo no respiraba, se quedaron un rato esperando. Más tarde se dieron cuenta que además de matar a un hombre habían matado algo más, algo imperceptible ante su presencia, algo que aquel par de pajarracos con los años irían descubriendo.

          Paco contó que mamá le había explicado su intención, pero que él sabía que ellos no serían capaces de cometer el asesinato, por eso se escondío detras de unas botas de vino que había en aquella bodega, aparcó su vehículo escondido en el bosque lejos de la casa esperando que mis padres no lo vieran. Los pajarracos estaban tan asustados que no tenían ni palabras para responder a lo que aquel ser había cometido. Mi tio ya tenía una historia preparada para tal suceso y no lo contaría hasta que el muerto no estuviera ya enterrado.

          Sacar aquel cadáver de allí no fue tan fácil como creían, era un hombre mayor, con más de cien kilos de peso, algo que por mucho que hubieran podido llegar a predecir en ningún momento esperaban encontrar, lo habían visto ya algunas veces pero eso de aquella masa corporal era algo que se les había pasado, con la ayuda de cuerdas y unos sacos consiguieron sacarle de la bodega, una vez fuera, llevarlo hasta donde habían preparado su tumba, fue largo y duro, se pasaron toda la noche faenando y cuando el día ya despertaba, acababan de llenar aquel hoyo. El dolor de espalda de aquel sobre esfuerzo les duró varios días y aquel acto tan impuro y desagradable les marcaría para el resto de sus vidas.

          Antes de volver a casa tras horas de silencio entre los tres, Paco contó lo que ya tenía preparado, aquello lo tenían que olvidar y nunca nadie sabría lo sucedido, pero aunque él lo hubiera matado, ellos eran cómplices, por tanto si aquello salía alguna vez de sus bocas, él alegaría que fué mi padre quien dió el mazazo final, que al final los tres acabarían en la carcel por igual. Los pajarracos habían dejado demasiadas pruebas cabando la tumba, sería muy difícil o imposible de demostrar que ellos no lo habían matado, por tanto la prisión sería un mal menor que tendrían que aceptar. Claro que ninguno de los tres quería tal cosa por eso a partir de aquel momento sus vidas cambiaron por completo. Paco se convirtió en álguien peligroso que siempre les amenazaba con las consecuencias de sus actos.

          Ahora entiendo porque me daba tanto miedo quedarme encerrado en aquella bodega, Juan me lo ha contado así. La muerte ocurrió allí dentro y es donde se muere que te queda el alma, por muy lejos que lo enterraran el muerto siempre seguiría allí, mirando como yo iba creciendo, hablándome cada vez que entraba, susurrándome mis miedos para que aun me asustara más. Aquella bodega es mi peor recuerdo que tengo de la casa, parecía hecho a propósito, las luces de aquel sitio se abren por secciones, al haber tres habitaciones cada una tiene su interruptor, con botas de madera antigua, con aquel olor a vino avinagrado, en la última sala que además tiene rampa hacia abajo donde almacenábamos las patatas que recogíamos de los campos, allí amontonadas, eran nuestras, de mi padre, del huerto que él siempre cultivaba.

          Recuerdo que cuando llegaba tío Paco algunos domingos para almorzar, se escapaba hacia aquella despensa cogiendo patatas como si fueran suyas, él siempre tomaba lo que era de mis padres como si se tratara de un señor feudal, a veces mi hermano y yo nos quejábamos ante mis padres pero ellos parecía que no le dieran importancia.

          Aquel par de pajarracos vendieron su alma al diablo, pero no al que platica la iglesia, no a aquel que no existe, ni al que se representa en forma de serpiente como si aquellos animales tuvieran la culpa de su manera de ser, se trataba de un diablo mucho peor, uno que les condicionaría la vida, uno que les obligaría a vivir con un yunque en el cuello, uno que se llamaba Paco y que era el hermano de mi madre. Éste siempre les recordaría aquel pecado, aquello que hicieron a un hombre que violaba a su hijo menor y que si aquel ser llamado Víctor no hubiera nacido, nunca se hubieran tenido que preocupar de todo esto. Su vida habría sido más feliz, su Carlos se habría convertido en el heredero universal de su fortuna y ahora podrían tener una vida placentera sin tenerse que arrepentir día sí, día también de ser cómplices de un asesinato que cometieron para el placer de un maníaco llamado Paco.

          Ya han pasado más de cuarenta años desde que pasó aquello, pero Paco aun está vivo y éste les amenaza con las miradas, entonces ellos callan y se unen más a aquel canalla. Solo faltó que yo le pidiera ayuda, pero se equivocó, me vio como a un cordero asustado, insistió que nunca recibiría ningún grado de discapacidad por mi síndrome. Pensó que aquel niño maltratado en todas partes siempre sería eso una pobre ovejita necesitando el calor de unos padres, por supuesto que nunca se le pasó por la cabeza que llegara a escribir una sola novela y mucho menos que me la publicaran, ahora a él solo le queda su orgullo y continuar despotricando a su sobrino ante la familia esperando que este libro nunca se escriba. Una historia de un niño gravemente maltratado por un pederasta, posteriormente por unos padres y un colegio, pero que al final encuentra su puesto en la sociedad, ganando un respeto que nunca obtuvo por todos aquellos que aparentemente le respetaban, aquellos que al parecer le tenían que proteger.

          Mis padres son una pobre gente, nunca tuvieron que casarse, no estaban preparados para ello. El pajarraco hubiera tenido que hacer aquello que platicaba y dedicarse a cuidar a su madre hasta la muerte y la pájara lo mismo con la suya, al menos no hubieran llegado a un punto tan bajo de infelicidad como ahora, el problema más grave no es que no haya amor, si no que ambos se odian a sí mismos. Los dos van siempre a misa a una iglesia que clama por el perdón y la clemencia, pero ellos nunca han perdonado a su hijo Víctor, porque por su culpa cayó la desgracia encima de la familia convirtiéndose en un par de complices de asesinato de alguien que consideraron que se merecía morir.

          Para papá yo quedé sucio, me violaron y humillaron, ya nunca podría ser aquel niño que conoció al nacer y después de lo que me ocurrió siempre que me ve sonreír ve la mirada de aquel pederasta tumbado muerto en el suelo, aquellos ojos que tuvieron que cerrar con las manos, aquel cuerpo que tuvo que acarrear con aquel carrito de obra. Ya nunca me ha visto como quien era, si no como a un personaje fuera de su órbita, cada vez que un niño me pegaba, el pajarraco pensaba en aquel hombre que me tocaba, cada vez que suspendía una asignatura o cuando me fijaba en un hombre, pensaba que todo era consecuencia de aquellos actos impuros que recibí por parte de un desconocido. Ya no volvería a ser aquel niño feliz, pero a pesar de todo Víctor sonreía, animaba las fiestas y siempre que estaba en casa era quien hablaba más.

          Mi hermano que no fue nunca violado se cerró en sí mismo, siendo un hombre callado, un comercial que le cuesta hablar y que siendo así, en momentos de crisis es más difícil ganarse la vida. Carlos se gana la vida para sobrevivir, los pajarracos pagan los colegios de sus hijos y su mujer se queda en casa esperando que su marido vuelva tras un duro trabajo. Mi hermano siempre ha sido un machista, quería una ama de casa y lo consiguió, mientras que la primera era una princesa, la segunda una criada acostumbrada a fregar, lavar la ropa, planchar, cocinar, llevar los niños al colegio y zurcir unos pantalones estropeados. Esta segunda se conforma con poco, sus padres cuando se casaron tan solo tenían la cama y de allí nacieron los cuatro hijos, gente sencilla, sin pretensiones, acostumbrados a vivir con poco.

          Al menos con mi hermano los pajarracos han conseguido lo que querían, un hijo con un sueldo mísero casado con una mujer pobre y con dos hijos que dependen mucho de la hospitalidad de los abuelos. Pero Carlos es como mis padres y les paga siempre con la misma moneda, les avisa con tiempo que irán a pasar el verano en su maravillosa finca y cuando ya lo tienen todo a punto, se excusan en la suegra viuda y van a un chalet que tiene la mujer, allí los niños se juntan con todos sus primos quedando mis padres solos mirando aquella gran piscina con una cascada que ya ni funciona por el desperdicio de agua que tenía. Después les visita a las doce y media del mediodía, marchándose a las dos porque los hermanos de su mujer les esperan para el almuerzo. Mi hermano es malo como aquellos pajarracos, pero al menos es incapaz de dejar a sus hijos con mis padres, él ya sabe que no son una influencia suficientemente buena para los críos. Por suerte su mujer, Loles aún tiene viva a  su madre que esta siempre a punto para cuidar a los nietos. Para mi hermano la felicidad es algo que no existe, mientras que su esposa se siente satisfecha con sus hijos.

          Carlos estaba conmigo mientras nos prometían lujos para los dos cuando fuéramos mayores. Ahora veo que a pesar de sacarse aquella carrera de ingeniería superior, su nivel intelectual es bajo, porque la unión hace la fuerza y al principio de salir con Anabel le pedí ayuda para con mis padres pero él prefirió quedarse con su egoísmo, si nos hubiéramos unido los dos hermanos contra los pajarracos ahora nuestras vidas serían mucho mejores, pero ellos lo sabían por eso nos dividieron hasta el punto actual que siendo su hermano no conozco ni a sus propios hijos y que si viera a su mujer por Sabadell dudo que la conociera ya que no sé ni que cara tiene, me parece que la he visto tres o cuatro veces en mi vida y si mañana me saluda una chica rubia jurándome que es ella me lo creeré, incluso si es morena, porque no tengo ni idea como es su aspecto externo. Siempre que voy de viaje traigo algo para mi hermano, se lo doy a la pájara, él nunca me da las gracias, le felicito mediante mensajes por su santo o cumpleaños y tampoco responde, si me dijeran que lleva un par de años muerto me lo creería porque no tengo ni idea de su vida.

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